Monday, 27 July 2015

Sobre "Despertar"

Qué decir... Despertar fue algo que nació de un impulso y murió cuando este desapareció. No me arrepiento de haberlo escrito, pero transmite cosas que ya no siento, o que ya no me interesan tanto como antes.

Primero hay que dejar claro que es una lectura incompleta; faltan capítulos intermedios que nunca escribí y pensé, faltan finales que nunca ideé, carece de puentes que liguen cada momento, los personajes tiene una mente demasiado fragmentada que se diferencia demasiado según el momento, la linea temporal carece de lógica...

Además, es una lectura desagradable. Si alguien la encuentra interesante, como lo fue para mí mientras la escribía, me alegro de haber llamado su atención. Si realmente se sienten molestos por la existencia de una historia como ésta, no puedo evitar darles la razón.

Despertar fue una transición, tanto a nivel de escritor como a nivel personal. Escribir eso... o vomitarlo, mejor dicho, me ayudó a ver muchas cosas a las que me había cegado porque a mi yo más joven no le interesaba ver. El odio, el asco, los personajes repugnantes y las situaciones absurdamente impensables que plantea despertar son fruto de algo pensado de forma incorrecta y expresado horriblemente.

Sí, la intención al escribirlo era que causara rechazo; si así lo hace, entonces ha cumplido con su cometido. En lo que a mí respecta, ha llegado a causar tal rechazo que me he visto forzado a abandonarla. Tras más de dos años sin escribir sobre ello, dejo aquí lo que fueron los últimos capítulos que escribí.

Aunque no sea algo que disfrute, aunque no sea algo de lo que me enorgullezca, opino que es algo que tampoco debo ocultar; este blog ha tratado muchos temas, y dejar a "Despertar" de lado habría sido incorrecto por muy repugnante, inmaduro e intragable que sea ese esbozo de historia.

Gracias por su tiempo,

Nacho

Despertar: (14) Realidad

Capítulo 14: Realidad

¿Qué esperas que haga cuando la única persona que para mí estaba segura de sí misma me hace ver que en realidad no es más que un montón de piezas arregladas en cinco minutos por toneladas de cinta aislante? No es que cayeses delante mío, sino que te tiraste. Te derrumbaste, sin previo aviso. Veía que tus cimientos habían cambiado, pero no esperaba algo así.

“Ésto empieza a parecer ya un cuento de hadas, poco más que niñerías, tío. Estos comportamientos son completamente ilógicos.” dijo Julius altivo. Suspirando, su tío ignoró sus palabras, de las cuales empezaba ya a cansarse. A veces me olvido de que es hijo de sus padres, con todo lo que ello conlleva. La interrogante y curiosa mirada de Julius le impacientaba, tanto que llegó un punto en el que no pudo más, y explotó. “Dime entonces, qué diferencia tanto a tus cuentos de hadas de la historia. Por qué crees más en aquellos libros que te han inculcado en la escuela y demás en lugar de reconocer el valor de aquellas aventuras que siempre te habían parecido fantásticas e imposibles, que ahora presencias y quizás en un futuro vivas.”.
Ésto lo dijo tan rápida y violentamente que su sobrino se vio incapacitado para responder, ya fuese por el terror que tenía a algunas de las reacciones de Glenn o por el simple hecho de no saber qué contestar ante tal palabrería. Viendo que el joven no iba a agregar nada al respecto, el tío siguió con su discurso...
“No puedes decírmelo. Y, ¿sabes por qué? Porque no hay diferencia alguna, al menos no para ti. Suponiendo que mis abuelos viviesen alguna guerra, solo para ellos se podría distinguir la ficción de la realidad. Pero no más de lo que distingues lo que pasa en un lugar o en otro. Tú no has vivido ninguna situación parecida, aquellas conspiraciones sobre las que tanto leíste, aquellos entramados políticos que los personajes de aquellas novelas de posible fantasía protagonizaban a base de desconfiar los unos de los otros, aquellos intentos de tomar un trono que no es propio, el deseo de gobernar por encima de todos... y tampoco has vivido ninguna guerra que quizás pueda ser considerada real. A ambas las conoces solo como datos. Me atrevería incluso a decir que para ti son más reales aquella extraídas de la ficción: de éstas al menos conoces toda la verdad, porque, de cierto modo, las viste, sucedieron delante tuyo, y supiste que pensaban todos y cada uno de los personajes en todo momento. Pero, en cambio, de la historia que podríamos llamar “verdadera” solo nos quedan datos sueltos. Notas, alguna que otra prueba física. Pero nunca veremos nada que aquellos que “ganaron” no quisiesen, en su momento, que sepamos. La diferencia entre tus conflictos de ficción y los históricos, es que al menos conoces toda la verdad sobre los primeros. Respecto a los segundos, montones de datos, nombres y vidas perdidas se han disuelto ya sea por el paso del tiempo o del fuego. Porque ten algo claro: la historia siempre la escribe el que gana. Y nadie más.”
Tras unos minutos de silencio, Julius se derrumbó sobre el sillón más cercano. Se pasó un largo rato sin hablar, posiblemente horas. Una vez que consiguió aclararse, se levantó lentamente y empezó a hablar. Otra vez lo hará con esa molesta vocecita marimandona. A ver que dice ahora “su majestad”.



