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Monday, 27 July 2015

Sobre "Despertar"

Qué decir... Despertar fue algo que nació de un impulso y murió cuando este desapareció. No me arrepiento de haberlo escrito, pero transmite cosas que ya no siento, o que ya no me interesan tanto como antes.

Primero hay que dejar claro que es una lectura incompleta; faltan capítulos intermedios que nunca escribí y pensé, faltan finales que nunca ideé, carece de puentes que liguen cada momento, los personajes tiene una mente demasiado fragmentada que se diferencia demasiado según el momento, la linea temporal carece de lógica...

Además, es una lectura desagradable. Si alguien la encuentra interesante, como lo fue para mí mientras la escribía, me alegro de haber llamado su atención. Si realmente se sienten molestos por la existencia de una historia como ésta, no puedo evitar darles la razón.

Despertar fue una transición, tanto a nivel de escritor como a nivel personal. Escribir eso... o vomitarlo, mejor dicho, me ayudó a ver muchas cosas a las que me había cegado porque a mi yo más joven no le interesaba ver. El odio, el asco, los personajes repugnantes y las situaciones absurdamente impensables que plantea despertar son fruto de algo pensado de forma incorrecta y expresado horriblemente.

Sí, la intención al escribirlo era que causara rechazo; si así lo hace, entonces ha cumplido con su cometido. En lo que a mí respecta, ha llegado a causar tal rechazo que me he visto forzado a abandonarla. Tras más de dos años sin escribir sobre ello, dejo aquí lo que fueron los últimos capítulos que escribí.

Aunque no sea algo que disfrute, aunque no sea algo de lo que me enorgullezca, opino que es algo que tampoco debo ocultar; este blog ha tratado muchos temas, y dejar a "Despertar" de lado habría sido incorrecto por muy repugnante, inmaduro e intragable que sea ese esbozo de historia.

Gracias por su tiempo,

Nacho

Despertar: (14) Realidad

Capítulo 14: Realidad

¿Qué esperas que haga cuando la única persona que para mí estaba segura de sí misma me hace ver que en realidad no es más que un montón de piezas arregladas en cinco minutos por toneladas de cinta aislante? No es que cayeses delante mío, sino que te tiraste. Te derrumbaste, sin previo aviso. Veía que tus cimientos habían cambiado, pero no esperaba algo así.

“Ésto empieza a parecer ya un cuento de hadas, poco más que niñerías, tío. Estos comportamientos son completamente ilógicos.” dijo Julius altivo. Suspirando, su tío ignoró sus palabras, de las cuales empezaba ya a cansarse. A veces me olvido de que es hijo de sus padres, con todo lo que ello conlleva. La interrogante y curiosa mirada de Julius le impacientaba, tanto que llegó un punto en el que no pudo más, y explotó. “Dime entonces, qué diferencia tanto a tus cuentos de hadas de la historia. Por qué crees más en aquellos libros que te han inculcado en la escuela y demás en lugar de reconocer el valor de aquellas aventuras que siempre te habían parecido fantásticas e imposibles, que ahora presencias y quizás en un futuro vivas.”.
Ésto lo dijo tan rápida y violentamente que su sobrino se vio incapacitado para responder, ya fuese por el terror que tenía a algunas de las reacciones de Glenn o por el simple hecho de no saber qué contestar ante tal palabrería. Viendo que el joven no iba a agregar nada al respecto, el tío siguió con su discurso...
“No puedes decírmelo. Y, ¿sabes por qué? Porque no hay diferencia alguna, al menos no para ti. Suponiendo que mis abuelos viviesen alguna guerra, solo para ellos se podría distinguir la ficción de la realidad. Pero no más de lo que distingues lo que pasa en un lugar o en otro. Tú no has vivido ninguna situación parecida, aquellas conspiraciones sobre las que tanto leíste, aquellos entramados políticos que los personajes de aquellas novelas de posible fantasía protagonizaban a base de desconfiar los unos de los otros, aquellos intentos de tomar un trono que no es propio, el deseo de gobernar por encima de todos... y tampoco has vivido ninguna guerra que quizás pueda ser considerada real. A ambas las conoces solo como datos. Me atrevería incluso a decir que para ti son más reales aquella extraídas de la ficción: de éstas al menos conoces toda la verdad, porque, de cierto modo, las viste, sucedieron delante tuyo, y supiste que pensaban todos y cada uno de los personajes en todo momento. Pero, en cambio, de la historia que podríamos llamar “verdadera” solo nos quedan datos sueltos. Notas, alguna que otra prueba física. Pero nunca veremos nada que aquellos que “ganaron” no quisiesen, en su momento, que sepamos. La diferencia entre tus conflictos de ficción y los históricos, es que al menos conoces toda la verdad sobre los primeros. Respecto a los segundos, montones de datos, nombres y vidas perdidas se han disuelto ya sea por el paso del tiempo o del fuego. Porque ten algo claro: la historia siempre la escribe el que gana. Y nadie más.”
Tras unos minutos de silencio, Julius se derrumbó sobre el sillón más cercano. Se pasó un largo rato sin hablar, posiblemente horas. Una vez que consiguió aclararse, se levantó lentamente y empezó a hablar. Otra vez lo hará con esa molesta vocecita marimandona. A ver que dice ahora “su majestad”.



En el fondo todo errores que hay que evitar, no podemos saber si son verdaderos o falsos porque no son eso, más que rastros dejados en un libro, en una pared, o en lo que fuese - se podría valorar a la fantasía al mismo nivel que a la historia

Despertar: (13) Soledad

Capítulo 13: Soledad

Cuando llegó, todo había acabado ya. No quedaba nadie a quién rescatar. Todos estaban muertos.

“Cuando llegué la encontré así,” le dijo Jordi, el amigo de Caroline que había contactado con él para hacerle llegar la noticia, “aferrada fuertemente al picaporte. Al abrir la puerta, su cuerpo se arrastraba con ella, sujetando su mano siempre aquél pomo de plata.” Ésto es una locura. Julius todavía no era capaz de creerlo. Caroline no podía haber muerto, no tenía sentido. Ella era, para él, la mismísima definición de supervivencia.
“No quiero ni imaginarme qué puede haber pasado. Para mí, está claro que huía de algo, pero ella nunca me habló de nada que no fuese su día a día o ese tal Ignacio, el cual llegué a pensar que no existía.” Tras decir ésto, hizo una pausa, que Julius aprovechó para tomar un vaso de agua mientras pensaba en lo increíble y a la vez lógico de aquella historia. Ella no podía morir así. Ella tenía que caer luchando, no sufriendo consigo misma. O con quien quiera que fuese. Tras ver que Julius volvía a mirarle interrogante, Jordi siguió hablando. “Ahora veo que no era cosa mía: ella siempre quiso presentármelo, pero casualmente siempre salía una u otra excusa que impedía nuestra reunión. Ahora entiendo por qué: ella era él. Ignacio vivía en su interior. No es que no existiese, sino que se encontraba en su mente, y le hablaba como lo haría cualquier otra persona.” Al decir esta última frase, la voz de Jordi tembló, como si no se creyese sus propias palabras. Como si lo que decía no pudiese ser real. Dubitativo, siguió con su discurso. “Ella siempre destacaba lo poco que usaba el móvil, diciendo que no hablaba con nadie que no fuésemos aquel ente o yo. Al encontrarla, tras acomodar su cuerpo en el sofá, noté que su otra mano tenía el móvil aferrado con fuerza. Si liberar el picaporte requirió más trabajo físico del que pensaba que era capaz de realizar, abrirle la mano para coger el teléfono estiró las fronteras de mi fuerza hasta límites que yo mismo desconocía. El teléfono emitía la típica luz roja que titilaba anunciando llamadas perdidas.” Hizo una corta pausa, respiró profundamente, cogió el teléfono que tenía a su lado, y se lo mostró. “Eran catorce. Catorce llamadas perdidas. Catorce malditas llamadas perdidas, hechas desde su propio número, todas durante el período de tiempo en el que había estado conduciendo y caminando alrededor de la manzana.” Al decir ésto, se para repentinamente, cayendo en que había cosas que aún no había explicado.
“Cada vez que pienso en ésto, más increíble me parece, una locura.” Jordi suspiró, nervioso, antes de continuar. “Estuvo dando vueltas a la manzana. Más de veinticinco minutos en coche, y otros diez caminando. Los vecinos que la vieron dicen que parecía apurada, como si llegase tarde a casa de alguien.” Hizo una pausa antes de seguir, para evitar sucumbir al peso de las lágrimas que se secó con la manga de su polo intentando disimular. Demasiado débil. ¿Qué hacía Caroline con alguien así? Julius iba a decir algo, pero el barcelonés le interrumpió, para proseguir con su historia. “Volvió a casa. Llegó a casa. Fue a casa. Da igual como quieras decirlo o como lo pensase ella. La cuestión es que volvió a cruzar la misma puerta que acababa de abrir para salir en dirección contraria. Pero no se dio cuenta. Para ella, era la puerta de Ignacio. Estaba en el bloque de pisos de Ignacio. Acababa de cruzar su portal tras casi una hora de trayecto, y era incapaz de reconocerlo. Creía que era el de Ignacio.” Tras éstas últimas palabras, no pudo evitar romper a llorar, y Julius vio como se quebraba la figura de aquél individuo del cual no podía evitar compadecerse.
“Si te preguntase por Caroline, ¿qué es lo primero que se te viene a la cabeza?” le dijo altivo al hombre roto que sollozaba delante suyo. No repitió la pregunta a pesar de la tardanza, ya que sabía que no era el momento ideal. Pero tenía que comprobar algo. El cristal seguía siendo azotado por el granizo invernal. Lo que me faltaba. Juraría que yo solo había pedido que amainase un poco la lluvia. Y encima ahora acompañan a las ácidas gotas las lágrimas de un ignorante.
Sin dejar de llorar, el joven empezó a hablar. “Definitivamente, aquellos enigmáticos ojos, siempre ocultos tras unas gafas de sol oscuras como el más tenebroso de los ocasos. No me he visto con el coraje necesario para quitárselas.” Pobre iluso. La frialdad y arrogancia que ahora caracterizaba a Julius no eran algo de siempre. Su inocencia había derivado de forma natural hacia un mal genio destacable, y la influencia de su tío había hecho el resto. El catalán siguió hablando. “Pero esos ojos no eran para mí. No. Los había usado para describir a Ignacio a la perfección. Ella amaba a otro. Y ese otro ni siquiera existía.” Eso sí que es amor propio, Caroline. Veo que te querías lo suficiente como para no necesitarme.
“No tienes ni idea de lo que dices.” le dijo a Jordi, quedando éste paralizado tras oír las duras palabras. En un instante, el joven catalán se abalanzó sobre él, intentando golpearlo. Para cosas así me sirvió entrenar con el tío Glenn. Con un simple y ágil movimiento, el amigo de lo que había sido Caroline acabó en el suelo, sufriendo un golpe que le provocó una repentina apnea involuntaria. No se lo esperaba. Hasta cierto punto, le daba pena tener que hacer algo así con aquél hombre. Pero nadie tenía permiso para tocarle. Menos aún un desconocido como aquél. Le dio una patada en la espinilla y otra en la cara, rompiéndole la nariz, que comenzó a sangrar a borbotones.
-¡No vuelva a intentar tocarme hijo de puta!-le dijo Julius violentamente.

