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Sunday, 16 October 2016

El poder de un instante

El poder de cada foto es el removernos por dentro. No importa su antigüedad; cuando vemos una captura, sabemos que será irrepetible. Describe un recuerdo, un antes, un pasado, y lo hace de una manera eterna y efímera a la vez. Captura un instante que se eterniza, un instante que queda grabado para ser revisitado una y otra vez, siendo recordado y editado visita tras visita.

El poder de una foto va más allá de la imagen, de lo sucedido; evoca unos recuerdos que se saben únicos, que no volverán jamás. Cada foto es un antiguo trozo de realidad capturado que ya no es, un pequeño atisbo de efímera existencia que se mantiene vivo parcialmente y que se deforma con cada visita. La nostalgia endulza esos momentos, convirtiéndolos en algo añorado sin importar lo que estemos viviendo ahora.

El poder de la fotografía yace en su falta de poder, en el ser incapaz de mantener algo entero, puro e inalterable. Es así como cada foto que hacemos, que vivimos, cada cámara a la que sonreímos, tiene el potencial de convertirse en algo histórico. Ese momento, vivido y disfrutado, explotado al máximo, se convertirá en una memoria, en un "¿fue así?" y un "recuerdas que justo después...", y será alterado una y otra vez.

Llegará un día, años después de su nacimiento, en que la fotografía habrá perdido gran parte de su identidad; podemos olvidar la fecha, el chiste que se contó, la "patata" o el "whisky" de turno... pero no importa. Porque el poder de la foto yace en haber hecho eterna la sensación de disfrute, en haber plasmado en la historia un pequeño recuerdo.

Recordemos que la historia la escriben los vencedores; de nosotros depende qué fotografías, qué memorias y qué recuerdos sean los victoriosos. Y no solo hay que tener en cuenta la memoria en sí, sino también la manera en que recordamos aquel momento; el filtro de nostalgia por el que pasamos a la captura antes de digerirla vía nuestros ojos es casi tan importante como la fotografía en sí.

Monday, 6 June 2016

Anaïs

El pitido que hizo la maquinita esa del bus al rechazar su billete la despertó de su rutina; al parecer la T-jove ya había caducado. Por suerte, a sabiendas de que a la fiel tarjeta de transporte metropolitano ya no le quedaba mucho por vivir, Anaïs había guardado una T-10 virgen e inmaculada tras la funda de su móvil. Solo entonces el pitido fue el esperado, y pudo volver a dejarse llevar por el ininterrumpible ritmo de su día a día. Y cuando decimos ininterrumpible no nos reducimos solo a eso; la inmutabilidad de su cíclico proceso de transporte la llevaba a soportar siempre a los mismos insólitos personajes durante el trayecto a casa. Justo detrás de ella subieron al autobús un grupo de niños uniformados que, utilizando una contemporánea variante de la lengua anglosajona, empezaban ya su típico manifiesto de inconformidad ante los procesos de puntuación de los profesores. Porque claro, eran las 17:12; hasta las 17:19 no hablarían de otra cosa que no fueran las injustas notas que sacaban después de más de diez minutos de estudio. A estas mozalbetas y estos mozalfas los incluiremos en el género Indignatus de la especie Adolescentumalcriadescus. Al cabo de dos paradas subió al autocar la afamada jugadora local de Candy Crush Saga; conocida ya por todos los que frecuentaban la linea BaixBus-8, la dulce y empalagosa anciana ignoraba por completo la existencia de los auriculares, y su sordera (supuestamente parcial) la obligaba a subir el volumen de su teléfono móvil tanto como fuera posible. Su entrada fue ovacionada con un decepcionante "Ooooohhh..." de algunos de los pasajeros algunos de los cuales, en secreto, apostaban si nuestra querida Dulcinea sería capaz de superar el nivel en el que se atascó durante el último trayecto. A trompicones, debido a que en una mano llevaba el teléfono, nuestra aclamada jugadora tomó su lugar en el asiento que había justo detrás de Anaïs; cuando Dulcinea pasó al lado de nuestra estimada protagonista, ésta notó que el teléfono de la anciana mostraba ya la pantalla de carga de aquél dichoso juego. Sonó la melodía inicial y, al cabo de poco, se escuchó un gruñido de inconformismo por debajo del tono del teléfono; alguien había perdido una apuesta. A cualquier viajero no usual le habría parecido demasiado la situación actual del autobús; a las 17:22 Dulcinea ya había hecho que todo pasajero hubiese disfrutado del tono de derrota unas cuatro veces, y los Adolescentumalcriadescus Indignatus habían pasado ya a su segundo gran tema; los culpables de sus malas notas, que obviamente eran aquellos tiránicos profesores forjados en lo más hondo de Isengard junto a los Uruk-Hai del ejército de Saruman el Blanco. Pero aún no se había presentado el mítico Bailarín Sentado. La leyenda del Bailarín Sentado siempre ha inundado las mentes de aquellos que viven usando el transporte público entre travesía y travesía, pero solo los afortunados (o desdichados) usuarios de la linea BaixBus-8 han podido presenciarla en persona. Solo hizo falta una parada más para que tan endémico personaje tomase el único asiento que quedaba libre en ese autobús; el que se encontraba al lado de nuestra preciada Anaïs. El calentamiento duró un minuto entero, tiempo durante el cual nuestro Bailarín Sentado se limitó a tararear para sí mismo y hacer alguna mueca como si ante sí tuviese un micrófono de los caros y un público milenario. Después de esto empezó su baile que por momentos podía confundirse con una seria de extraños espasmos; la pobre Anaïs tuvo que desviar la atención de su ebook para centrarse en esquivar los golpes involuntarios que empezaron a amenazar su integridad una vez que el Bailarín Sentado se sintió con plena confianza. Por suerte para Anaïs, eso solo le duró dos paradas más; aunque lloviese y ella fuese sin paraguas agradeció poder bajarse del autobús, y caminó hacia casa pensando en la de brownies que le debía al ladrón de formularios.

Sunday, 5 June 2016

Sigfrido

Al abrirse las puertas, Sigfrido se metió en el vagón y sin pensárselo dos veces tomó el asiento libre más cercano; estaba agotado, y le quedaba un largo trayecto por delante así que no podía permitirse el lujo de perder el tiempo vagando por el metro buscando un buen lugar dónde sentarse.