En el fondo todo errores que hay que evitar, no podemos saber si son verdaderos o falsos porque no son eso, más que rastros dejados en un libro, en una pared, o en lo que fuese - se podría valorar a la fantasía al mismo nivel que a la historia

Despertar: (13) Soledad

Capítulo 13: Soledad

Cuando llegó, todo había acabado ya. No quedaba nadie a quién rescatar. Todos estaban muertos.

“Cuando llegué la encontré así,” le dijo Jordi, el amigo de Caroline que había contactado con él para hacerle llegar la noticia, “aferrada fuertemente al picaporte. Al abrir la puerta, su cuerpo se arrastraba con ella, sujetando su mano siempre aquél pomo de plata.” Ésto es una locura. Julius todavía no era capaz de creerlo. Caroline no podía haber muerto, no tenía sentido. Ella era, para él, la mismísima definición de supervivencia.
“No quiero ni imaginarme qué puede haber pasado. Para mí, está claro que huía de algo, pero ella nunca me habló de nada que no fuese su día a día o ese tal Ignacio, el cual llegué a pensar que no existía.” Tras decir ésto, hizo una pausa, que Julius aprovechó para tomar un vaso de agua mientras pensaba en lo increíble y a la vez lógico de aquella historia. Ella no podía morir así. Ella tenía que caer luchando, no sufriendo consigo misma. O con quien quiera que fuese. Tras ver que Julius volvía a mirarle interrogante, Jordi siguió hablando. “Ahora veo que no era cosa mía: ella siempre quiso presentármelo, pero casualmente siempre salía una u otra excusa que impedía nuestra reunión. Ahora entiendo por qué: ella era él. Ignacio vivía en su interior. No es que no existiese, sino que se encontraba en su mente, y le hablaba como lo haría cualquier otra persona.” Al decir esta última frase, la voz de Jordi tembló, como si no se creyese sus propias palabras. Como si lo que decía no pudiese ser real. Dubitativo, siguió con su discurso. “Ella siempre destacaba lo poco que usaba el móvil, diciendo que no hablaba con nadie que no fuésemos aquel ente o yo. Al encontrarla, tras acomodar su cuerpo en el sofá, noté que su otra mano tenía el móvil aferrado con fuerza. Si liberar el picaporte requirió más trabajo físico del que pensaba que era capaz de realizar, abrirle la mano para coger el teléfono estiró las fronteras de mi fuerza hasta límites que yo mismo desconocía. El teléfono emitía la típica luz roja que titilaba anunciando llamadas perdidas.” Hizo una corta pausa, respiró profundamente, cogió el teléfono que tenía a su lado, y se lo mostró. “Eran catorce. Catorce llamadas perdidas. Catorce malditas llamadas perdidas, hechas desde su propio número, todas durante el período de tiempo en el que había estado conduciendo y caminando alrededor de la manzana.” Al decir ésto, se para repentinamente, cayendo en que había cosas que aún no había explicado.
“Cada vez que pienso en ésto, más increíble me parece, una locura.” Jordi suspiró, nervioso, antes de continuar. “Estuvo dando vueltas a la manzana. Más de veinticinco minutos en coche, y otros diez caminando. Los vecinos que la vieron dicen que parecía apurada, como si llegase tarde a casa de alguien.” Hizo una pausa antes de seguir, para evitar sucumbir al peso de las lágrimas que se secó con la manga de su polo intentando disimular. Demasiado débil. ¿Qué hacía Caroline con alguien así? Julius iba a decir algo, pero el barcelonés le interrumpió, para proseguir con su historia. “Volvió a casa. Llegó a casa. Fue a casa. Da igual como quieras decirlo o como lo pensase ella. La cuestión es que volvió a cruzar la misma puerta que acababa de abrir para salir en dirección contraria. Pero no se dio cuenta. Para ella, era la puerta de Ignacio. Estaba en el bloque de pisos de Ignacio. Acababa de cruzar su portal tras casi una hora de trayecto, y era incapaz de reconocerlo. Creía que era el de Ignacio.” Tras éstas últimas palabras, no pudo evitar romper a llorar, y Julius vio como se quebraba la figura de aquél individuo del cual no podía evitar compadecerse.
“Si te preguntase por Caroline, ¿qué es lo primero que se te viene a la cabeza?” le dijo altivo al hombre roto que sollozaba delante suyo. No repitió la pregunta a pesar de la tardanza, ya que sabía que no era el momento ideal. Pero tenía que comprobar algo. El cristal seguía siendo azotado por el granizo invernal. Lo que me faltaba. Juraría que yo solo había pedido que amainase un poco la lluvia. Y encima ahora acompañan a las ácidas gotas las lágrimas de un ignorante.
Sin dejar de llorar, el joven empezó a hablar. “Definitivamente, aquellos enigmáticos ojos, siempre ocultos tras unas gafas de sol oscuras como el más tenebroso de los ocasos. No me he visto con el coraje necesario para quitárselas.” Pobre iluso. La frialdad y arrogancia que ahora caracterizaba a Julius no eran algo de siempre. Su inocencia había derivado de forma natural hacia un mal genio destacable, y la influencia de su tío había hecho el resto. El catalán siguió hablando. “Pero esos ojos no eran para mí. No. Los había usado para describir a Ignacio a la perfección. Ella amaba a otro. Y ese otro ni siquiera existía.” Eso sí que es amor propio, Caroline. Veo que te querías lo suficiente como para no necesitarme.
“No tienes ni idea de lo que dices.” le dijo a Jordi, quedando éste paralizado tras oír las duras palabras. En un instante, el joven catalán se abalanzó sobre él, intentando golpearlo. Para cosas así me sirvió entrenar con el tío Glenn. Con un simple y ágil movimiento, el amigo de lo que había sido Caroline acabó en el suelo, sufriendo un golpe que le provocó una repentina apnea involuntaria. No se lo esperaba. Hasta cierto punto, le daba pena tener que hacer algo así con aquél hombre. Pero nadie tenía permiso para tocarle. Menos aún un desconocido como aquél. Le dio una patada en la espinilla y otra en la cara, rompiéndole la nariz, que comenzó a sangrar a borbotones.
-¡No vuelva a intentar tocarme hijo de puta!-le dijo Julius violentamente.