Contrólate. Pero ya era demasiado tarde. Sin dudarlo ni un momento, Julius fue hacia donde yacía inerte el cuerpo de Caroline, cogió el cadáver, y lo tiró encima de aquél indecoroso llorón. “¡¿Sigues tan enamorado de sus ojos ahora cabrón?! ¡Míralos! ¡Míralos y disfruta una vista única!” Violentamente, Julius cogió el cuerpo de su amada por los pelos y puso aquella desanimada cara a la altura de la suya. Segundos después, las gafas de Caroline estaban en el suelo, rotas, y sus cuencas oculares, vacías, observaban ciegamente al catalán, que rompió en un llanto desesperado y agonizante. “¡¿Ves ahora por qué te llamo ignorante niñato?!¡Espero que hayas tenido suficiente!”. No tenía que hacerlo. Pero sabía que quería, y quedarse con ganas de algo no le convenía. Julius sacó repentinamente una pequeña Colt plateada del 96 y, fugaz, disparó una bala que fue a parar justo entre ceja y ceja del que había sido su compañero de agonías durante la última hora. Al menos así se callará un poco. Podría haberme ahorrado todo este alboroto si no fueses tan estúpido. Sigo sin entender que vio Caroline en ti.

Despertar: (12) Creación/Destrucción

Capítulo 12: Creación/Destrucción

No había sido intencionalmente, pero se pasó la noche pensando en ello. Y, justo antes de caer presa del cansancio que le abrazaba, encontró la solución.

“No me entiendes, Caroline. le dije lo más tranquilamente que podía. Estás a mi merced, podría hacer lo que quisiese contigo. Yo te creé, y yo podría destruirte, ¿pero cómo puedo hacer para decírtelo sin tan fatal final?
Ella no podía aceptarlo, pensar en que aquella persona en la que había confiado, su modelo de seguridad, podía caer. Y era normal que no pudiese; el modelo no caía, simplemente intentaba comunicarle que no era tan firme como creía. Que había fallado. Que la muerte no era algo que pudiese controlar, que escapaba a mi alcance. Que no podía controlar absolutamente todo. Pero yo sabía que en algún momento ella se daría cuenta. Y, para ser sinceros, yo prefería que muriese a que viviese una mentira que se me iba de las manos. Una mentira que ya no podía moldear.
-¿Cómo esperas que entienda algo que ni siquiera me has explicado?” -preguntó ella, nerviosa. - “¿Estás seguro de que estás en tus cabales?”
Claro que estaba en mis cabales. Por primera vez en mucho tiempo era verdaderamente consciente de lo que me envolvía, de lo que me influía y de aquello que podía cambiar. Después de lo que me parecía una eternidad, volvía a ver las cosas como en realidad eran. Acababa de aprender a distinguir la realidad que ansiaba y la que, voluntariamente o no, había creado. Y ello hacía que sacase conclusiones que hubiese preferido desconocer.
Pude observar que se mordía las uñas, igual que había hecho durante su infancia hasta antes de ser abandonada. Desde que nos habíamos reencontrado en Barcelona, era la primera vez que la veía hacerlo. Siempre había pensado que habría perdido la costumbre, pero, como ya he dicho, no podemos controlarlo todo.
-Yo moldeé tu destino a mi gusto, Caroline. Yo escribí, una a una, las delicadas líneas que trazaban el guión de tu vida.”- le dije, algo inseguro.
No sabía muy bien como explicárselo, ¿cómo hace uno para explicarle a alguien a quien ama que nunca ha sido capaz de elegir, que nunca ha sido la dirigente de su vida, que todo lo que le ha pasado era premeditado, tanto para bien como para mal? Me armé de valor, y se lo dije, no sin dudar de mis propias palabras. Pero ella nunca sabría de mi inseguridad; que sabía mentir mejor que nadie seguía siendo una realidad.
-“Ya me conoces de sobra, no solo por esos años que compartimos durante nuestra infancia, sino también por los últimos meses que hemos pasado juntos.”-respiré hondamente antes de seguir- “Mi influencia llega hasta rincones de los cuales yo mismo tengo miedo, y me aterroriza pensar en lo que podría pasar si algún día uno de los pilares que me sujetan se volviese contra mí. Aquél día, cuando te marchaste, fue exactamente lo que hiciste. Derrumbarme. Me dejaste a merced de los cuervos. ¿Y qué hice yo? Enviar a las águilas. Al principio me propuse arruinarte la vida, y vaya si lo conseguí. Pero tras ver hasta dónde había llegado mi desaforada reacción, decidí intentar arreglarlo: envié a Julius, un pequeñajo tan necesitado de tu compañía y protección como tú, más tarde a Ricardo, del cual me vi obligado a deshacerme por tu bien, y su amigo, el cual te trajo aquí para acabar de pagar su deuda, donde nos hemos reencontrado. Absolutamente todo hecho, dirigido y planeado por mí.”
Asustada, Caroline se dirigió de forma atolondrada hacia la puerta y tomó el pomo con una fuerza inhumana. Pude notar como se atrancaba, pero al parecer ella no.
  • “Déjame ir,”-me dijo ella mientras la desesperación desbordaba de sus lacrimosos ojos- “te lo ruego. Es lo último que te pediré. Por favor. Te ruego que me dejes ir, por pena, o por el color de tus ojos. Por lo que sea, pero déjame ir. Por favor.”
Esas fueron las últimas palabras que pronunció Caroline. Fueron las últimas palabras que volví a saber que hubiese dicho. Nunca más supe qué fue de ella; solo noté que, repentinamente, mientras ella se aferraba al pomo, mi existencia desaparecía junto a lo cada vez más distanciados temporalmente y arrítmicos latidos de su corazón. Quizás yo no era más que una imagen sacada de un rincón de su mente que ansiaba un compañero. Mientras desaparecía, caí en una cosa; mis ojos eran lo último que había visto ella, y también lo único en los últimos años.

...

Caroline no sabía por qué le había llamado Ignacio, pero fue sin dudarlo. Nunca le había escuchado temblando tanto a la hora de hablar, hundido en aquella inseguridad, así que estaba segura de que algo malo estaba pasando.
Este tipo de situaciones la ponían de los nervios, más aún cuando surgían tan de repente. Y, para colmo, tenía que tomar el autobús bajo la tormentosa lluvia que bañaba a la ciudad aquellos días, que no podía considerarse precisamente relajante. ¿Quién diría que hace menos de cinco minutos ella estaba cómoda, sentada en el sillón, escuchando uno de los primeros discos de Muse a todo volumen mientras disfrutaba de una buena cerveza? Durante el trayecto se envolvió en las melodías de la banda de hard rock Guns'n'Roses para disfrutar al menos de la compañía de la música y apagar el teléfono, con la intención de evitar desesperados intentos de contacto. El señorito se ponía muy impaciente cuando se le hacía esperar normalmente, así que seguramente no tardaría ni otros cinco minutos en volver a llamarla. Tan solitario, frío y aislado para unas cosas y tan temperamental e inseguro para otras.


Vio como aquella chica ciega volvía a buscar torpemente la cerradura para meter la llave, y salió rápido a abrirle la puerta. “¡Buenos días Caroline! ¿Otra vez por aquí?” saludó simpáticamente. La joven, sin parar de caminar, le dedicó un ademán acompañado de una sonrisa algo forzada, mientras iba con cuidado de no tropezar con los escalones. Corriendo por las escaleras. Éstos jóvenes han perdido el respeto a la calma y la tranquilidad, creen que le ganan tiempo a la vida por ir más rápido. No se dan cuenta que la meta es la misma para todos, sin importar si llegamos antes o después. Aquí no hay premios para el primero. Calmada, como siempre, volvió hacia su casa, a atender a su inválido marido, que yacía paciente en el sofá pidiendo un té caliente. Mientras caminaba podía oír el golpe de los zapatos de la chica perderse en la infinitud de la escalera. Dejando prisas y calmas de lado, hay que estar mal de la cabeza para comprar un octavo piso sin ascensor...


No, no bastaba con el ruido de la tormenta. La señorita necesitaba pasearse con sus zapatitos de lado a lado del edificio. Ella solo intentaba dormir. No era mucho pedir que la señorita dejase de pasearse arriba y abajo. Por momentos llegó a pensar que la pobre era tonta, pero tras un tiempo aparcó la idea para dar por hecho que simplemente tenía muy poca memoria. La mayoría de veces que le decía algo, la joven la miraba como si no la conociese. En cambio, había momentos en que se mostraba de lo más simpática. Quizás tenga alguna enfermedad mental que hace que no reconozca a las personas. Bah, tampoco es algo que me incumba.