En cuanto lo hizo apagó los auriculares, pues no tenía sentido intentar escuchar música en el metro; el ensordecedor estruendo de la máquina al ponerse ésta en acción ahogaba toda melodía, sofocándola con una metálica cacofonía que no dejaba indiferente ni al más pintado.

En las primeras paradas no hubo mucho movimiento; pitidos, puertas que se abrían y cerraban, saludos y despedidas, algún grito en la lejanía... Nada que se escapase de lo normal. Pero fue en la cuarta parada cuando la paz a la que se había acostumbrado se fue al garete.

El primer factor que se encargó de quebrar tan frágil calma fue un grupo de unos siete jóvenes, de entre 14 y 17 años que, con el tronar de sus voces (y algún que otro agudo gallo que se les escapaba) se encargó de hacerse oír a lo largo y ancho de la estación. Hablaban de cualquier cosa; banalidades que no pasan a serlo hasta que se tiene la perspectiva, imposibles que simplemente no han sido tenidos en cuenta desde el punto de vista adecuado o de la borrachera del sábado pasado. Pero éstos (a quienes a partir de ahora nos referiremos como la "Tempestad") no estaban solos en su misión.

Al poco de notar la entrada en escena de la susodicha Tempestad, el efecto de su sonora presencia se vió mitigado por la toma de plaza de una cariñosa pareja a la que le gustaba ocupar las dos plazas correspondientes como una y dos medias. La mano que le pasó sobre la espalda el caballero a la dama se sobreextendió hasta el punto de invadir lo que era la existencia de Sigfrido; además, los nerviosos e impredecibles giros de cabeza de la señora (a quien bautizamos como Lady EsSoloUnaParada) le ponían de los nervios, ya que su cabello le azotaba de tanto en tanto. "Es solo una parada" le decía Lady EsSoloUnaParada a su compañero (al que llamaremos Lord YaYaLoSé de ahora en adelante) una y otra vez. Sigfrido estaba bastante seguro de que en el transcurso de los primeros treinta y siete segundos de estadía la mujer había hecho el comentario unas siete veces, y a todas Lord YaYaLoSe respondió con un altivo "Ya, ya lo sé" que acababa con una coqueta sonrisa dirigida a Lady EsSoloUnaParada. 

Después de esos treinta y siete segundos se cerraron las puertas, y con mucho esfuerzo Sigfrido consiguió aislarse del estruendo de la Tempestad y, con mucha fuerza de voluntad, logró no reaccionar ante el irritante, peludo y constante (aunque involuntario, a su parecer) ataque de Lady EsSoloUnaParada. Pero eso no era más que el principio.

La siguiente parada transcurrió bajo la normalidad adoptada en la parada anterior, si dejamos de lado el efusivo besuqueo de Lady EsSoloUnaParada y Lord YaYaloSé. Se cerraron las puertas después de pitidos, saludos y despedidas y con la parsimonia típica del transporte público el metro emprendió de nuevo su marcha.

No se sorprendió nuestro desafortunado Sigfrido al ser golpeado por el bolso de Lady EraSoloUnaParada (ya pueden suponer cuál era la frase que le gritaba repetidamente a su compañero ahora). El salto que ésta dio del asiento al notar que tanto ella como Lord YaYaCreíaQueMeDaríaCuenta habían fallado en su cometido era solo comparable a el sky diving más temerario. La discusión se alargó hasta el punto en que la temperatura del vagón parecía haber alcanzado la de austenización, y solo al cabo de otras tres paradas se dieron cuenta los personajes de que les convenía dejar de lado el circo que estaban montando y bajar del metro.

Por suerte para Sigfrido, el resto del trayecto transcurrió con relativa normalidad. Bueno, si dejamos de lado el concierto de DJ KalienteMami, el llanto de un pobre bebé que durante la friolera de diecisiete paradas parecía estar descendiendo a los infiernos de Dante y el parón de ocho minutos y veintitrés segundos dos paradas antes de que nuestro desdichado amigo tuviese que bajar.

Monday, 27 July 2015

Sobre "Despertar"

Qué decir... Despertar fue algo que nació de un impulso y murió cuando este desapareció. No me arrepiento de haberlo escrito, pero transmite cosas que ya no siento, o que ya no me interesan tanto como antes.

Primero hay que dejar claro que es una lectura incompleta; faltan capítulos intermedios que nunca escribí y pensé, faltan finales que nunca ideé, carece de puentes que liguen cada momento, los personajes tiene una mente demasiado fragmentada que se diferencia demasiado según el momento, la linea temporal carece de lógica...

Además, es una lectura desagradable. Si alguien la encuentra interesante, como lo fue para mí mientras la escribía, me alegro de haber llamado su atención. Si realmente se sienten molestos por la existencia de una historia como ésta, no puedo evitar darles la razón.

Despertar fue una transición, tanto a nivel de escritor como a nivel personal. Escribir eso... o vomitarlo, mejor dicho, me ayudó a ver muchas cosas a las que me había cegado porque a mi yo más joven no le interesaba ver. El odio, el asco, los personajes repugnantes y las situaciones absurdamente impensables que plantea despertar son fruto de algo pensado de forma incorrecta y expresado horriblemente.

Sí, la intención al escribirlo era que causara rechazo; si así lo hace, entonces ha cumplido con su cometido. En lo que a mí respecta, ha llegado a causar tal rechazo que me he visto forzado a abandonarla. Tras más de dos años sin escribir sobre ello, dejo aquí lo que fueron los últimos capítulos que escribí.

Aunque no sea algo que disfrute, aunque no sea algo de lo que me enorgullezca, opino que es algo que tampoco debo ocultar; este blog ha tratado muchos temas, y dejar a "Despertar" de lado habría sido incorrecto por muy repugnante, inmaduro e intragable que sea ese esbozo de historia.

Gracias por su tiempo,

Nacho

Wednesday, 22 April 2015

2. El Brujo Motroco y el Cola Cao

Hoy he tenido que recurrir a mis sortilegios y artimañas en pos de una grave enfermedad.

Mi cliente me pidió cita preocupado; él creía que un hechizo había hecho enfermar a su hijo. Según me contó por teléfono, al mozo lo había llevado ya a urgencias de tres hospitales diferentes, dos psicólogos, un psiquiatra y un argentino; ninguno había sido capaz de tratar el mal que hacía enfermar a su hijo, y solo unos pocos lo habían reconocido como el siniestro mal que era.