Contrólate. Pero ya era demasiado tarde. Sin dudarlo ni un momento, Julius fue hacia donde yacía inerte el cuerpo de Caroline, cogió el cadáver, y lo tiró encima de aquél indecoroso llorón. “¡¿Sigues tan enamorado de sus ojos ahora cabrón?! ¡Míralos! ¡Míralos y disfruta una vista única!” Violentamente, Julius cogió el cuerpo de su amada por los pelos y puso aquella desanimada cara a la altura de la suya. Segundos después, las gafas de Caroline estaban en el suelo, rotas, y sus cuencas oculares, vacías, observaban ciegamente al catalán, que rompió en un llanto desesperado y agonizante. “¡¿Ves ahora por qué te llamo ignorante niñato?!¡Espero que hayas tenido suficiente!”. No tenía que hacerlo. Pero sabía que quería, y quedarse con ganas de algo no le convenía. Julius sacó repentinamente una pequeña Colt plateada del 96 y, fugaz, disparó una bala que fue a parar justo entre ceja y ceja del que había sido su compañero de agonías durante la última hora. Al menos así se callará un poco. Podría haberme ahorrado todo este alboroto si no fueses tan estúpido. Sigo sin entender que vio Caroline en ti.

Despertar: (12) Creación/Destrucción

Capítulo 12: Creación/Destrucción

No había sido intencionalmente, pero se pasó la noche pensando en ello. Y, justo antes de caer presa del cansancio que le abrazaba, encontró la solución.