Estuvo un muy buen rato tocando la puerta de forma desesperada, pero al final entró, y allí estaba él.
-“Querida...” -saludó él cariñoso, acercándose a ella para abrazarla.
Pero Caroline le rechazó. ¿Por qué lo he hecho? Algo entristecido, se acercó.
-“Algo malo va a pasar cariño... te juro que no es mi intención, pero por primera vez en mucho tiempo algo escapa a mi control.”

¿Qué le pasaba ahora a éste? ¿Qué había hecho? ¿Qué iba a hacer? Caroline no entendía lo que decía Ignacio. No tenía ni pies ni cabeza. Al menos podría haberme recibido con algo para tomar, o acercarme a un asiento. Aunque en su piso me sintiese como en casa, que la ayudasen a sentarse era algo que nuestra invidente compañera agradecía, y más aún si el gesto iba acompañado de los preciosos ojos marrones de su acompañante fijos en los suyos.

Despertar: (11) Desesperación

Capítulo 11: Desesperación

Abrió la puerta apresurada, como alma que lleva el diablo. Eso haría sonar la alarma. Se darían cuenta de que estaba allí. Pero nada cambió. Aquella gente ignoraba el molesto pitido, y ella seguía sola, solo que ahora se encontraba habiendo cruzado una puerta que la llevaba a un lugar que no conocía. Llorando, se dejó devorar por aquellos hambrientos cuervos. Alguien giró la mirada en el momento en que soltó su agónico grito. Para ella, era atención suficiente. Más que aquella ansiada pero nunca recibida.

Despertó sudorosa, angustiada y con el corazón acelerado en exceso. Había vuelto a tener otra de sus horribles pesadillas sin sentido. A pesar de que siempre eran diferentes, no dejaban de compartir entre todas algo en común: ella estaba sola, huía de algo y nadie le hacía caso. Pero había algo más perturbador: sin importar los años que habían pasado, en sus sueños Caroline veía las cosas nítidas, mucho mejor de lo que las recordaba haber visto cuando era joven, antes de perder sus ojos y, con ellos, su vista. Veía calles coloridas, veía edificios llenos de decorados que transmitían una calidez de la cual prácticamente no recordaba haber disfrutado. Y veía a gente.
No eran vagabundos, abusadores o guardias, tampoco eran mercaderes ahogados en joyas o engordados a base de caviar. Eran gente normal, vestidos de forma normal, comportándose de forma normal. Y éso era lo que los hacía extraños. Ella nunca había visto a gente que pudiese ser considerada normal, ya que su vida había sido de dos formas realmente distintas y completamente desligadas, sin puntos medios. Había pasado de vivir en el mundo de los negocios a corretear tal rata por unas calles que con el paso del tiempo y los callos de sus pies había acabado por conocer. Había vivido envuelta de comodidades, sin conocer las calles, siendo los anchos pasillos de su casa lo más parecido a una calle, sin conocer el mundo exterior, todo había ido siempre hacia ella; las amigas con las que jugar, aquellas interminables pilas de libros por leer, manjares que devorar, gente en la que confiar... todo. No es que estuviese especialmente orgullosa de su apellido, aquél que hace tiempo olvidó debido a su inutilidad, pero sabía que su familia había sido una de las que lideraban el comercio europeo durante su auge. Lo que pasó después, con la guerra, fue lo que le hizo cambiar aquella persona que una vez fue para convertirse en Caroline, la dura aunque a veces inocente chica que había sido hasta hace poco.
La vida de Caroline no podía compararse con la de aquella niña caprichosa que se había paseado llorando por los pasillos debido a la pérdida de uno de tantos peluches con los que se encaprichaba. En vez de tender todo a acercarse hacia ella, para Caroline la vida era una constante lucha, una búsqueda sin fin, una misión que parecía sacada de un videojuego en el cual no podías salvar la partida, viéndote obligado mantenerte despierto en todo momento para evitar cualquier fallo, sin derecho a descansos. Desvivirse por conseguir la comida necesaria para aguantar un día, una hora, o un minuto más. Ignorar dolores que superaban todo umbral establecido y por establecer, saber con quién se podía bromear, de qué había que huir, cuando se ganaba algo llorando lágrimas de cocodrilo... y cuando no.
Aún echaba un poco de menos a aquel niño que la acompañó aquella noche. Se había separado de su familia y estaba esperando a que acabase el toque de queda para poder intentar volver a casa. Pero nunca llegó a reencontrarse con su familia. Aún lamentaba no haberlo visto venir. Los había oído, pero no esperaba que esos cuentos fuesen ciertos. La gente no podía ser tan inhumana. “Algunos son humanos aunque no te lo parezcan. Humanos, demasiado humanos.” le había dicho aquel sabio sifilítico alemán con el que compartió callejón dos noches. Por miedo, el ser humano se volvía capaz de todo. Yo me volví capaz de dejar pasar la obviedad, de hacer como si aquello que ya sabía no fuese cierto. Y aquél guardia fue capaz de ahogar al niño antes de llevarlo al montón de cadáveres que ya tenían acumulado.
Fue entonces cuando me di cuenta de que no podía volver a cometer un error. Cuando me di cuenta que tenía que deshacerme de mi humanidad: tenía que perder toda esperanza en mi raza, tenía que perder todo sueño que me hiciese creer que las cosas podían salir mejor de lo que ya sabía que resultaría de ellas.
Aún podía recordar aquella noche. Desde entonces, todo había sido muy diferente. Había conocido a Julius, habían compartido un par de semanas en las que no había vuelto a sentirse sola, se separaron después al encontrarse con Ricardo y su compañero, y tuvieron la suerte de reunirse gracias a la ayuda de esos dos. Lo que aconteció después fue algo que mientras vivía le costó creer. No le parecía real.
Había conseguido alcanzar una estabilidad. Ricardo la guió hasta Barcelona después de dejar a Julius con su tío Glenn. Durante el camino, éste le contó la historia de Ricardo y su familia. Mientras le narraba los acontecimientos, podía distinguir cierta admiración y, al mismo tiempo, un ligero toque de resentimiento, siempre manchados con la pena de haber perdido a un compañero.
Justo entonces, cuando me señaló la puerta y me dijo que a partir de aquél momento me tocaría vivir ahí, me sorprendió aún más de lo que ya lo había hecho con las múltiples conversaciones que habíamos disfrutado durante el trayecto: me abrió la puerta, entró conmigo, y nunca más me abandonó. O al menos eso era lo que pensaba hasta hoy.
Me ayudó a tener una vida normal; volví al colegio, recibí una educación adecuada a mi estatus social, conseguí la nota suficiente para cumplir con los mínimos que exigía la beca que necesitaba para estudiar aquello que siempre había querido y me mantuvo hasta que acabé la carrera.
Soportó mis berrinches, tanto de adolescente pre-púber insoportable como los de mujercita crecida pre-universitaria. Me cuidó, me protegió de todo aquello que era una amenaza para mí. Me devolvió la esperanza, me devolvió la humanidad. Me ayudó a volver a llorar, a volver a reír, a volver a sentir. Hizo que volviese a vivir. Pero hoy, cuando llegué a casa, le encontré muerto.
No soy capaz de decir si se suicidó o si fue una muerte natural. Por su cara, diría que murió feliz. Murió liberado. No fue hasta después de muchos años que me lo confesó; se sentía en deuda conmigo por lo que me había hecho, y se sentía en deuda consigo mismo por no dejar un legado en la historia. Y el hecho de saber que había contribuido a mi educación, a mi crecimiento y a que mi vida fuese mejor le hizo sentirse pleno, hizo que recuperase aquél amor propio que perdió en París.
Pero eso no negaba la dura verdad; feliz o no, había muerto. Me había dejado. Sabía que aquél día llegaría, pero no lo esperaba. Gracias a él ahora era capaz de vivir sola en un piso que no había visto nunca, aunque eso no evitaba que lo conociese como a la palma de mi mano. Le peiné como tantas otra veces había hecho cuando él aún vivía, y mientras lo hacía recordaba sus risas cuando mi falta de visión hacía que acabase metiéndole el peine en el ojo o cuando se miraba al espejo y se daba cuenta del desastre que yo había hecho con su cabellera. Le cerré los ojos, lo maquillé mínimamente y lo apoyé sobre su cama en una posición que dejase claro que se trataba de una gran persona. Entonces me dirigí hacia la puerta para salir. Tenía que ir a declarar su defunción y solicitar que se llevasen su cuerpo al crematorio común. No quería, pero tenía que hacerlo. Dejé de pensar y me dirigí hacia allí.
Pero a medio camino no pude más. Rompí a llorar mientras cruzaba la plaza de Sants, incapaz de soportar el dolor. Sí, había hecho amigos estudiando, pero nadie, a parte de Julius, me había comprendido nunca como lo había hecho él. Y yo ni siquiera sabía su nombre, nunca me lo dijo.
Cuando llegué, noté que un hombre, joven, de mi edad o posiblemente un pelín mayor, me miraba asiduamente. Obviamente, no le veía, pero notaba su mirada en la nuca, la energía que transmitía. Como si nada pasase, me puse en la cola y esperé mi turno. Pero yo seguía sintiendo su mirada en mi nuca, seguía notando su respiración. Cuando llegó mi turno, me preguntaron fríamente la muerte de quien venía a declarar. “Marc Ripoll” dije insegura. Y entonces, aquel hombre que me había estado mirando empezó a moverse hacia mí. Escuché sus pasos, uno a uno, como si fuesen a cámara lenta. Se pararon y noté su respiración a mi lado, noté como se interpuso entre mi cara y la ventanilla, le susurró algo al encargado y me cogió la mano. Me llevó fuera y, tras caminar un buen trecho, empezó a hablarme. “Siento mucho lo de P.J. Era un gran amigo.”