Le dije que lo ideal sería encontrarnos en el Mercadona que hay a doce minutos de mi casa; así se sentiría menos intimidado y a la vez yo podría hacer la compra. He de reconocer que al principio se sorprendió por el lugar de reunión, pero la desesperación le pudo y acabó accediendo tanto a mi desorbitado precio como a mis para él extrañas exigencias geográficas.

Nos encontramos en la sección de yogures; me intentó interrumpir. sin éxito, mientras me decidía entre el pack de dieciséis yogures (uso los de coco para un preparado contra el mal de ojo) o los YogoMix que tienen esas bolitas de chocolate que quedan tan bien con el yogur que las acompaña.

Cuando noté que empezaba a alejarse decidí hacerle caso y le saludé con una ligera reverencia.

-¿Es usted el...? -empezó a decir dubitativo el caballero.

-Calle, calle caballero, que yo ya sé todo lo que ha usted de decirme. -le interrumpí.- Sí, soy Motroco, el brujo que usted contrató.

-Oh, perdone, le confundí con aquel futbolista del Barça, ¡tenga un buen día! -dijo mientras se marchaba algo avergonzado.

Quizás mi chándal le había confundido; decidí que, para evitar más confusiones, lo mejor sería enviarle un WhatsApp a mi cliente para avisarle que le esperaba en la sección de bebidas donde estaban la Coca-Cola y la Pepsi. La posición de los astros hizo que mis dedos se deslizasen, y junto al mensaje de negocios se envió uno de esos emoticonos que son una caquita sonriente; no había nada que hacer al respecto, el destino era el que era.

Mi cliente contestó al cabo de pocos minutos con un claro y conciso "Ok, estoy llegando.". Esperé en la sección de bebidas hasta que llegase, mirando a los ojos a todas las personas que se paraban delante mío hasta que me pedía por favor que me moviese; yo y mis dos metros con diez centímetros, delante de la sección de Coca-Cola, les impedíamos hacerse con su ansiada bebida. Tras muchas quejas de personas y extrañas miradas, mi cliente llegó.

-¿Señor Motroco? -preguntó un hombre bajito, que debía de medir un metro sesenta- Hablé con usted por teléfono. Soy el señor Pérez.

-Eso ya lo sabía caballero. -le respondí.- Dejémonos de nimiedades y vayamos al tema importante; ¿para qué me ha usted contratado con tanto secretismo?

La cara del señor Pérez enrojeció, para segundos después convertirse esta en lo más parecido a un tomate que había visto desde que dejé de la sección de verduras en busca del yogur ideal. Al cabo de unos minutos durante los que pensé que mi cliente había tenido un ataque o algo, éste rompió a llorar desconsoladamente.

La imagen a la que dio lugar tal situación era bastante extraña, o al menos eso me hacían notar las miradas de otros clientes de tan afamado supermercado; un hombre de metro sesenta lloraba a moco tendido apoyando su cabeza sobre un gigante de más de dos metros que se arrodillaba para consolarlo. Al cabo de unos minutos vinieron trabajadores del supermercado a ofrecernos ayuda, y al cabo de una hora los de seguridad se encargaron de sacarnos.

-¡No!¡No me saquen que si no compro las coles mi mujer me mata! -rogaba el señor Pérez. -¡Si se le mete una dieta en la cabeza no hay quien se la saque!¡No me hagan esto!

Sus palabras sirvieron de poco, y con mucho esfuerzo conseguí que no llamaran a la policía. Para intentar calmarlo reviviendo su niñez, me puse a cantar la antigua canción del Cola-Cao; esto no hizo más que agravar la situación, y tuve que recurrir al servés-abíer para calmarlo. Me alegré de haber elegido el Mercadona de esta zona, porque sinó no habría sido tan sencillo.

Tras acabarnos la cerveza barata volví a intentar hacerlo hablar. Al preguntarle por el problema estuvo a punto de volver a romper a llorar, así que decidí tomar una vía alternativa.

-Calle, calle, que ya le entiendo señor Pérez. -dije sonando convencido. -Alí babá sinbad, besiktas gorbachev. -me puse a repetir, cada vez hablando más alto. -¡Alí babá sinbad, besiktas gorbachev!¡ALÍ BABÁ SINBAD, BESIKTAS GORBACHEV!

-¡Dios le bendiga Motroco! -exclamó Pérez emocionado.- ¡Ahora entiende usted el dolor de un padre!

-Claramente señor Pérez. -respondí altivo.- Son cosas que pasan, pero no se han de dejar estar impunemente. -dije, para sonar algo más inteligente. En realidad seguía sin tener ni idea del problema.

-Pero es que tal cambio es demasiado bruto, ¡mi hijo no puede hacerme algo así!

-Lo entiendo a la perfección, sé por lo que está pasando. -dije, esperando que me contase más detalles. Quizás su hijo se había vuelto perico, pero no quería equivocarme y quedar mal ante el cliente.

-¡Es que no lo entiendo!¡Lo educamos para que fuese por el buen camino! -dijo atragantándose al acabar con un eructo a medias.

-Seguramente deba recurrir a mi hechizo más poderoso... -dije intentando parecer dubitativo. ¿Quizás se había vuelto fan de los gemeliers esos su hijo?

-¡Y quizás ni siquiera eso sea suficiente para hacer que deje el Cola-Cao y vuelva a tomar Nesquik!

Al instante me callé. Le miré seriamente, a lo que él respondió con una mirada triste y preocupada. Me puse a mover las orejas (la derecha primero, la izquierda después, seguido de tres veces ambas a la vez) para intentar alegrarlo, pero no funcionó. El señor Pérez se había dado cuenta; para un problema de tal magnitud no había solución, solo podía esperar que la suerte estuviese de su lado.

El del señor Pérez fue el primer caso que fui incapaz de resolver; hay cosas con las que uno no espera encontrarse en la vida, y ese tipo de conversiones son una de ellas. Por suerte, ya me han llegado las nuevas tarjetas de contacto, en las que especifica que no trato problemas lácteos.

Tuesday, 24 March 2015

1. El Brujo Motroco

No me conoces porque los brujos nos mantenemos en las sombras de la magia negra. Algunos dicen que la magia negra no tiene sombras; pamplinas, lo que pasa que como la magia es negra no se nota que hay sombra.