“No me entiendes, Caroline. le dije lo más tranquilamente que podía. Estás a mi merced, podría hacer lo que quisiese contigo. Yo te creé, y yo podría destruirte, ¿pero cómo puedo hacer para decírtelo sin tan fatal final?
Ella no podía aceptarlo, pensar en que aquella persona en la que había confiado, su modelo de seguridad, podía caer. Y era normal que no pudiese; el modelo no caía, simplemente intentaba comunicarle que no era tan firme como creía. Que había fallado. Que la muerte no era algo que pudiese controlar, que escapaba a mi alcance. Que no podía controlar absolutamente todo. Pero yo sabía que en algún momento ella se daría cuenta. Y, para ser sinceros, yo prefería que muriese a que viviese una mentira que se me iba de las manos. Una mentira que ya no podía moldear.
-¿Cómo esperas que entienda algo que ni siquiera me has explicado?” -preguntó ella, nerviosa. - “¿Estás seguro de que estás en tus cabales?”
Claro que estaba en mis cabales. Por primera vez en mucho tiempo era verdaderamente consciente de lo que me envolvía, de lo que me influía y de aquello que podía cambiar. Después de lo que me parecía una eternidad, volvía a ver las cosas como en realidad eran. Acababa de aprender a distinguir la realidad que ansiaba y la que, voluntariamente o no, había creado. Y ello hacía que sacase conclusiones que hubiese preferido desconocer.
Pude observar que se mordía las uñas, igual que había hecho durante su infancia hasta antes de ser abandonada. Desde que nos habíamos reencontrado en Barcelona, era la primera vez que la veía hacerlo. Siempre había pensado que habría perdido la costumbre, pero, como ya he dicho, no podemos controlarlo todo.
-Yo moldeé tu destino a mi gusto, Caroline. Yo escribí, una a una, las delicadas líneas que trazaban el guión de tu vida.”- le dije, algo inseguro.
No sabía muy bien como explicárselo, ¿cómo hace uno para explicarle a alguien a quien ama que nunca ha sido capaz de elegir, que nunca ha sido la dirigente de su vida, que todo lo que le ha pasado era premeditado, tanto para bien como para mal? Me armé de valor, y se lo dije, no sin dudar de mis propias palabras. Pero ella nunca sabría de mi inseguridad; que sabía mentir mejor que nadie seguía siendo una realidad.
-“Ya me conoces de sobra, no solo por esos años que compartimos durante nuestra infancia, sino también por los últimos meses que hemos pasado juntos.”-respiré hondamente antes de seguir- “Mi influencia llega hasta rincones de los cuales yo mismo tengo miedo, y me aterroriza pensar en lo que podría pasar si algún día uno de los pilares que me sujetan se volviese contra mí. Aquél día, cuando te marchaste, fue exactamente lo que hiciste. Derrumbarme. Me dejaste a merced de los cuervos. ¿Y qué hice yo? Enviar a las águilas. Al principio me propuse arruinarte la vida, y vaya si lo conseguí. Pero tras ver hasta dónde había llegado mi desaforada reacción, decidí intentar arreglarlo: envié a Julius, un pequeñajo tan necesitado de tu compañía y protección como tú, más tarde a Ricardo, del cual me vi obligado a deshacerme por tu bien, y su amigo, el cual te trajo aquí para acabar de pagar su deuda, donde nos hemos reencontrado. Absolutamente todo hecho, dirigido y planeado por mí.”
Asustada, Caroline se dirigió de forma atolondrada hacia la puerta y tomó el pomo con una fuerza inhumana. Pude notar como se atrancaba, pero al parecer ella no.
  • “Déjame ir,”-me dijo ella mientras la desesperación desbordaba de sus lacrimosos ojos- “te lo ruego. Es lo último que te pediré. Por favor. Te ruego que me dejes ir, por pena, o por el color de tus ojos. Por lo que sea, pero déjame ir. Por favor.”
Esas fueron las últimas palabras que pronunció Caroline. Fueron las últimas palabras que volví a saber que hubiese dicho. Nunca más supe qué fue de ella; solo noté que, repentinamente, mientras ella se aferraba al pomo, mi existencia desaparecía junto a lo cada vez más distanciados temporalmente y arrítmicos latidos de su corazón. Quizás yo no era más que una imagen sacada de un rincón de su mente que ansiaba un compañero. Mientras desaparecía, caí en una cosa; mis ojos eran lo último que había visto ella, y también lo único en los últimos años.

...

Caroline no sabía por qué le había llamado Ignacio, pero fue sin dudarlo. Nunca le había escuchado temblando tanto a la hora de hablar, hundido en aquella inseguridad, así que estaba segura de que algo malo estaba pasando.
Este tipo de situaciones la ponían de los nervios, más aún cuando surgían tan de repente. Y, para colmo, tenía que tomar el autobús bajo la tormentosa lluvia que bañaba a la ciudad aquellos días, que no podía considerarse precisamente relajante. ¿Quién diría que hace menos de cinco minutos ella estaba cómoda, sentada en el sillón, escuchando uno de los primeros discos de Muse a todo volumen mientras disfrutaba de una buena cerveza? Durante el trayecto se envolvió en las melodías de la banda de hard rock Guns'n'Roses para disfrutar al menos de la compañía de la música y apagar el teléfono, con la intención de evitar desesperados intentos de contacto. El señorito se ponía muy impaciente cuando se le hacía esperar normalmente, así que seguramente no tardaría ni otros cinco minutos en volver a llamarla. Tan solitario, frío y aislado para unas cosas y tan temperamental e inseguro para otras.


Vio como aquella chica ciega volvía a buscar torpemente la cerradura para meter la llave, y salió rápido a abrirle la puerta. “¡Buenos días Caroline! ¿Otra vez por aquí?” saludó simpáticamente. La joven, sin parar de caminar, le dedicó un ademán acompañado de una sonrisa algo forzada, mientras iba con cuidado de no tropezar con los escalones. Corriendo por las escaleras. Éstos jóvenes han perdido el respeto a la calma y la tranquilidad, creen que le ganan tiempo a la vida por ir más rápido. No se dan cuenta que la meta es la misma para todos, sin importar si llegamos antes o después. Aquí no hay premios para el primero. Calmada, como siempre, volvió hacia su casa, a atender a su inválido marido, que yacía paciente en el sofá pidiendo un té caliente. Mientras caminaba podía oír el golpe de los zapatos de la chica perderse en la infinitud de la escalera. Dejando prisas y calmas de lado, hay que estar mal de la cabeza para comprar un octavo piso sin ascensor...