Fui incapaz de responder. No sabía de qué conocía aquél hombre a mi padre adoptivo, y mucho menos sabía por qué lo llamaba P.J. Al parecer entendió mi silencio y retomó sus palabras. “Phill fue siempre un gran amigo, alguien en quien podías confiar para lo que fuese. No sabes lo que siento su pérdida. Me habló muchísimo de ti, siempre y cuando no me equivoque. Eres Caroline, ¿no? Soy Ignacio.”

Monday, 23 March 2015

Despertar: (10) Improvisación

Capítulo 10: Improvisación


Si mantuve nuestra relación fue por puro protocolo y conveniencia, nada más. No me agradezcas haber sido bueno contigo, no lo merezco.

La verdad, me lo inventé sobre la marcha. A pesar de que nunca había tenido ganas de ir, decidí que mi deber era avisar de que tenía tiempo y así organizar el viaje. Todavía no entiendo por qué lo hice. Supongo que, aunque en le momento no tuviese ganas, sabía que una vez allí disfrutaría del momento. O al menos eso creía. Nadie sabía que me iba a presentar allí, dejando de lado a unos pocos elegidos encargados de allanarme el terreno y facilitarme algún que otro encuentro. Iba a ir de incógnito, y los carnavales eran algo que facilitaba en demasía esa incursión. Un trajecito, una máscara, y todo arreglado, nadie sabría quién era. La duda era, ¿a quién atacaría primero?
Posibles víctimas. Aunque lo ideal habría sido barrerlas a todas de un golpe, no era algo fácil, ni tampoco algo del todo posible Además, ni siquiera estaba seguro de si era eso lo que quería. Entre todas posiblemente cubrirían una superficie superior a la hectárea, y recorrerla ágilmente no era algo que mi torpe cuerpo pudiese permitirse. Además, aunque todas necesitasen de ese golpe justiciero, había algunos sujetos que lo requerían con mayor urgencia.
Había intentado ocultar mi rencor hacia su persona, pero en el fondo tenía esa pequeña llama carcomiéndome el alma, haciéndome dudar de mi propia sinceridad. No le había mentido a él al decirle que no le culpaba. Primero me había mentido a mí, me había hecho creer hasta el más mínimo detalle de aquel falso perdón, de aquella falta de ira, de aquella ausencia de desasosiego y violencia desatada. Y una vez que mi ingenuidad me lo había permitido, le hice llegar a él un mensaje que, para mí, era verdadero. Pero en realidad no era más que una mentira. Una muy trabajada, la mentira perfecta. Me había encargado de asimilarla yo mucho antes de poder llevarla a práctica. Y, al final, como si de una sublime obra de arte fruto de la inspiración se tratase, escribí la misiva cargada con el pecaminoso fruto de mi auto-engaño.


Había llegado la noche. No era un trabajo difícil: solo tenía que acercarse a él, matarle, y huir. No sería la primera vez que hiciese algo parecido, aunque sí la primera en la que no daría la cara antes de acabar con alguien. Eso le apenaba. Que su víctima no supiese que era él quien lo mataba. Pero no quedaba otra forma de actuar, el sigilo y el secretismo no eran una opción de la cual podía prescindir.
Había deshechado la idea de encargarse de alguien más, ya que disminuiría sus posibilidades de fuga. Además, a una persona se la podía matar sin que nadie se diese cuenta en una fiesta. Deshacerse de más ya lo convertiría en una carnicería pública. Tenía que hacerlo rápida y disimuladamente. No había marcha atrás: había demostrado que ya no podría aprovecharse más de aquella relación, y tenía que cortar con ella antes de que se convirtiese en parasitaria. Aún así, seguía doliéndole tener que hacerlo.




Bajo la luz de la luna, sus ojos brillaban todavía más, y él era capaz de ver dentro de ellos la razón por la que se había enamorado de esa mujer. No le había costado nada dejarlo todo atrás, e incluso podría haberlo hecho mucho más drásticamente si ella se lo hubiese pedido. Era junto a aquella sonrisa que siempre se había encontrado su hogar, dónde ardía la llama que noche tras noche le abrigaba, protegiéndole de los miedos que siempre lo habían envuelto, que siempre habían estado ahí para recordarle lo débil que era. Había sido. Ya no era débil, no con esa cálida y eterna sonrisa pendiente de él.
Sin dejar de bailar, bajó la mirada hasta encontrarse otra vez con esos ojos que lo llamaban, que hacían de cebo para retenerlo cautivo de una mirada que lo vaciaba, provocando a la vez una inmensurable paz interna y una desmedida revolución sentimental. Esa mirada era todo lo que necesitaba para vivir. Esos ojos, la sonrisa que los acompañaba, aquella pequeña y respingona nariz, y esos rizos que caían, alborotados, como si de un caos dentro del orden se tratase, por los lados tapando aquellas preciosas orejas adornadas con unos simples pero bellos pendientes de plata. En su cabeza no cabía la idea de que esa situación acabase en algún momento. “Nada es para siempre.” le susurró una voz familiar.
Todo empezó a volverse oscuro, la sonrisa y el cantar de su amada, cuya belleza había desaparecido para dar paso a la abominación en la que convierte a una persona el miedo y el terror a perder a alguien, se convirtieron en agónicos chillidos, mientras sus ojos, como esquirlas de un cristal recién roto, se clavaban en su yo interior invadiendo su alma, llenándola de desesperación y dolor como nunca antes lo había hecho ninguna otra persona. Aquella cálida hoguera que segundos atrás había abrigado a su alma del frío nocturno ahora se apagaba repentinamente. Porque solo habían pasado unos segundos, ¿no? ¿o eran ya horas? El tiempo se le hacía eterno, cada minuto duraba lo que una vida en esa agonía. Por suerte, llegó a encontrar cierta comodidad en el frío que le inundaba, así que decidió cerrar los ojos, y esperar a volver a despertarse en su lecho junto a su querida.


Nadie se había dado cuenta de lo que sucedía, ni siquiera la víctima. Todos estaban demasiado absortos en el festejo como para pensar que algo podía salir mal aquella noche. Carnavales. Ni que se tratase de Venecia. Aquella constante esperanza humana de que toda iba a seguir siendo igual, a pesar de que la vida siempre demostraba que era en el cambio constante dónde se encontraba el equilibrio, era lo que otra vez le había facilitado el trabajo. Tendría que volver a agradecer que la pasividad de la vida humana había hecho que perdiese aquella constante atención que le pone todo ser vivo a mantener su existencia.
Pero él no era uno de esos casos. Las circunstancias de la vida habían obligado a Ricardo a mantenerse al tanto de lo que le rodeaba, y él se había encargado de llevar sus capacidades de supervivencia hasta cotas inimaginables para alguien de su condición: de alta cuna, se suponía que tenía la vida arreglada para siempre. Pero como tercer hijo siempre supo que tenía las de perder, no solo en la herencia de bienes materiales, sino como imagen dada y portador de títulos en sí. De poco servía ser el tercero en el orden de herencia al trono español. Aunque, si lo pensamos bien, ser el mismísimo heredero del trono tampoco aseguraba nada.
Al final la caída de su familia no le había venido tan mal. Posiblemente estaría viviendo mejor. Al ser el tercer hijo, era el único preparado para enfrentarse al mundo exterior. El resto se habían dejado estar, dando por hecho que uno sería rey y el otro su mano derecha. Siempre dejándome de lado. Solo dudaste al final, Martín. Aún recordaba cómo su hermano había intentado pedirle ayuda. Tras años dejándole de lado “por no entrar en los planes reales” aquél bocazas había acabado por necesitarle. La familia es la familia, decía. Era muy fácil pedir ayuda cuando nunca te habías preocupado en saber si te la darían, porque ya presuponías que harían lo que pidieses por servir. Pero entre pedir y obtener hay un largo trecho a recorrer.


Están detrás de mí hermano.” le dijo preocupantemente aterrorizado. “Creo que lo sucedido con Juan Carlos no fue un accidente. Y yo seré el siguiente.” Por dentro, Ricardo se reía. Era él el que estaba acabando con su propia familia poco a poco, uno a uno, miembro a miembro, corona por corona. Y al mismo tiempo asegurándose un lugar en el mundo que se les iba a venir encima. Lo encontraba realmente divertido. Él, siempre dejado de lado, mirado con desdén como si sobrase, era ahora el que movía los hilos, el que mandaba. Y aquel tal Glenny le había dado la oportunidad. Nunca diré que el dinero da la felicidad... pero la compra. Nadie esperaba que pasase nada, pero aún así se tomó las precauciones necesarias para una situación de extrema vigilancia. Y la jugada le había salido bien. Los medios estaban seguros de que todo había sido un accidente, o al menos eso le hacían creer a la gente de a pie. Iba siendo hora de que alguien reconociese su trabajo, aunque no se lo atribuyesen a él. Le había salido realmente caro, mucho más de lo que le habría costado un sicario para la situación. Pero valió la pena. Pocas veces había disfrutado tanto como en el momento en el que vio a su hermano ahogarse. La gente había creído que cuando el yate de su hermano se hundió él intentó ayudarlo aunque no hubiese nada que hacer. Nada más lejos de la realidad. Invitó a su hermano a su pequeño navío y, disfrutando de una caipirinha observando la infinitud del ancho mar solo manchada por la presencia del Jinete de Gibraltar de su hermano. De repente, Ricardo chasqueó los dedos, y la risueña expresión de su hermano se tranformó completamente. Desesperación, desprecio, ira... solo por haber sido testigo de su falta de autoridad. No era necesario hacerle sufrir más, así que cuando cayó presa del somnífero que había puesto en su bebido lo metió en una bolsa y, cuidadosamente, se encargó de envolver el cuerpo en cadenas y facilitarle el acceso al fondo del mar. Pero antes de lanzarlo, se encargó de despertarlo. Entonces supo quién había mandado siempre. “Buenas noches hermano, decido convertirte en el heredero de Poseidón, te toca reinar los mares. Aunque en silencio, por favor.” le dijo, antes de tirarlo personalmente. La expresión facial de su hermano había sido un goce. Nunca había disfrutado tanto haciendo algo: ahora sabía que nada daba tanto placer como ser fuente de tal terror irracional.