Supongo que te preguntarás por qué sé tanto sobre magia. Bueno, no me gusta mucho decirlo abiertamente porque la iglesia nos ha perseguido siempre a los de mi tipo, pero soy brujo. Pero brujo de los que son brujos en serio, brujo de verdad de la buena.

Puedes llamarme Motroco, aunque prefiero mantenerme en el anonimato. Como autónomo centrado en el mercado de la brujería, yo soy tu último recurso en las situaciones desesperadas. El Brujo Motroco; trabajo serio y garantizado, te recibo las veinticuatro horas del día de lunes a viernes de 8.00 a 13.00 y de 16.00 a 20.00, y de 9.00 a 21.00 los fines de semana (Cerrado durante festivos).

Como brujo, yo soluciono todos los problemas de tu vida. Mi magia hace que no se me escape nada; problemas de amor o una calentura, puedo conseguir que recupere a su pareja de inmediato. Vidente y Gran Médium con experiencia y muy mucho poder natural, el Brujo Motroco puede hacerse cargo de todos tus problemas. No le importa lo difíciles que sean, una de cada cinco veces encuentra la solución el 100% de las veces, casi siempre tardando menos de una semana y tres miércoles.

¿Crees que no tienes problemas? Seguro que sí, solo que te haces el borrico para que no te cobre; no te preocupes que el servicio del Brujo Motroco a la larga sale barato porque seras feliz, rico y tendrás trabajo para rato. El Brujo Motroco le ayuda en la resolución de problemas de todo tipo; desde trabajo hasta atraer personas queridas, recuperar a su pareja, sacar a flote su negocio y salvar (o deshacer) su matrimonio a voluntad.

Pero el gran Brujo Motroco no se limita a cosas tan mundanas; capaz de quitar todo tipo de hechizos (¡Otros payasos de la competencia podrían haberte embrujado!), deshacerme de tu mal de ojo (el Brujo Motroco tiene una sonrisa muy bonita), conocer los secretos de protección (creo, aunque tampoco puedo asegurarlo porque no sé bien qué significa), enfermedades crónicas (como el hipo o el hambre), problemas judiciales (mi primo es abogado y no es de los que se llevan ahí colgados) o la suerte en la vida.

Todo esto es posible porque el Brujo Motroco tiene a los espíritus más rápidos que existen del otro barrio. Estos espíritus, expertos en el amor y las matemáticas, solucionarán casi todos sus problemas (no llevan muy bien lo de las raíces cuadradas, pero van tirando).

El Brujo Motroco también prepara unas hamburguesas muy ricas y limpia casas a domicilio.

Wednesday, 28 January 2015

Danza de la Falange

La danza sobre el teclado es una que debería de convertirse en ritual. Tendría que ser algo que nos salga por reflejo, por necesidad del alma en sí. Los dedos de uno deberían desear alcanzar aquel momento en el que consiguen posarse sobre el teclado y liberarse. Unos dedos que se pasan mucho tiempo sin hablar, sin expresar, sin sentir. Y que de repente explotan.

Porque si les damos rienda suelta de verdad nunca sabemos lo que podemos llegar a sacara de su creatividad. No nos confundamos, no es lo mismo tener una idea, pensarla y escribirla que simplemente posar las manos sobre las teclas y dejar que los dedos lleven a cabo ese arte suyo que los humanos nunca llegaremos a comprender. Una danza que parece caótica, que de por sí no valoraríamos jamás, pero que gana valor gracias a la pantalla.

La interpretación que le damos a semejante danza, el conjunto de palabras, vocablos, a veces incluso improperios que estos son capaces de soltar nunca llegará a valer ni la mitad de lo que vale la danza en sí. Me atrevería a decir que cuando nos dedicamos a tal práctica (la de dejar que los dedos bailen sobre el teclado) tenemos que estar constantemente mirándolos a estos. Valorar una danza semejante solo por la marca que ésta deja en un blog sería un insulto al magnífico arte que nuestras falanges llevan a cabo.

Es por eso que os invito caballeros a un espectáculo que solo ustedes mismos pueden organizar; tumbados o sentados, con luz o a oscuras, ya sea solos o acompañados, dense el placer de apreciar con sus propios ojos al flujo de ideas que sus dedos tienen preparados para ustedes. Dejen que ellos bailen para ustedes.

Tuesday, 27 January 2015

Sin existir.

Paró en seco.

Todo, absolutamente todo, estaba bañado en la oscuridad más tenebrosa que ser alguno jamás haya presenciado.

No podía ver sus propias manos. Cruzando sus ojos no notaba su nariz, y eso que no era del tipo de protuberancias que pasasen desapercibidas. ¿Sería ciego ahora?

Fue entonces cuando decidió tocarse. Pero no notaba las manos. No podía encontrar parte alguna de su cuerpo, no había nada que tocar. No había nada con qué tocar. ¿Habría perdido el tacto?

Ahora que lo pensaba, tampoco había ruido alguno que se atreviese a perturbar el sonido del silencio. Constante, invariable, ni siquiera su propia voz podía alterar lo que sus oídos percibían. ¿Había ensordecido sin darse cuenta?

Otra cosa que lo preocupaba era que, sin haberse duchado en las últimas dos semanas, su olor corporal había desaparecido. Recordaba haber evitado el baño en las últimas semanas, así que tal pureza era improbable, por no decir imposible. ¿Era también incapaz de usar el olfato?

Ni siquiera sentía el sabor de su saliva. Se lamía lo que creía que eran sus labios (al no tener tacto tampoco estaba seguro) pero no notaba nada particular. Buscó entre los restos de chocolate que seguramente tenía entre sus dientes, pero nada. Ni rastro de su sentido del gusto.

Pensándolo bien, no recordaba mucho más que aquello. Evitar el baño, comer chocolate y poco más. ¿Tenía nombre alguno? ¿Sabía lo que era un nombre? ¿Podía estar seguro de saber lo que creía saber? Ya ni siquiera era capaz de recordar cosa alguna.

Incapaz de sentir, incapaz de preocuparse e incapaz de recordar, fue entonces cuando cayó en que no le hacía falta pensar. Entonces, sin más dilación, dejó de hacerlo.

Monday, 26 January 2015

Cuestión de poder, cuestión de querer.

El fruto de un duro trabajo. No hay mucho más que busquemos; una recompensa, un algo que nos pruebe que aquello por lo que nos hemos desvivido no ha sido un sinsentido, que no hemos trabajado para nada. En definitiva, buscamos que se nos demuestre que no hemos estado perdiendo el tiempo.