No, no bastaba con el ruido de la tormenta. La señorita necesitaba pasearse con sus zapatitos de lado a lado del edificio. Ella solo intentaba dormir. No era mucho pedir que la señorita dejase de pasearse arriba y abajo. Por momentos llegó a pensar que la pobre era tonta, pero tras un tiempo aparcó la idea para dar por hecho que simplemente tenía muy poca memoria. La mayoría de veces que le decía algo, la joven la miraba como si no la conociese. En cambio, había momentos en que se mostraba de lo más simpática. Quizás tenga alguna enfermedad mental que hace que no reconozca a las personas. Bah, tampoco es algo que me incumba.


Estuvo un muy buen rato tocando la puerta de forma desesperada, pero al final entró, y allí estaba él.
-“Querida...” -saludó él cariñoso, acercándose a ella para abrazarla.
Pero Caroline le rechazó. ¿Por qué lo he hecho? Algo entristecido, se acercó.
-“Algo malo va a pasar cariño... te juro que no es mi intención, pero por primera vez en mucho tiempo algo escapa a mi control.”

¿Qué le pasaba ahora a éste? ¿Qué había hecho? ¿Qué iba a hacer? Caroline no entendía lo que decía Ignacio. No tenía ni pies ni cabeza. Al menos podría haberme recibido con algo para tomar, o acercarme a un asiento. Aunque en su piso me sintiese como en casa, que la ayudasen a sentarse era algo que nuestra invidente compañera agradecía, y más aún si el gesto iba acompañado de los preciosos ojos marrones de su acompañante fijos en los suyos.

Despertar: (11) Desesperación

Capítulo 11: Desesperación

Abrió la puerta apresurada, como alma que lleva el diablo. Eso haría sonar la alarma. Se darían cuenta de que estaba allí. Pero nada cambió. Aquella gente ignoraba el molesto pitido, y ella seguía sola, solo que ahora se encontraba habiendo cruzado una puerta que la llevaba a un lugar que no conocía. Llorando, se dejó devorar por aquellos hambrientos cuervos. Alguien giró la mirada en el momento en que soltó su agónico grito. Para ella, era atención suficiente. Más que aquella ansiada pero nunca recibida.