Por ponerse a pensar en cosas sucedidas tiempo atrás se olvidó de la situación actual, y chocó con un desconocido. Casi caigo. Giró alternando como siempre hacía para dejar atrás a un perseguidor: cada dos calles una a la derecha, una recta, dos a la izquierda y repetir a la inversa; si a la cuarta no le había perdido, tres giros aleatorios y volver a empezar con el ciclo.
A pesar de los nervios provocados por la sorpresa que era el que lo hubiesen cogido desprevenido, no necesitó más que cumplir el recorrido planteado una única vez para perder. Quizás ni siquiera le perseguía, pero no era una riesgo que estuviese dispuesto a correr. Debería haber estado más atento. Pero no era algo que pudiese cambiar ahora. Posiblemente, aquella persona con la que había chocado iría lo suficientemente borracha como para ni siquiera ser capaz de recordarle al día siguiente.
Aunque retrasado por aquellos inútiles giros que había hecho para dejar de lado a aquél posible perseguidor, llegó a su escondite. En obras desde que sabía de su existencia, la casa llevaba tiempo abandonada, así que la había convertido en su madriguera. Éstos duros tiempos habrán ralentizado las reformas. Abrió el gran portón chirriante y entró disimuladamente, como si hubiese alguien pendiente de quién pudiese estar entrando y él no quisiese ser descubierto. A éstas horas todos duermen, o, incluso mejor, están disfrutando de la fiesta.
Una vez dentro se desvistió, dejando los restos del disfraz, algo rasgados por algún que otro contratiempo en la calle e inundados en el olor a humo y whisky tan característicos de la festividad, junto a aquél cúmulo de vestimentas ridículas que había encontrado en la casa. ¿Por qué guardar tanta basura? Y encima dedicarle toda una habitación... Pero él no era nadie para juzgar a alguien por su locura. Ella fue mi perdición, y acabará por volverlo a ser incluso después de haber desaparecido. Aunque le dolía reconocerlo, la echaba de menos constantemente. Para no sentirse débil, había preferido tapar ese amor con odio y resentimiento. Es más fácil cargar con tal peso si lo hago así.

Recorrió el amplio y vacío salón con una calma que no parecía propia. Hacía mucho que no se sentía tan realizado, que no disfrutaba de tal paz interior. Quizás yo no nací para amar. Quizás nací para segar vidas. Tampoco le parecía tan descabellada la idea. Si nos paramos a pensar, miles de millones de personas, prácticamente todas, estaban dotadas con el milagroso don de poder crear vida. Viendo que él no era uno de ellos, ¿no debía concedérsele algo a cambio? Si Dios me creó incapaz de crear vida, por algo sería. Quizás se cansó de tanto diluvio y apocalipsis, y decidió usarme a mí para limpiar ésto de pecadores. Se acercó a la nevera que había en aquella cocina a media y sacó la botella de vodka que había guardado justo antes de salir a trabajar. Mi jefe es un cabrón, y lo único que puedo hacer es brindar en su nombre. Cogió un vaso y abrió la botella. Pero no vertió nada. ¿Por qué usar el vaso? No lo necesitaba. Al igual que nunca había necesitado realmente a su hermano. Cogió el vaso y lo lanzó hacia aquél jardín trasero, dónde se estrelló contra la puerta del baño, haciéndose añicos. ¿A quién se le ocurre poner el baño fuera? Ni que estuviésemos en la edad media. Sin darse cuenta, había dejado la botella sobre aquella mesa en la cocina. La tomó bruscamente por el cuello, como si la ahorcase, imaginando que era ella. Entonces, cogió la botella, la chocó ligeramente contra la ventana, simulando un brindis, y gritó. “¡Brindo por ti Dios! ¡Eres un cabrón con suerte!”. A los pocos segundos, la botella estaba vacía. Y, una vez vacía, de poco servía, así que Ricardo se encargó de hacer que compartiese el destino de aquel pobre vaso.

Despertar: (9) Ritual

Capítulo 9: Ritual


And then, the sun broke into an explosion that no one would ever forget. Because you can't forget something you have not survived to.


     Había madrugado aquel día con la intención de prepararse para el ritual. Cada vez, más seguidores se unían a su causa (más de uno, desconocedor de los ritos de el portador de luz, sin querer) y le ayudaban a aunar fuerzas. Si su éxito seguía aumentando a este paso, no cabía duda de que su misión podría verse cumplida mucho antes de lo esperado. O me miran como a un idiota o como a un farsante. Los pocos que me toman en serio saben que no les conviene seguirme. 

    Hellborn fue un éxito casi inmediato. En cuanto tuvieron preparada su primera maqueta se lanzaron al estrellato, y sin que hubiesen pasado más de dos meses desde el final de la grabación de aquella ya estaban discutiendo contratos con un buen puñado de discográficas de prestigio. No sé como no se me ocurrió antes tirar de hobbies para llevar acabo mi meta. Más aún cuando la música es el único lenguaje universal, el único que todos se esforzarían por entender, la única forma de llegar a cada rincón del mundo, sin importar qué tan lejos esté.
    La publicación de su primer álbum de estudio (titulado Born to be evil) no tardó en escalar las listas de ventas, y lo que empezó como la fervorosa pasión de una enorme comunidad de fans acabó por convertirse en el ente sectario que conformaba ahora a los hellbuilders, nombre que se habían otorgado a sí mismos los aficionados no solo a su música, sino a sus costumbres, forma de vestir y rasgos culturales. Es innegable que la calidad de los fieles no es la misma que tendrían si éstos naciesen del verdadero respeto hacia el señor, pero aún así había conseguido que una religión anteriormente disgregada, que perdía creyentes día a día y tachada de criminal por la ignorante plebe que poblaba el mundo fuese ahora una más entre el montón, cada día creciente ante la desesperación de la gente.
    Porque eso era algo que otorgaba la religión a los ignorantes; calma, seguridad. Era una certeza (sin base alguna para ellos, pero “tenían fe”, “confiaban”) que les aseguraba un mañana, que les hacía creer que había alguien allá arriba o allá abajo, o en las montañas o dónde fuese, alguien realmente poderoso con unas cualidades inimitables, que no les olvidase, que les recordase y les tuviese siempre en cuenta. Que se fijase en como se comportasen, que les juzgase, que señalase si lo que hacían era bueno o mal. Porque todos necesitamos importarle a algo, y es en los momentos de debilidad, cuando más solos nos encontramos, cuando la religión se nos muestra como una clara vía de escape.
  Así que, aunque casi hubiesen hundido a la grandiosa Bretaña en la miseria, Jeremiah tenía algo que agradecerle a los germanos, ya que éstos eran los que habían facilitado su ascenso. Cuando todo cambia, lo que se mantiene solo tiene dos opciones; o se mantiene firme y se convierte en el pequeño resquicio de pasado que le queda a unos pocos locos que sueñan con la inmortalidad de tal entidad, que ansían la eternidad de aquel pequeño enlace a un tiempo que estuvieron mejor, o muere al estar ligada a aquél pasado que ya se da por perdido. Mientras, los que, como él, habían intentado alzar algo relativamente nuevo, algo novedoso para las masas, que tenían los ojos cerrados ante tal creencia y por lo tanto no lo conocían, se habían encontrado con una marea a su favor. Era importante controlar el tiempo; los que se habían abalanzado y alzado justo durante los primeros momentos de catástrofe habían sido relacionados con éste; oportunistas, cazadores de almas en pena, seres que no querían más que sacar provecho. Pero nuestro estimado músico supo verlo venir.
   Meses habían pasado ya desde lo que los británicos llamaban the hatchings (“las eclosiones”) cuando Hellborn se alzó entre la decaída industria musical para presentar su concepción de realidad, su idea de como el mundo debía ser. No importaba si la gente les seguía por tomarse su postura desde un punto de vista cómico, o si se lo tomaban en serio; lo verdaderamente importante era que ellos eran ahora el opio del pueblo, una religión que se mostraba como una luz al final del túnel para los más desesperados, una segunda oportunidad para aquellos que habían visto desatendidas sus plegarias, o un claro signo de rebeldía para aquellos que no querían mantenerse sobre la línea impuesta.
   Como ya hemos dicho, Jeremiah había madrugado con razón; serían los cabezas de cartel en el festival del día de Saint Germain, y semejante acto debía ser preparado. Miró al sol, que empezaba a ser distinguible en el horizonte. Pronto sonaría la señal que daba la orden de retirada a la guardia nocturna, y las calles volverían a estar llenas de vida. Respìró hondo y se metió en el baño, pensando en lo poco que le gustaba Francia; su padre siempre le había hablado mal de los franceses, así que posiblemente la raíz de tal sentimiento fuesen sus palabras. Siempre recordaría como su padre se reía, señalando que era unos sucios, unos brutos, capaces “de bañarse en perfume con tal de no visitar la ducha”. Entonces, siempre acababa preguntando a qué olían los excrementos si uno los perfumaba. Y sin importar lo que yo respondiese, siempre saltaba él, como si fuese un descubrimiento recién hecho, gritando “¡A mierda perfumada!”. “La mierda nunca deja de oler a mierda.” me decía.
En realidad, él no estaba tan seguro de que las palabras de su padre fuesen ciertas; pero las calles de la nueva París no eran algo atractivo, sino más bien todo lo contrario. ¿Para qué iba a perder el tiempo paseándose por ahí?
   Era mejor disfrutar de una caliente ducha, cortesía del estado que les concedía tal lujo a los artistas contratados, acompañada por un desayuno digno de un conde y un trato pocas veces visto, todo en su lujoso hotel.