Porque hay pocas congojas igualables a la provocada por los resultados fallidos. Los problemas amorosos pueden ser algo que nos distraiga e incluso que nos preocupe hasta cierto punto, pero es algo que escapa a nuestros límites porque abarca a un segundo, un tercero y demás. La salud y la enfermedad son también situaciones sobre las que, aunque podamos influir, siempre hay un deje de probabilidad que nos es inevitable. Por mucho que nos cuidemos, siempre algo puede pasar. Nos puede fallar la confianza, podemos dejar de creer en aquellos que una vez veneramos, pero al final no deja de ser eso; que alguien nos ha fallado a nosotros. Alguien que no controlábamos nosotros.

Hay muchos otros casos así. Perder una partida de lo que sea, siendo un juego de equipo o no, es algo que nunca depende solo de uno mismo, porque ya son dos personas como mínimo las que se esfuerzan para salir victoriosas, y siempre hay alguien que tiene que perder. Cuando trabajamos junto a otros para conseguir una meta común también podemos fallar y, aunque seguramente nuestros actos hayan influido en el resultado (sea negativo o positivo), siempre nos queda el consuelo de que no todo es producto nuestro.

Claro, hay situaciones en las que solo uno es el responsable de los resultados. Y es comprensible fallar una vez; todos cometemos errores, nos equivocamos constantemente al vivir cosas nuevas. No sabemos como afrontarlas y pasa lo que pasa. Podemos equivocarnos una segunda vez, y aún así podríamos justificarlo; habría que trabajar más, tendría que haberlo dado todo, podría haber hecho tal y tal cosa para mejorar...

Pero, ¿qué hacemos cuando, tras habernos esforzado de verdad, tras habernos desvivido por algo, esto fracasa? ¿Es ese fracaso la bengala que a gritos nos comunica que hay que dejarlo? ¿Es tal tropiezo un “No.” definitivo? ¿No queda ya nada que podamos hacer para superar las barreras que nos separan de aquello que ansiamos realizar? ¿aquello que, aún habiéndonos dejado la piel por ello, hemos sido incapaces de controlar?

Mi respuesta es, a pesar de que me sorprenda, incierta. Si tuviese que decírselo a otra persona tengo muy claro lo que respondería. Eres capaz de todo y más, los único límites que encontrarás son aquellos que te impongas a ti mismo. Apunta al Sol y las estrellas y te aseguro que como mínimo alcanzarás el cielo. Lucha por lo que quieres, porque no hay nada que pueda contra una férrea voluntad que se aferra a aquello que ama. Tus deseos y sueños no son más que realidades para las cuales aún no has trabajado lo suficiente; extiende la mano y tómalo, hazte con todo lo que consideras tuyo, porque no habrá jamás nadie capaz de pararte.


Pero, ¿es ésa la respuesta que me daría a mí mismo?

Tuesday, 16 December 2014

Animales de costumbres

Todos somos animales de costumbres; una rutina a seguir, alguna tradición familiar, las sobras para los domingos, el madrugar... Nos cuesta mucho cambiar, ya sea para bien o para mal. Requerimos de cierto patrón para mantenernos cuerdos, el caos haría que nos perdiésemos en lo que otrora podría ser el más cotidiano de los actos.

Despertarnos a una hora fija para recordar siempre cuándo estamos viviendo, qué día es y cómo hay que afrontarlo. Seguir unos horarios para intentar impedir imprevistos, para estar siempre donde debemos y cuando debemos. Cuatro comidas al día y con el correcto repartimiento de fruta, verdura, hidratos de carbono y demás. ¿Los medicamentos? Cada cuatro, seis, ocho u doce horas, quizás uno al día. ¿Clase? Los fines de semana son sagrados, así que los otros cinco son su dominio. Las cuatro estaciones, los doce meses, las horas, minutos y segundos. Años, lustros, décadas, siglos, milenios.

Llegamos hasta el punto de intentar convertir en costumbre aquello impredecible; nos inventamos el horóscopo, las lecturas de manos y el tarot. Romper un espejo, pasar bajo una escalera, las patas de conejo, un trébol de cuatro hojas o pisar excrementos; según nuestra ilógica esto también tiene poder sobre nuestro destino, haciéndolo más predecible. Como las costumbres.

Llegamos hasta el punto de convertir lo poco común en una necesidad a la mínima que se convierte en medianamente común: aquella casual sonrisa que pasa a ser periódica, la lluvia de los Jueves, la pesadez de las mañanas de Domingo e incluso las rebajas. Yo mismo he cogido la costumbre de moverme el pelo de la frente o de acomodármelo en la oreja al coger el teléfono, cosas que aún mantengo ahora que mi abultada cabellera ha sido recortada por las pinzas de la peluquera. Y solo tardé 2 meses en convertir una molestia casual en una costumbre.

¿Conclusión? Sí, ésta.

Monday, 8 December 2014

What I need

What do I need?

I need to sing. I need to shout. I need to talk, to scream, to smile, to laugh. I need to write.

I need to give my opinion, I need to criticize, to make everyone know what I think.

I need to be remembered. I need to avoid being forgotten. I need immortality. I need eternity.

But there's more.

I need to hug someone, to cheer up someone. I need to be there for those who need me. I need them to be here for me.

I need my family, my friends. I need you, reader. I need that sudden smile you gift me daily. I need your presence, even if I don't know you. I need people to be there.

And it's never enough. I do need even more.

I need food. I need fuet, I need my milk and my Nesquik. I need my meat, my rice, my salad. I need chocolate and candies. I need my spaghetti and cheese. I need bread and butter, croissants with honey, ham and cheese.

I need coke, water. I need the pineapple, orange or apple juice. I need a good beer. I need that hot cofee on a cold morning.

But, over all things, I need to go to the toilet. That's why now we say goodbye.

Friday, 5 December 2014

¡Qué decir!