Despertó sudorosa, angustiada y con el corazón acelerado en exceso. Había vuelto a tener otra de sus horribles pesadillas sin sentido. A pesar de que siempre eran diferentes, no dejaban de compartir entre todas algo en común: ella estaba sola, huía de algo y nadie le hacía caso. Pero había algo más perturbador: sin importar los años que habían pasado, en sus sueños Caroline veía las cosas nítidas, mucho mejor de lo que las recordaba haber visto cuando era joven, antes de perder sus ojos y, con ellos, su vista. Veía calles coloridas, veía edificios llenos de decorados que transmitían una calidez de la cual prácticamente no recordaba haber disfrutado. Y veía a gente.
No eran vagabundos, abusadores o guardias, tampoco eran mercaderes ahogados en joyas o engordados a base de caviar. Eran gente normal, vestidos de forma normal, comportándose de forma normal. Y éso era lo que los hacía extraños. Ella nunca había visto a gente que pudiese ser considerada normal, ya que su vida había sido de dos formas realmente distintas y completamente desligadas, sin puntos medios. Había pasado de vivir en el mundo de los negocios a corretear tal rata por unas calles que con el paso del tiempo y los callos de sus pies había acabado por conocer. Había vivido envuelta de comodidades, sin conocer las calles, siendo los anchos pasillos de su casa lo más parecido a una calle, sin conocer el mundo exterior, todo había ido siempre hacia ella; las amigas con las que jugar, aquellas interminables pilas de libros por leer, manjares que devorar, gente en la que confiar... todo. No es que estuviese especialmente orgullosa de su apellido, aquél que hace tiempo olvidó debido a su inutilidad, pero sabía que su familia había sido una de las que lideraban el comercio europeo durante su auge. Lo que pasó después, con la guerra, fue lo que le hizo cambiar aquella persona que una vez fue para convertirse en Caroline, la dura aunque a veces inocente chica que había sido hasta hace poco.
La vida de Caroline no podía compararse con la de aquella niña caprichosa que se había paseado llorando por los pasillos debido a la pérdida de uno de tantos peluches con los que se encaprichaba. En vez de tender todo a acercarse hacia ella, para Caroline la vida era una constante lucha, una búsqueda sin fin, una misión que parecía sacada de un videojuego en el cual no podías salvar la partida, viéndote obligado mantenerte despierto en todo momento para evitar cualquier fallo, sin derecho a descansos. Desvivirse por conseguir la comida necesaria para aguantar un día, una hora, o un minuto más. Ignorar dolores que superaban todo umbral establecido y por establecer, saber con quién se podía bromear, de qué había que huir, cuando se ganaba algo llorando lágrimas de cocodrilo... y cuando no.
Aún echaba un poco de menos a aquel niño que la acompañó aquella noche. Se había separado de su familia y estaba esperando a que acabase el toque de queda para poder intentar volver a casa. Pero nunca llegó a reencontrarse con su familia. Aún lamentaba no haberlo visto venir. Los había oído, pero no esperaba que esos cuentos fuesen ciertos. La gente no podía ser tan inhumana. “Algunos son humanos aunque no te lo parezcan. Humanos, demasiado humanos.” le había dicho aquel sabio sifilítico alemán con el que compartió callejón dos noches. Por miedo, el ser humano se volvía capaz de todo. Yo me volví capaz de dejar pasar la obviedad, de hacer como si aquello que ya sabía no fuese cierto. Y aquél guardia fue capaz de ahogar al niño antes de llevarlo al montón de cadáveres que ya tenían acumulado.
Fue entonces cuando me di cuenta de que no podía volver a cometer un error. Cuando me di cuenta que tenía que deshacerme de mi humanidad: tenía que perder toda esperanza en mi raza, tenía que perder todo sueño que me hiciese creer que las cosas podían salir mejor de lo que ya sabía que resultaría de ellas.
Aún podía recordar aquella noche. Desde entonces, todo había sido muy diferente. Había conocido a Julius, habían compartido un par de semanas en las que no había vuelto a sentirse sola, se separaron después al encontrarse con Ricardo y su compañero, y tuvieron la suerte de reunirse gracias a la ayuda de esos dos. Lo que aconteció después fue algo que mientras vivía le costó creer. No le parecía real.
Había conseguido alcanzar una estabilidad. Ricardo la guió hasta Barcelona después de dejar a Julius con su tío Glenn. Durante el camino, éste le contó la historia de Ricardo y su familia. Mientras le narraba los acontecimientos, podía distinguir cierta admiración y, al mismo tiempo, un ligero toque de resentimiento, siempre manchados con la pena de haber perdido a un compañero.
Justo entonces, cuando me señaló la puerta y me dijo que a partir de aquél momento me tocaría vivir ahí, me sorprendió aún más de lo que ya lo había hecho con las múltiples conversaciones que habíamos disfrutado durante el trayecto: me abrió la puerta, entró conmigo, y nunca más me abandonó. O al menos eso era lo que pensaba hasta hoy.
Me ayudó a tener una vida normal; volví al colegio, recibí una educación adecuada a mi estatus social, conseguí la nota suficiente para cumplir con los mínimos que exigía la beca que necesitaba para estudiar aquello que siempre había querido y me mantuvo hasta que acabé la carrera.
Soportó mis berrinches, tanto de adolescente pre-púber insoportable como los de mujercita crecida pre-universitaria. Me cuidó, me protegió de todo aquello que era una amenaza para mí. Me devolvió la esperanza, me devolvió la humanidad. Me ayudó a volver a llorar, a volver a reír, a volver a sentir. Hizo que volviese a vivir. Pero hoy, cuando llegué a casa, le encontré muerto.
No soy capaz de decir si se suicidó o si fue una muerte natural. Por su cara, diría que murió feliz. Murió liberado. No fue hasta después de muchos años que me lo confesó; se sentía en deuda conmigo por lo que me había hecho, y se sentía en deuda consigo mismo por no dejar un legado en la historia. Y el hecho de saber que había contribuido a mi educación, a mi crecimiento y a que mi vida fuese mejor le hizo sentirse pleno, hizo que recuperase aquél amor propio que perdió en París.
Pero eso no negaba la dura verdad; feliz o no, había muerto. Me había dejado. Sabía que aquél día llegaría, pero no lo esperaba. Gracias a él ahora era capaz de vivir sola en un piso que no había visto nunca, aunque eso no evitaba que lo conociese como a la palma de mi mano. Le peiné como tantas otra veces había hecho cuando él aún vivía, y mientras lo hacía recordaba sus risas cuando mi falta de visión hacía que acabase metiéndole el peine en el ojo o cuando se miraba al espejo y se daba cuenta del desastre que yo había hecho con su cabellera. Le cerré los ojos, lo maquillé mínimamente y lo apoyé sobre su cama en una posición que dejase claro que se trataba de una gran persona. Entonces me dirigí hacia la puerta para salir. Tenía que ir a declarar su defunción y solicitar que se llevasen su cuerpo al crematorio común. No quería, pero tenía que hacerlo. Dejé de pensar y me dirigí hacia allí.
Pero a medio camino no pude más. Rompí a llorar mientras cruzaba la plaza de Sants, incapaz de soportar el dolor. Sí, había hecho amigos estudiando, pero nadie, a parte de Julius, me había comprendido nunca como lo había hecho él. Y yo ni siquiera sabía su nombre, nunca me lo dijo.
Cuando llegué, noté que un hombre, joven, de mi edad o posiblemente un pelín mayor, me miraba asiduamente. Obviamente, no le veía, pero notaba su mirada en la nuca, la energía que transmitía. Como si nada pasase, me puse en la cola y esperé mi turno. Pero yo seguía sintiendo su mirada en mi nuca, seguía notando su respiración. Cuando llegó mi turno, me preguntaron fríamente la muerte de quien venía a declarar. “Marc Ripoll” dije insegura. Y entonces, aquel hombre que me había estado mirando empezó a moverse hacia mí. Escuché sus pasos, uno a uno, como si fuesen a cámara lenta. Se pararon y noté su respiración a mi lado, noté como se interpuso entre mi cara y la ventanilla, le susurró algo al encargado y me cogió la mano. Me llevó fuera y, tras caminar un buen trecho, empezó a hablarme. “Siento mucho lo de P.J. Era un gran amigo.”