    Había llegado el momento. Hellborn saltó al escenario justo a tiempo para escuchar el discurso de un francés enloquecido. Vida y muerte, dos cosas tan cercanas y tan lejanas. Jeremiah encontró divertidas las señas que le hacían los organizadores de que anulasen todo concierto previsto para el momento.

-Ni se os ocurra apagar algo... -gritó Jeremiah, justo antes de recoger la guitarra. Fue entonces cuando se oyó la explosión, que se encargó de acompañar de un preciso acorde.-¡Esto acaba de empezar!

   Podía notar el nerviosismo en los ojos de los organizadores. Por suerte, Hellborn contaba con sus propios técnicos para absolutamente todo. No dejaban nada en manos de desconocidos e infieles, así que nada impidió que la explosión diese inicio a un concierto que ningún asistente, por joven que fuese, olvidaría jamás.
   “Es una señal, es nuestra noche.” pensó Jeremiah. Y no se equivocaba. Algunos dicen que aquél mítico concierto duró tres días. Los más exagerados dicen que su duración no bajó de la semana. Para Mathieu no duró ni la mitad del primer acorde. Pero si tenemos que ser exactos, duró trece horas. Trece interminables horas de música ininterrumpida, llenas tanto de los temas más populares de la banda como clásicos históricos como City of Evil de Avenged Sevenfold y Highway to Hell de AC/DC.
    ¿Qué fue de nuestros artistas? Obviamente, el sueño de Jeremiah no se cumplió. El día que la cantidad exacta de personas que él sabía que darían pie al nuevo amanecer que esperaba cantaron Ritual junto a él, no pasó absolutamente nada a nivel mundial. Pero ganó algo mucho mejor; el orgullo de haber hecho, aunque fuese de forma inconsciente, algo bueno. Había conseguido unir a miles de personas bajo el abrigo de algo que no hacía más que beneficiarlas. Les había dado una vía de escape, aunque fuese durante poco tiempo, liberándolos de la dura realidad que vivían. Se había ganado su respeto, y vivió orgulloso de ello lo poco que duró su vida. A los cuarenta y siete años, celebrando el vigésimo aniversario de aquél mítico concierto en el festival de Saint Germain, un terrorista se encargó de decorar su versión de Bring Your Own Bombs de System of a Down con unos explosivos bastante realistas. Lo suficiente como para acabar con toda la banda y algunos de los asistentes al concierto. Pero esa es una historia que abarca un periodo de tiempo que no tengo interés en cubrir.

Sunday, 15 March 2015

Despertar: (8) Atentando

Capítulo 8: Atentando


Qué estaba bien, qué estaba mal. ¿Importa eso? ¿De verdad el fin justifica los medios? Eso espero...

Aunque hasta hace un momento le ahogaban los nervios, pocas veces Mathieu se había sentido más sereno. Era su turno de guardia, y sus compañeros, normalmente algo antipáticos, hoy estaban bastante más amigables. La causa de aquél cambio era, con total seguridad, las festividades de la zona reconstruida de la ciudad. Y el alcohol. Un buen trago puede hacer que el mayor de los idiotas se vuelva alguien entretenido y digno de conversación.
Las obras de reconstrucción se iniciaron con la intención de devolver parte de la inmensa belleza que había caracterizado a la capital francesa durante la época previa a lo que algunos se atrevían a llamar guerra, aunque no había sido más que una serie de atentados masivos que sirvieron en bandeja una conquista masiva. La primera obra acabado fue el palacio de Saint Germain, residencia del gobernador, y cuya inauguración se anunció por todo lo alto con festines inimaginables para el momento, un pronunciado jolgorio exaltado por unos músicos inimitables y shows cuyo mero recuerdo aún ayudaba a la gente a olvidar el penoso momento que pasaban. Desde entonces, anualmente se celebraban festivales y espectáculos, junto a incontables banquetes y demás actos populares en lo que había acabado por ser conocido como el día de Saint Germain, a pesar de no tener relación alguna con la religión.
Con su petaca llena de un cargado licor y embutido en sus ropas de trabajo, Mathieu fue en busca de su compañero de guardia, un sordomudo alemán de aguda vista.
Al encontrarse, Otto recibió a Mathieu con un cálido saludo. Tan cálido como puedan ser un par de movimientos raros de manos... Los meses de trabajo que llevaba con su no tan estimado compañero le habían servido para aprender aquel curioso lenguaje, cosa que posiblemente fuese la única que agradecía haber aprendido desde que entró en el cuerpo de vigilantes.
Aunque amigable por momentos, Otto no era muy parlanchín. Era un hombre de pocas palabras, aún incluso para un sordomudo, así que por suerte no tendría que soportar quejas sobre el no poder disfrutar de las fiestas.
Tras casi dos horas de silenciosa observación, Mathieu le hizo señas a Otto para comunicarle que se tomaba un corto descanso, que estaría pronto de vuelta. Volveré cuando me lo pidas a voces.
En épocas como aquella se seguía la filosofía que dictaba que aquello que tiene un muro alrededor no necesita más protección, ya que si nada puede acercarse, nada podía tocarlo. Nosotros somos ese muro. Mathieu lo encontraba bastante divertido: el hecho de que se tomasen tan pocas precauciones en lugares con tanto armamento, más aún teniendo en cuenta el desarrollo de los acontecimientos de las últimas décadas.
Siendo él el encargado, entrar en el almacén y cargarse con lo necesario no le fue complicado. Además, se encargó de colocar cargas dentro del mismo recinto, para asegurar su futura inexistencia, para limpiar aquél lugar de todo posible de método de profanación hacia la vida. No quedará ni un arma en París después de esto.
Estratégicamente repartió cargas explosivas alrededor de la estructura para hacerla colapsar, para tirarla abajo. Yo estudié arquitectura para diseñar cosas así, no destruirlas. Y aún así aquí acabé. Le costaba creer que le fuese todo tan fácil, siendo Mathieu alguien tan inseguro. El alcohol es la clave.
Una vez que estuvo seguro de haber colocado todo en su sitio decidió dirigirse hacia la pequeña capilla que había cercana al recinto. Necesitaba pedir perdón por lo que iba a hacer.


La hermana Constance llevaba un ya un buen rato rezando cuando aquél hombre entró. Cargado de culpa, apenado. Constance siempre había sido muy empática, era uno de los regalos que el señor le había hecho. Y la gente que se pasaba por allí siempre acababa agradecida por ello, aunque no siempre se lo dijesen. Aún así, Constance no dejó de rezar. No debo interrumpir el rosario.
Desde la muerte de su madre durante los años de la violenta transición rezaba un rosario al día para pedirle al señor que cuidase de su madre y a la Virgen para que la ayudase a ser más fuerte y soportar tan dura pérdida (que obviamente aún no había superado).
Aún así, concentrada como estaba en rezar, notó como aquél hombre se arrodillaba ante el altar junto a ella y cumplía con su cometido. Le vio marcharse, tan silencioso como entró.


¿Estaba tomando la decisión correcta? Le había pedido consejo a Dios a pesar de no ser creyente. No sabía qué hacer. Día a día tomamos miles de decisiones, sin saber nunca cual será su resultado de una forma completamente segura. La decisión que había tomado seguramente provocaría miles de muertes. No era una certeza, sino una seguridad estadística que no se acercaba ni de mucho al cien por cien. Si hubiese que dar una cifra, diría que había un noventa y nueve coma setecientos noventa y dos por ciento de posibilidades de que las consecuencias de lo que estaba a punto de hacer fuesen realmente catastróficas. Pero, aún así, eso dejaba otra infinitud de posibles desenlaces; ninguno de ellos seguro, solo probable.
Y aún estaba a tiempo de retractarse. Pero esa era una decisión que no estaba seguro de si podría tomar a tiempo. Quizás tenía que convencerse de que no debía hacerlo. Quizás el trabajo mental que era haber planeado algo así, pensar en las consecuencias, en el sufrimiento que provocaría. No. Tengo un objetivo claro. Tengo que enseñarles la fragilidad de la vida, la falta de certeza del futuro.
Con ese pensamiento acabó por decidirse a hacerlo. Ya estaba todo preparado, así que se dirigió hacia la plaza. A paso lento, sin intención alguna de apurarse, sin sentir la imperiosa necesidad de llegar antes. Porque, aunque le costase reconocerlo, aunque le costase decírselo a sí mismo, en secreto, no era capaz de hacerlo. Era un idiota, un ser frágil, carente de iniciativa; tal idea nunca podía ser suya, y si lo era él nunca podría ser capaz de llevarla a cabo.
Y, sin darse cuenta, de forma repentina para él, llegó a la plaza. No tenía sentido; acababa de salir y ya estaba llegando. Todo sucedía demasiado rápido. Seguramente eran los nervios, todo era culpa de los nervios, de esos malditos nervios que le invadían siempre que intentaba hacer algo suyo, algo propio, algo que no era debido a la petición de otra persona. Tras vacilar un poco, subió al escenario donde hasta hace poco había estado dando un concierto una prestigiosa banda de rock satánico y se puso a hablar.
-Me presento hoy ante ustedes para explicarles algo que necesito que sepan, -dijo altivamente mientras se habría el chaleco y mostraba los explosivos que llevaba- algo que es necesario que escuchen. No se les ocurra intentar evitar que mi mensaje se difunda, o haré volar este lugar por los aires. Simplemente escuchen y nadie saldrá herido.-mintió Mathieu. Ahí está la cosa; ahora ellos dan por sentado que vivirán solo porque yo se lo he dicho. Mathieu tomó aire antes de seguir. -Día a día damos por seguras muchas cosas; que al ir al colegio nos reñirán por no hacer los deberes, que por ir a trabajar nos pagarán, que al mirar para cruzar la calle no nos atropellarán o que al subir a un avión llegaremos al destino por el cual pagamos. ¿Y en qué nos basamos? En estadísticas, en números, -Mathieu se aclara la voz y escupe antes de seguir-en que normalmente así es como van las cosas. Comúnmente, si queremos hablar con corrección. ¿Qué les hace pensar que estarán vivos mañana? ¿Qué les hace pensar que su marido no estará mañana con otra? ¿Qué les impide pensar en su hija como la próxima víctima de violación en el pueblo? La estadística, el hecho de que anteriormente nunca se ha dado. Pero piensen que forman parte de un colectivo; la estadística está a favor suyo si la usan mal, pero si la aplican como toca verán que lo tienen jodido. Miles de personas sufren esa suerte día a día. Ahora mismo, mientras yo hablo, seguro que hay alguien viviendo tal situación. Y ese alguien también pensaba que no le podía pasar. Que era imposible. Que era... estadísticamente improbable. Ese es su error.-levanta el interruptor con la mano derecha mientras con la izquierda se lleva el micrófono, y baja para encontrarse con la multitud, que intenta alejarse de él-Y ahora lo pagarán caro. Confiaron en que vivirían solo porque yo lo dije. Pero hoy en día, las armas permiten cambiar eso en cuestión de segundos. Cruzar la fina línea entre la vida y la muerte, aquella que le parece tan gruesa a tantos de vosotros. Ahora, me encargaré de que muchos de ustedes la crucen.
Entonces se sintió la enorme explosión. El cielo se tiñó de un color poco común aquella noche en que la armería desapareció en una explosión que nadie será capaz de olvidar.
Permítanme explicarles en un momento lo que pasó; Mathieu tomó la decisión equivocada. No me malinterpreten, no me refiero a la elección moral o ética, sino a la elección de explosivos. Los concentrados, que prefería para la estructura, para derribarla y deshacerse con ella de las armas que tanto le habían atormentado desde la primera vida que había quitado (la de Ricardo, con quien más tarde nos reencontraremos por si les interesa saberlo), pero se equivocó y usó unos mucho más potentes que derruyeron el edificio y todo su alrededor. Mientras tanto, los explosivos que llevaba encima solo lo mataron a él.