¡Qué decir! Ay, Dios mío, qué decir cuando a uno lo dejan sin palabras. Perplejo, oiga, perplejo me he quedado. Porque, ¿usted me entiende verdad? Semejante inmoralidad... No, no, tremendo, no es normal, le digo que me ha dejado perplejo. Es que algo así no pasa desapercibido, ya sabe usted. Porque sé que me entiende, usted comprende que algo como eso no es normal. Hay cosas que aunque a uno no le incumban no las puede dejar pasar. No, usted entiéndalo, hay cosas que no se dejan pasar ni aunque haya una carretera de las grandes de por medio.
Y es que hoy iba caminando por la calle cuando el muy... el muy... bueno, no me haga decirlo, que ya me entiende usted, ¿verdad? Porque hay cosas que una persona fina y arreglada no debe decir y aún me considero una de esas personas. Pues, verá usted, lo que decía, que iba yo caminando por la calle cuando el mequetrefe ha llevado a cabo tan atroz acto. ¡Si hubiese usted estado ahí! No se ha visto cosa semejante en décadas, ¡en décadas le digo! No sé cuanto hace que no presenciaba algo así, hace años que estas cosas no se ven por el barrio. Y es que no, no señor, las cosa no se hacen así. Las cosas no se han hecho nunca así ni se harán, porque simplemente no se hacen así. Un poquito más de tacto, algo de cuidado, un poco de respeto por los demás, tampoco se le pide nada del otro mundo. Que no todos estamos para sorpresas hombre, algunos tenemos ya una edad a la que estas cosas nos afectan demasiado y no estamos para soportarlas, ¿entiende usted?
Es que es algo que como usted ya sabe la juventud de hoy en día no entiende; van demasiado directos, se han olvidado de lo que es hacer las cosas poco a poco, de lo que es trabajar para sacar los frutos, están que si no tienen todo al instante más vale no tenerlo. ¡Hay que ver! ¡Cómo son las cosas!
Pero que se le va a hacer, oiga usted, usted que entiende escuche lo que le digo. Que tampoco hay que exasperarse, pero entienda que esto me lleve de los nervios. ¡Me tiene fuera de mí! Porque los suyos , sus nervios, serán de acero y lo soporta, pero la gente como yo, ya con una edad y tal, no señor no, de acero nada. ¡Gelatina le digo! ¡Nervios de gelatina o de flan! Porque no estamos para cosas como estas, es indignante. ¿Me entiende usted? Que ya tenemos una edad, estas cosas no se hacen así.
¡Qué decir!

Friday, 31 October 2014

Podríamos mentir más sonrisas.

¿Cuándo fue la última vez que le sonreíste a alguien sin venir a cuento alguno?

Puede parecer una tontería, pero solo una sonrisa puede arreglar un día. Puede hacer que un momento que podría ser como cualquier otro sea especial. Hoy, saliendo del metro, en vez de atolondrarme, he dejado pasar a una chica. Algo lógico, chocarme no es algo que me provoque placer alguno, menos aún cuando lo único que quiero es llegar a casa. Y ella va y se gira solo para sonreírme y seguir por su camino.

Y es que puede parecer una tontería, pero para alguien que viene de madrugar para no hacer más que coger el metro para ir hacia la uni, estudiar, hacer un examen, seguir estudiando y después coger el metro para volver a las tantas sin haber tenido descanso alguno, esa sonrisa, ese pequeño detalle, hace que en vez de haber sido "otro trayecto de metro que hago agotado" sea el trayecto en el que con pequeños detalles conseguí involuntariamente que alguien sonriese.

No es necesario que sea sincera; al contrario, las sonrisas son mejores cuanto más mientes. Porque estando bien sonríe cualquiera. La verdadera sonrisa, la que tiene mérito, es aquella que cuesta sacar, es aquella que a pesar de nuestro agotamiento consigue asomarse y hacer el día de alguien un pelín mejor. La sonrisa que vale es la que sacamos cuando estamos peor, cuando nos deshacemos en pedazos.

Hoy en día la sonrisa se ha devaluado mucho. Ya no regalamos sonrisas como antes. Ahora se usan principalmente para expresar bienestar (que no digo que no se deba, pero son mejores como medio que como consecuencia). Se ha perdido una de las más maravillosas costumbres; la de notar a alguien alicaído y, a pesar de estar tú agotado, mirarle a los ojos y, no sin esfuerzo y dedicación, esbozar una sonrisa mentirosa pero de aspecto inocente y sincero.

Porque las sonrisas en realidad hacen falta para eso. Si estamos bien no las necesitamos. Lo importante es que, cuando estemos mal, algún embustero venga con su sonrisa y nos engañe. Lo que queremos es que nos muestren ese gesto que dice "No te preocupes, todo va a ir bien.".

O que acaben los parciales. Eso tampoco estaría mal.

Wednesday, 29 October 2014

Siempre copulativo

Giró a la derecha. Y a la izquierda. No caminó mucho antes de volver a rotar noventa grados en sentido contrario a las agujas del reloj y seguir avanzando. Las dudas lo azotaban mientras lo hacía. Caminando siempre dudaba. Todos nos hacemos preguntas.

¿Para qué? Tampoco es que sea importante. ¿Quién las plantea? Alguien. ¿Cuándo sucede esto? No tengo ni idea. ¿Qué hizo al pararse quien sea que antes caminase? Que yo sepa no ha parado. Ahora ya estamos dando demasiadas cosas por ciertas cuando no son más que suposiciones.

Y es que eso de dar algo por hecho cuando no es más que una duda que asoma nos puede salir muy caro. Bueno, o no. Es discutible, pero unas cuantas personas estarían de acuerdo en que, dadas ciertas circunstancias, las suposiciones pueden salirnos caras.

Porque, claro, hay que ver como están los precios hoy en día. Que si oferta y demanda, impuestos, devaluaciones, pérdidas y ganancias, créditos a cuatro por ciento y caramelos en los cestitos que yacen sobre algunos escritorios en las oficinas bancarias. Aunque ahora son pocos, y ya no te dejan coger tantos caramelos como antes, ni son tan buenos. Antes esas cosas eran mejores.

Es así, el pasado siempre fue mejor. Todo aquello que ya no estamos viviendo se nos antoja mejor que lo que ocupa nuestro tiempo ahora mismo. "La época dorada" siempre es alguna que recordamos, no una que prevenimos. Y es que es lo que tiene el pasado; que lo que pasado es, pasado está y pasado parece, siempre copulativo. O no. Aunque bueno, si el pasado es pasado es porque llegó a su fin. Porque todo tiene un fin.

Fin.

Tuesday, 28 October 2014

Mi yo de chiquito estaría contento.

Decidí volver a escribir un poco por acá por la sencilla razón de que tenía ganas de plasmar un poco mis pensamientos pero me faltaba la inspiración para seguir con el proyecto en el que estaba trabajando. Así que vuelvo con algunas boludeces que voy pensando cada tanto que no viene mal soltar aunque no vengan a cuento. Y la última tontería que se me metió en la cabeza fue ésa; mi yo de chiquito estaría muy contento pensando en lo que me convertí (si es que cambié algo).