Fui incapaz de responder. No sabía de qué conocía aquél hombre a mi padre adoptivo, y mucho menos sabía por qué lo llamaba P.J. Al parecer entendió mi silencio y retomó sus palabras. “Phill fue siempre un gran amigo, alguien en quien podías confiar para lo que fuese. No sabes lo que siento su pérdida. Me habló muchísimo de ti, siempre y cuando no me equivoque. Eres Caroline, ¿no? Soy Ignacio.”

Saturday, 27 June 2015

The Fall: 26. Acceptance (Impotence)

Acceptance (Impotence)


-What are you doing here? -said Yasuo. He could trust no one; he never knew if who he met was just another assassin sent to get rid of his existence.

-Ask her. -said the blonde man, pointing at the girl that was at his side.- I just follow orders.

-What was happening here... -timidly whispered the blonde girl- My name's Anyssa. -said a bit louder, with a shy smile on her face.

-I'm Ezreal.

-A name is not something I give so lightly. -answered Yasuo.- What are you doing here?

While waiting for an answer, Yasuo smoothly moved his hand towards his sword. A huge surprise it was when he found out that there was no blade to be wielded.

-Are you looking for this? -said Anyssa, holding his sword on her hands.- Here you have it!

Suddenly, the blade was whirling in the air; she had thrown it towards the mist-covered water. Yasuo could see how the sword would be lost and, with it, his purpose to keep on living.

-What's your name? -repeated the girl.

-Yasuo! -said the Ionian outcast while dashing towards her, fist ready to hit.

-Good to meet you. -said Ezreal with a smile on his face, his fist in contact with Yasuo's and the sword on the other hand.- Here it is. -said while hanging the blade to him.- You're coming with us, right?

Who were these people? Yasuo had no idea. But they could have definitely killed him if they had wanted to. Now he had no chance but to follow them; he knew they were powerful, and he was too tired to try to overcome such a duo.

...

While going back to her mime's place, LeBlanc smiled. She had found the man she was looking for. Ezreal had stopped Yasuo from hitting her without hesitation, and that made her feel as she had never felt before.

-Ain't it strange to feel protected? -said LeBlanc to herself.

The Piltover blondie was definitely the right choice, and the new Ionian addition was definitely what she was looking for. They would be useful. Maybe they would be able to stop this nonsense. Now she only needed the Demacian guy.

...

Luckily, the mines had recently been used to escape. Yes, the path was crowded with the beasts that the so-called "Demacian justice" had casted outside of their city-state, but at least he was able to walk his way out by running and shooting.

The dark of the caves was only fought by the lights of his pistol and Senna's, that were shooting the life out of every being that dared reach his sight. Still, he felt as if he knew the path. As weird as it sounded, it was as if the lustruous stones were guiding him through the dark cave.

...

-We're leaving someone behind.- said Taric.

-Galio will reach us when it's time.- roared shyvana, that was rampagin through the forest, clearing his way towards Bandle City.

-I don't mean him. -answered Taric.- We need to turn back.

-Look at the yordle, Gem Knight.- said Shyvana with a peremptory voice.- The man that's late can wait.

With unease, Taric accepted the half-dragon's words. No one should be left behind in days like these. Specially if it was the man he thought it was all about.


Saturday, 20 June 2015

The Fall: 25. The Conflagration

The Conflagration


LeBlanc's mimicked version was still with the Ionian outcast and Ezreal, but she had separated from them hours ago.

-Why now? -asked the Ziraeth.

-We just follow the call. -answered Hecarim.- When we're given orders we follow them. When there's war, there's death, and with death the Shadow Isles grow.

-What war? -asked LeBlanc, more curious after every word the Shadow of War pronounced.

-That's none of my concern. -pointed out Hecarim while still rampaging through what was left of the poor side of Bilgewater.- If we're called to war, we go. It's our fate, our duty.