Las pocas personas que salieron heridas aquella noche de la plaza no tenían más que unas leves quemaduras. El problema más grave según una madre de familia numerosa era “que la pequeña no había dejado de llorar y debido a ello no había podido escuchar el emotivo discurso”. En el recuento de víctimas de aquella noche figuran siete personas, y seis de ellas no estaban en la plaza. La hermana Constance, muerta en la iglesia debido a la devastadora explosión, nuestro querido sordomudo Otto, que estaba demasiado cerca de la explosión como para poder evitar su fatal desenlace, nuestro ya conocido Mathieu y otros cuatro que no conocemos y tampoco nos importan.

Despertar: (7) Pérdida

Capítulo 7: Pérdida


Me vigilaban. No necesitaba comprobarlo, estaba seguro de que me vigilaban. Lo notaba en la nuca a pesar de estar tumbado en la cama. Todo me observaba en mi oscura habitación. No podía asegurar quién ni qué lo hacía, simplemente me sabía observado. Que nadie me malinterprete, que lo digo muy claro. No sentía que me observasen, ni dudaba si me estaban espiando. Era totalmente consciente de que fuese quién fuese el supervisor de mi situación, era capaz de conocer hasta mi más profundo pensamiento. ¿Por qué jugaba así conmigo?

De repente, el niño escupió, sin miramiento alguno, una dura sentencia. “¿Sabes mamá? Creo que lo mejor sería que papá se muriese antes que tú.” Las palabras entraron a la fuerza por la mente de la madre, que intentaba asimilar los vocablos recién liberados por la supuestamente infantil mente de su hijo. “No me malinterpretes, no le deseo ningún mal. De hecho, lo mejor para él sería eso. ¿No estás de acuerdo conmigo?” La frialdad de su hijo se le contagió, pero de otra manera, helándola, dejándola incapaz de responder ante las atrocidades que vomitaba el niño que antaño había creído que era su inocente retoño. “Es que a él no me lo imagino capaz de superar tu pérdida. Seguramente acabaría cómo el abuelo, cómo un lobo sin manada perdido en un territorio que no es el suyo, incapaz de alimentarse como todos mientras piensa que lo que hace es completamente normal, a pesar de ser él algo fuera de lugar. En cambio, tu eres más fuerte, a ti te imagino sobrellevando la carga, luchando impasible contra viento y marea, ocultando siempre tus debilidades a la hora de dar la cara, pero capaz de confesar tus penas cuando correspondiese. Y todo esto, sin que tus nietos notasen absolutamente nada. Estoy seguro que crecerían con la imagen estereotípica de abuela que te sobrealimenta, que te achucha sin parar y que no deja de coronarte como rey de una u otra cosa, como la abuela a la que confesarle las penas pero también las alegrías, las primeras aventuras amorosas así cómo sus primeros fracasos, tal y cómo hice y haré yo mientras crezca. ¿Me entiendes mami?” Incapaz de contestar, se calmó, al ver por dónde iban los tiros de su hijo. Aunque le perturbaba la frialdad con la que hablaba de algo tan fatal e imprevisible, no podía negar que tenía parte de razón. O al menos eso era lo que ella creía. “Sí, hijo, sí. Pero no has acabado. Sigue.”. El joven no esperaba esa respuesta, cosa que le chocó, pero no tardó en retomar el tono serio que le había caracterizado durante el discurso para continuar explicándose. “Al contrario que tú, la imagen de papá sería una mucho más melancólica. Si tuviésemos suerte, lamentaría tu pérdida con baladas de guitarra, y escuchar su canto desafinado sería el mayor de nuestros problemas. Podría seguir disfrutando de su comida llena de todas las especias que nunca me han gustado, de sus desvaríos económicos y rígidas opiniones nunca cambiantes, pero eso sería en el mejor de los casos. Por desgracia, lo que espero de él es una imagen más parecida a la del abuelo. Metido en su mundo, leyendo, se aislaría de todo y todos, intentando hacernos ver al resto, cada cierto tiempo, que está bien, sin siquiera saberlo él con certeza. Haciendo cómo que disfruta de su whisky favorito en el salón, mientras lo que en realidad hace es recordarte, en todo tu esplendor, aquél que luciste, luces y lucirás hasta el fin de tus días. Por eso tengo miedo, por él, por nosotros. Me da pena que pueda acabar así.” Las palabras de su hijo, aunque lógicas, seguían siendo demasiado duras para ella. No podía soportar más un discurso semejante. “Hijo, por favor...” murmuró ella taciturna. “Tranquila mamá, ya me voy. Sólo quería pedirte una última cosa.” dijo, con la misma voz inocente que le había caracterizado desde el día de su nacimiento, una voz que difería radicalmente de la que le había estado hablando durante ese momento. Triste, la madre asintió. “Claro Julius, ¿qué quieres?”. Dudando un momento antes de hablar, su hijo necesitó de unos segundos para preparar mentalmente la pregunta. “Te pido que por favor sobrevivas a papá. Te lo ruego, te lo pido por favor. Por él.”