Lo primero es Pokémon. Ya de chiquito era un fanático de esas cosas. A mis diez años yo tenía la certeza de que iba a jugar a videojuegos toda mi vida. En especial a Pokémon; era algo que me encantaba y me tenía enganchado. Aún así, es innegable que hubo una pausa. Entre los dieciséis y los dieciocho esa chispa perdió algo; les tenía cariño a mis bichitos, pero perdieron parte del peso que tenían.

A esa laguna temporal le debo mi handicap a la hora de jugar competitivo hoy en día; tengo un hueco donde me faltan los tipos de muchos, o no me espero según que ataques de aquellos a los que yo consideraba conocidos. Pero con algo de tiempo uno se recupera.

¿Y por qué, a mis veinte años, sigo jugando con esos bichitos? Creo que es gracias a mi mamá. No puedo olvidar el día en que ella me dijo, ya cuando la boludez seguía a mis quince usando la DS pirateada de mi hermana para ir pasándome los últimos juegos que iban saliendo (si no era posible, emuladores), y me soltó un "A ver si dejan ya esos jueguitos, vas a ver como en cinco años ya ni te acordás.".

Esa fue la última vez que me dijeron algo por el estilo, como diciendo "No hay opción." o "No podés seguir.". La primera destacable fue a mis trece, cuando mi profesora de matemáticas me dijo que no tenía nivel para ganar la olimpiada (matemática) de la comunidad autónoma. Yo nunca fui muy competitivo, pero que una boluda me trate como si yo fuese su igual me quema. No gané por ganar yo; gané para que se dejase de estupideces. Desde entonces decirme basta con decirme que no puedo para hacer algo bien. Así es como mi madre me condenó a jugar a Pokémon hasta llegar a la tumba. Y se lo agradezco.

Otra cosa a destacar es la música. Tengo grabaciones de voz de mi cantando con menos de tres años, Me veía la película del Rey León dos o tres veces al día y el sing-along es algo que los estudios Disney deben de haber inventado cansados de que cantase mal alguna letra. Mi papá y su guitarra desde que tengo uso de memoria siempre me tuvieron enamorados (no hay manera de coordinar las manos para tocar tres acordes seguidos, así que queda en un amor platónico). Años de flauta travesera, un paseo por el piano... pero aunque me gustaba nunca conseguí engancharme lo suficiente. Hasta que llegó él con un bajo que le habían prestado, teniendo yo dieciséis años por aquél entonces. "Perfecto." pensé. "Solo hay que tocar una cuerda a la vez. Y suena grave. Con esto sí que voy a hacer ruido." fueron las primeras cosas que se me vinieron a la cabeza. Además, ya había demasiados guitarristas en casa, y lo del overbooking es algo grave. Así que tiré del bajo.

Ese grandioso instrumento fue la primera cosa en mi vida que me hizo pensar "No hago esto lo suficientemente bien, voy a mejorar.". Hasta entonces todo habían sido o cosas fáciles que hacía sin esfuerzo o cosas para las que era un negado, que practicaba por pura diversión (siendo sincero, no siempre eran tan divertidas) a sabiendas de que era una desventaja para mi equipo. Y gracias a eso aprendí a mejorar en muchos aspectos, me ayudó a criticarme a mí mismo.

Mis avances con el bajo me parecían a pasos agigantados; aún recuerdo cuando conseguí tocar el solo de bajo de Knights of Cydonia; desde entonces no volví a tocarlo, pero fue la prueba que me hacía falta para ver que, con esfuerzo, podía conseguir lo que quería. Fue la primera vez que tuve la sensación de haber trabajado en pos de un objetivo. Y lo importante fue que salió bien.

Ahora estoy esperando el segundo concierto en el que voy a ser yo el que esté en el escenario junto a otras personas disfrutando de lo que hacemos, superarnos ensayo tras ensayo; algo con lo que mi yo de dieciséis años solo soñaba. De hecho, he de reconocer que a mí mismo, hoy en día, me sigue sorprendiendo.

Ahora lo que me falta es hacer algo para tener contento a mi yo del futuro. Como, por ejemplo, irme a estudiar en vez de escribir estas boludeces.

P.D.: Dejo el enlace al evento en Facebook del concierto y de la página de nuestro grupo Dreams of Agony.















Wednesday, 5 March 2014

Otra basura de las mías.

Hay cosas que nunca están al alcance de uno; cegados por nuestro propio orgullo, o a veces por una vana e inútil esperanza, nos engañamos. Luchamos por algo que no es posible conseguir. Luchamos contra cosas que nos superan, que siempre nos han superado. Intentamos soportar cosas para las que no estamos hechos. Vivir de formas que no nos favorecen, que no nos agradan, que nos condenan a un constante sinvivir, a un eterno “por qué no cambia”, a una duda sin fin.

Uno lucha por algunas personas que nunca se dan cuenta del esfuerzo que uno hace por ellas. Trabajo duro por cosas que nunca les serán agradecidas. ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Hay alguien que nos obligue a actuar así? ¿Hay algo que de verdad nos invite a meternos en tal maraña de sucesos?

Pero no nos importa; seguimos a contracorriente. Así es el ser humano; terco, estúpido, autodestructivo. Haciendo las estupideces más grandes jamás pensadas por los estúpidos a los que les tienen un cariño aún mayor. Sabiendo que nunca les serán agradecidas. Y ojalá fuese porque esa persona es desagradecida, o porque simplemente no saben quién les ha ayudado. No; el problema no es ese. El problema es que creen que nunca se les ha ayudado. Que lo han conseguido todo solos. Te tratan como si fueses un estorbo, alguien que les molesta, que impide que lleven a cabo la vida que ansían. ¿Y qué debe hacer uno? ¿Echarse a un lado? ¿Dejarlos que se hundan? ¿Y si no hay marcha atrás?

A veces, un abrazo, un gracias, un “no sé qué haría sin ti”, una simple sonrisa, un simple gesto, estaría bien. Pero no, eso se lo guardan para otras personas. Los que nos sacrificamos en la sombra no merecemos tal reconocimiento. Sin importar la cantidad de bombillas que usemos para hacernos ver, sin importar los centenares de carteles luminosos señalando nuestra presencia, la influencia de nuestros actos en alguno de esos sucesos que posiblemente ni siquiera recuerdan...