Suddenly, a greenish light hit Hecarim, and his eyes glowed familiarly.

-It's all about Thresh, right? -spitted LeBlanc.

-It's something bigger than you, Ziraeth. -answered a voice through the monster's mouth.- Some things are better kept away from those close to us. At least that's what he said.

-Shut up and answer my question! -shouted LeBlanc.

But there was no answer; Rampaging through what was left, Hecarim had abandoned the place, accompanied by an army of undead spirits that would make sure nothing could stop him. She could still hear Thresh's laugh at the cells he had been confined.

Maybe he had had a reason for trying to kill her. Ans maybe he still had it.

...


Hours had passed since Malcolm had realized that he was alive when he shouldn't and Swain had told him that Aalcox was awaken. It didn't take him long to realize that Aalcox was nervously screaming as he had never heard a Darkin do, and it was taking way longer to shut him up.

-What's wrong with you?! -shouted Malcolm.

-Find the girl and wipe away the risks! -screamed Aalcox in Malcolm's mind.

-Which girl? -whispered Malcolm while struggling to keep his composure.

-KILL THE KING'S SISTER! -screamed Aalcox; now even Swain heard it.

-Which king? -asked Swain with a peremptory voice.

His voice was enough to calm Aalcox down.

-The Demacian king. His sister...

-She died years ago. -pointed out Swain.

-Not really... -said Malcolm with a smile on his face.- She's not dead  at all...

...

-You don't look like a worthy recipient.

-Who are you?! -shouted Astor. He didn't know where the voice came from; he was lying on the ground, covered by plants. Those yellow little beings were still hanging around him, now moving nervously in circles.

-That's none of your concern now. -answered the voice.- Just do as I tell you and I will give you a less painful death than I want to right now.

It had been long since Astor had left words like those unanswered, but that was the first time that he didn't know who he was talking to. For the Void's sake! He didn't even know WHAT he was talking to.

-Just bring me where I want to go. -said the voice, now calmer.- Then I'll make you free of the agony of living.

And it would still be long before he ever let anyone fool him.

-I think you don't realize who you're talking to. -confidently said Astor, before agonizingly screaming and bending in pain.

He was going through such an agony that he didn't even realize that the little yellow fellows were gone. But they weren't leaving for long...

...

-They escaped. -answered Garen from the throne that had once been of his old friend and king Jarvan Lightshield the fourth of his name.

-I guess they are being hunted down like the filthy scum they are... -answered Darius.

-They got into the forest. -replied Garen.

-Oh, and I guess that your scouts can't follow a track when it takes a little effort, right?

-You're not understanding a single word of mine. -said Garen while taking a map that was hanging on the wall and throwing it on the floor in front of Darius.- They got into the Forest.-said Garen again.

-I'll bring you enough men to cut that forest down tree by tree. -said the hand of Noxus.- and then we will raze Bandle City to the ashes.

...

The small yordle-like creature transformed in the blink of an eye; a huge bloodthristy beast was now between them and a voidborn abomination that had suddenly appeared. And some seconds later, another monster was jumping from a bush nearby; the ferocious feline-like beast was on the voidborn beast in a second. Shyvana could see how they fought each other with an innate hate that scared the soul out of her.

-You're leaving. -said Galio, turning towards the 3 huge beasts that were fighting besides them.

-And you're coming with us! -screamed Shyvana.- We won't leave you behind!

-FLY, YOU FOOLS! - roared the white feline beast while holding the Voidborn on the floor.- NOW, OR I SWEAR I'LL CUT YOU DOWN TO PIECES AFTER FINISHING HIM!

-Leave.- said again Galio while walking towards the battle.- I'll catch up to you.

-But...

-Do it. -ordered Galio.- Reach Bandle City, tell them what's about to come and live. I'll catch up to you.

Without looking back, Shyvana carried Poppy, Taric and Sona on her back and left the place. A blazing path showed him where they were going, but Gnar, Rengar and Kha'Zix were way more important now than a path to follor.

...

-Care with Gnar.-shouted Rengar.

It took long for Galio to realize that the beast was talking to him. Shortly after, the so-called Gnar jumped on him.

-Do not hurt him! -roared the white fiery beast.- He'll calm down in a while! Just leave!

-I'll help you.

-YOU WON'T! -said Rengar throwing a bola to Galio's feet.

Only then the hunter realized his mistake. A gust hit both Kha'Zix and him, who ended one on each other's side laying in the floor. Suddenly, Galio shot a blast and both monsters laid on the ground crippled.

-How'd you dare... -angrily whispered Rengar before disappearing.

Without hesitation, Galio started to shine as he had done only in the most dangerous of times. Gnar, now small again, was throwing rocks at him. The voidborn creature woke up and slowly walked towards him, trying to hurt him in a desperate try of getting something out of the fight.

And then he heard his voice.