Pero bueno. Tampoco es tan grave. Uno guarda la esperanza de que todos tengamos a alguien así; alguien que constantemente lucha por nosotros, que nos quiere, que a cierta manera nos idolatra, pero al mismo tiempo se duele de no ser correspondido. Y ahora que ya me he desahogado (mentira, sigo con el nudo, pero si sigo escribiendo no sé dónde acabaré), saludos. Habrá tiempos mejores, para todos. Incluso para los que no nos los merecemos. ¿No?

Wednesday, 29 May 2013

Mirando al fracaso a la cara... y escupiéndole.

          ¿Qué esperas que haga? ¿Ansías mi admiración? ¿Buscas acaso algún reconocimiento por mi parte? No deberías, ya que nada conseguirás. Tú eres la prueba viva de mi fracaso, eres aquello que me recuerda que no fui capaz. Eres la cara que tiene la derrota en mis recuerdos, y tu voz es la melodía entonada de forma previa a un "Game Over". ¿Esperas, entonces, que reaccione bien a tus broma?
          Aún no entiendo como esperas que ría. Quizás ellos no se dan cuenta; es difícil reconocer un tropiezo cuando vives tu vida a trompicones. Pero cuando uno comete su primer gran error, cuando el fatal destino se cierne sobre uno y le señala públicamente como aquél que no superó la prueba exigida, es incapaz de pensar en otra cosa.
          Aún pensarás que no has hecho nada; y tienes razón. Pero tu mera existencia ya es para mí algo negativo. Eres el sello que me marca como aquél que fue incapaz, eres la ardiente cicatriz que oculto tras haber caído. Otros podrían sentirse orgullosos de haber caído y después ser capaces de levantarse. Pero no yo; yo nunca caía. Yo podía tropezar, pero siempre encontraba la forma de evitar aquel último golpe en el momento oportuno.
          Y ahora apareces tú como el peso que me estiró. Aquél que me dijo; hoy no, ya no puedes. Toma mi mano, y levántate. Pero yo sabía que era mentira. ¡¿Cómo osas decir "levántate" cuando eres tú el que me está alzando?!
          Espero que lo comprendas, aunque creo que eres incapaz. En el momento en que eres tú el que me hace recuperarme, dejo de haber sido autosuficiente, dejo de ser capaz de solucionarlo yo, solo. Entonces no me salvo yo, sino que eres tú el que me rescata a la desesperada en aquél último momento en el que me doy por vencido.
          Y he llegado a la conclusión de que, posiblemente, lo que más rabia me da sea el hecho de que sea alguien tan mundano, alguien "de tan poco valor", el que me rescate. A mí, al grande, al único, al señalado, ayudándome un don nadie, un creído, un tramposo, un ser carente de meta.
          Espero que lo entiendas; aunque no hagas más que ayudarme, nunca tendrás mi reconocimiento. Aunque tu actitud hacia mí sea positiva, nunca sacarás más que una minúscula sensación de complacencia de mi parte.

Wednesday, 22 May 2013

El péndulo.

        Trazando una curva perfecta, el péndulo se mecía. Ahora a la derecha, ahora a la izquierda. Constante, invariable, siempre igual, sin importarle qué lo envolviese. Las gruesas lentes de mis anteojos me permitían verlo con total claridad; el péndulo ignoraba toda fricción planteada por la lógica humana, la bola oscilaba armónicamente  ahora hacia la izquierda, ahora hacia la derecha, siempre igual. Me acaricié el pelo y tomé notas.
        Al cabo de dos horas, nada había cambiado ni un ápice. Derecha, izquierda. Arriba, abajo, arriba, abajo, siempre subiendo y bajando. El péndulo iba a su bola. No le importaba en absoluta nada de lo que le rodeaba. Por momentos parecía que el movimiento de la esfera se enlentecía, pero no; lo achaqué a mi cansancio (a diferencia del péndulo, yo no era inagotable). El sueño embotaba mis sentidos, reduciendo la efectividad de mi percepción.
        Así pues, caí presa del manto de Morfeo, y, aunque yo no lo supiese, con mi descanso llegó también el de tan curioso péndulo. Desde mi onírico mundo fui incapaz de notar tal cambio, estaba fuera de mi alcance.
        Cuando desperté, el péndulo seguía oscilando, la bola yendo arriba y abajo, de derecha a izquierda, bajando y subiendo, trazando siempre esa curva perfecta, perfecto e inmutable. 

Tuesday, 14 May 2013

Tedio.

                Tras mucho pensar, había encontrado la palabra: tedio. Era la definición perfecta para tal momento. Con los conocimientos básicos asimilados (y sabiendo internamente que la práctica, aunque aburrida y prescindible, no era del todo innecesaria) me dejé llevar de la mano por la ola de imponente pereza que me atormentaba, cediéndole todo el terreno que requiriese en lo que a mis actos respectaba. Y fue así como acabé aquí, con las manos manchadas de sangre.
                     Aunque suene a tópico, lo primero que haré sera anunciar lo que muchos ya supondréis que voy a decir: no es culpa mía. Y aunque quizás lo sea (y mi vaga mente baraja tal posibilidad, creedme, sólo que no le da tanta importancia como a la trayectoria de estas palabras) yo sigo defendiendo mi inocencia. La culpa es del aburrimiento, del tedio. Él me impulsó a hacerlo.
                  Pero no le acusen tan a la ligera; sé que tiene sus razones para considerarse libre de culpa tan bien como sé que no le faltan argumentos para defender la necesidad de haber llevado a cabo tal atrocidad. Al fín y al cabo es un buen chico, siempre saluda, hace deporte, come variado (con sus cinco raciones de frutas y verduras al día... ¡como mínimo!) y lee mucho. Así que suponiendo que sea el tedio el culpable, no creo que sea merecedor de castigo alguno, ya que es una buena persona.
                 En realidad, la culpa es del padre del tedio. Aquel carnal ser, dueño de un inmoral carácter que le muestra tal y como es ante los ojos de todo personaje que podamos concebir, fue el encargado de fabricar a nuestro querido tedio. Así es como, en lo que a mi respecta, es don Alfredo, el misántropo progenitor del tedio, quien debería ser desollado (y alguna que otra cosita más, pero sin pasarse) debido a tales crímenes.