Aunque no de la forma más efectiva ni tampoco tan enteramente cómo él había esperado, su madre había cumplido aquella promesa que había hecho aquella extraña tarde. En el momento en que el asalto a su hogar se inició, ella corrió de forma intuitiva hacia dónde él se encontraba, para luego esconderlo en un lugar de la casa cuya existencia el siempre había desconocido, ordenándole que no saliese de ahí hasta que no tuviese qué comer o beber, sin importar quién o qué se lo pidiese. Fue en ese momento cuando Julius se dio cuenta de que todo iba a cambiar. Su madre nunca daba órdenes. Podía pedir las cosas más o menos simpáticamente, podía sugerirlas con más ahínco de lo normal, pero nunca daba órdenes. Para cuando su madre acabó de escupir esas últimas palabras, los asesinos ya habían vaciado la cabeza de su padre mediante una precisa bala que limpió esa la soñadora cabeza de tan ilusa persona de toda emoción restante. Les había faltado la valentía de matarle honradamente, dando la cara, ya que el proyectil que disipó la esencia de su padre había salido disparado del arma de un francotirador posado en las lejanías, del cual él nunca sabría nada, sin importar si salía vivo o no de ésta.. La suerte de su madre no difirió de la de su padre. De hecho, ni siquiera parecía que ella hubiese querido evitar tal destino. Ni tan siquiera se lo planteó. Tras cumplir la promesa hecha años atrás y poner a salvo a su hijo, corrió, sin intentar ocultarse, sin intentar defenderse, sin el más mínimo cuidado. Contando fríamente cada uno de los pasos que daba su madre, el ruido que provocaba el golpear de sus zapatos contra el parqué, supuso que había decidido dirigirse hacia el lugar donde yacían inertes los restos de lo que había sido su padre para acompañarle en lo que fuese que pudiese haber más allá de la vida y la muerte, para evitarle esa agónica existencia de lobo estepario. Fue así cómo, sumida en la tranquilidad e impasibilidad que siempre la habían caracterizado, armada con su siempre falsa sonrisa y un corazón maltrecho antaño lleno de falsas esperanzas, fue abatida por uno de los muchos cazadores que, expectantes, esperaban a que ella, su presa, se apareciese en su campo de visión.
En el fondo, se dio cuenta de que todo seguía igual. Visto desde el punto de vista obvio, estaba claro que algo había cambiado. Llevaba tres días comiendo a oscuras, sin ser capaz de percibir nada que no fuera el fuerte olor de su orina bañando el suelo junto a las defecaciones que se pudrían junto al paso del tiempo en una lata ahora vacía de conservas. Llevaba tres días solo, absolutamente solo, sin disfrutar ni sufrir la compañía de ningún otro ser, ni siquiera una rata que, ansiosa, hambrienta y atraída por el olor, hubiese pasado a saludar interesada en la comida que pudiese encontrar. Llevaba tres días sin la protección ni las palabras reconfortantes de nadie que no fuese él mismo, tres días aislado e incomunicado de la vida. Aunque también era posible que llevase semanas, meses o años así y no se hubiese dado cuenta. Quizás siempre había estado así de solo. Desde siempre sus padres se habían ido distanciando de todo: su padre empezó con una lucha contra el sistema para distanciarse de la clase alta, para después asquearse de los sucios mojigatos que plagaban la clase obrera y decidir formar el nuevo ejército para aquél hombre que él una vez había odiado y una vez acabada con éxito su ambición de crear la fuerza del orden más eficaz y temida de toda Europa, se dio cuenta de que su falta de valores humanos y su excesiva rigidez moral le provocaban arcadas. Pero no solo a grandes rasgos, sino también en el ámbito familiar: las luchas con su hermano habían empezado siendo codo con codo durante lo que entonces habían llamado “el despertar”, para más tarde convertirse en una constante competición por ver quién tenía más razón respecto al método a llevar a cabo para arreglar aquello que consideraban que estaba tan mal, y luego derivar en una estúpida lucha por la herencia. También se había ido alejando de sus antiguos amigos, olvidándose siempre de intentar acercarse a alguien nuevo, hasta el punto de olvidar también la amistad que le unía a su madre, siendo Arthur un marido que, a pesar de ejemplar, dejaba mucho que desear en lo referente al papel de cónyuge. Su madre no había sido diferente, pero era de otras cosas de las que se alejaba. Thalía no había sido capaz de soportar la pérdida de su marido, que aunque seguía ahí, para ella ya estaba muerto debido a esa enorme distancia virtual que les separaba. Fue así como, para alejarse de la sensación de soledad, buscó la compañía de otra gente. Pero no era una compañía sana: esa relación de “amistad” se basaba en compartir horas, días quizás, llevando a cabo cualquier tipo de actividad que se pudiese hacer en grupo, pero siempre cubierta y protegida tras los muros que había impuesto sobre su alma, encerrándola en una celda de la que nunca más salió. De hecho, ni siquiera ella sabía si su alma seguía viva, ya que con tal de poder simular su normalidad se vio obligada a olvidar todo el pesar que antaño la había ocupado. Y siempre que algo malo surgía, en lugar de afrontarlo, lo encerraba en esa prisión y hacía como si nunca hubiese pasado, pasando todo por un filtro de trivialidad que a veces incluso alcanzaba cierto matiz cómico. Así hizo ver a todos que sobrellevó la muerte de su padre y la posterior desaparición de su madre, que hundida y perdida en los mares del alzheimer, seguramente vagaba por el mundo sin ayuda ni compañía. Dejó que mucha gente se apareciese en su vida, pero con cada persona que se acercaba aumentaba de forma exponencial la distancia que tomaba con las conocidas anteriormente, distanciándose así de todo al final. Por lo tanto, el hecho de estar solo no era algo nuevo para él. Aunque físicamente solía estar acompañado, la complejidad de las circunstancias era algo que provocaba una situación de aislamiento preocupantemente ideal.

Estaba seguro de que necesitaba a alguien con él. A alguien que, cuando se acostase, le diese ese beso de buenas noches antes de marcharse. Necesitaba a alguien que no se fuese, que cuando se hundiese en las profundidades de la noche le acompañase con un cálido abrazo, con un par de dulces palabras e incluso, de tanto en tanto, con alguna acalorada discusión. Necesitaba a alguien que le recriminase lo que hiciese mal sin miedo a lo que pudiese pensar, a alguien que le dijese que era perfecto pero que en cuanto cometía un error se lo recalcase, a alguien que le valorase tal y como fuese, y al mismo tiempo necesitase a alguien tanto como él lo hacía. Necesitaba a alguien a quien besar, a alguien a quien abrazar, a alguien con quien compartir aquellas aburridas e interminables noches de insomnio para así hacer de ellas otra gran aventura. Pero por encima de todo ello, necesitaba saber quién era aquella persona que necesitaba.
Cargaba con aquél vacío: no el de estar solo, sino el de no saber con quién quería estar, aquél que debía su existencia a el conocimiento de una situación mejor pero no de una llave que abriese la puerta que le permitía la entrada. No pedía que le diesen la llave, solo que le señalasen cual era, para así saber que era posible llegar a aquella idílica situación, que había un camino a seguir para conseguir su objetivo. Aún así, no podía decir que se sintiese mal; lo que él llamaba vacío no era más que un hueco que día a día se veía cubierto por la calidez de amigos y familiares con los que pasar un buen rato sin hacer nada, con los que disfrutar de una buena cerveza, con los que discutir acerca de la situación actual o con los que opinar sobre una gran historia. Pero, aún así, estaba seguro de que no era lo mismo.


Thursday, 11 December 2014

Despertar: (6) Monotonía

Capítulo 6: Monotonía

Siempre hacemos mejor las cosas que hacemos de forma automática y predictiva, pero la verdadera pregunta es: ¿son mejores sus consecuencias y resultados?

Sonó el despertador, aunque, para variar, yo ya estaba despierto. Como siempre, abría los ojos unos pocos minutos antes de que sonase esa canción, antaño adorada aunque ahora la aborreciese, que tenía puesto como tono. Tras unos pocos minutos, reuní las fuerzas necesarias para levantarme y, lo que requería aún más esfuerzo psicológico, destaparme para descubrir mis entrañas al atenazante frío invernal de Enero. Automáticamente, como si formase parte ya de un instinto natural que me impulsaba a hacerlo, enfundé mis pies en esas cálidas pantuflas que me había regalado mi tía años atrás y, tras encender la calefacción, emprendí mi marcha hacia la cocina.
Hundiendo mis pensamientos en el terror que me ahogaba solo de pensar la cantidad de polvo que ocupaba el pasillo, dando cobijo a innumerables e inimaginables filas de minúsculos insectos, llegué a la fortaleza dónde se refugiaban la nevera y la alacena de esos hambrientos momentos en los que se oía a mi estómago rugir desamparado desde mi habitación. Saqueé un cartón de leche de la nevera, me preparé un café con una agilidad digna del trabajador apurado por los inflexibles horarios que lo azotan y vertí una minúscula parte del delicioso líquido del cartón en la taza dónde, caliente hasta niveles traicioneros, reposaba ese sublime café. Rápidamente, guardé la leche en la nevera, tomé la tacita y, rehuyendo el frío, me dirigí directamente a mi habitación donde me esperaba ese calor hogareño nacido de la estufa, la cual ya había cumplido con su labor, por lo que la apagué.
Apoyé el café en la mesita y encendí rápidamente el ordenador. Mientras se cargaba, probé el café, tomando un sorbo cuyo ardiente contacto provocó que en un principio mi lengua rechazase el sabor y mis labios aquél beso que era tal obra de arte culinario. Como siempre, el café estaba perfecto, nada había cambiado. Todo era exactamente igual, todo. Ése es exactamente el problema. Nada ha cambiado desde entonces.
Ella le había abandonado. Pensaba que estarían juntos para siempre, se lo habían prometido mutuamente. Y ella faltó a su palabra. Para él, era como si hubiese muerto. Ya nada cambia desde entonces.
No era que los cambios durante el tiempo que compartió con ella fuesen algo bueno, ya que en realidad no dejaban de ser siempre a peor, ya fuesen bravas discusiones, continuas peleas o simples momentos de paz que solo anunciaban la llegada de una nueva tempestad. Pero aún así, prefería aquella falta de constancia y carencia de rutina a la aplastante monotonía que había tomado las riendas de su vida.
Le daré de su propia medicina.
Ricardo nunca había sido alguien violento, pero la transición le había arruinado tanto a él moralmente como a ella económicamente, y ahora él estaba dispuesto a tomar su venganza. Antes podrías haberte escudado en tus riquezas y lacayos, pero ahora solo le tienes a él.
Le costaba evitar pensar en ella, y cuando lo hacía siempre era como si le hablase. Era incapaz de recordar en detalle alguna experiencia compartida, aunque seguramente eso era porque tampoco eran tan valiosas como el mero deseo de tomar represalias respecto a aquella inesperada despedida.
Desapareció. Sin decir ni una palabra. En menos de un día, pasó de ser alguien en quien siempre de podía contar a convertirse en una abominación de la cual deseaba alejarse, cosa que le vino bien, ya que para llevar a cabo su plan de hundir a la nobleza hispana necesitaba desaparecer del mapa. Habría sido mucho más difícil alejarme de ti si aún hubieses estado ahí. Eso es algo que reconozco que debo agradecerte.
Tras acabar con su café, tomó la taza y la lanzó contra la pared, estrellándose ésta y repartiendo sus trozos por la habitación. Cogió el ordenador y lo hizo seguir el mismo recorrido de la taza, aunque necesitó más de un viaje para acabar en la misma situación. Bañó su hogar en gasolina, arregló los preparativos para la explosión y salió con lo justo y necesario.
Minutos después, Ricardo ya estaba de camino al pueblo dónde se reencontraría con su amada y conocería a su sustituto, habiendo dejado tras de sí lo que muchos interpretarían como un accidente culinario gracias al cuerpo del sicario que habían enviado a por él. Nunca un intento de asesinato había sido tan útil para seguir vivo y en paz.


Mathieu se levantó del sillón y fue a abrazar a Charlotte. Es tan pequeña, a primera vista parece tan indefensa... Pero todos sabía que las dudas que provocaba el diminuto cuerpo de Charlotte se demostraban infundadas con solo cruzar dos palabras con ella, con tenerla al lado, con el mero hecho de saber quién era.
Sin ser capaz de aguantar más, Mathieu rompió a llorar, evitando quebrar la continuidad del abrazo. Es ahora cuando más te necesito. Necesito que me ayudes a abandonarte.


Charlotte llevaba días sospechando que algo le sucedía a su marido. Éste nunca había sido capaz de ocultarle algo a su mujer. Aquella vez que le engaño cuando aún eran jóvenes no le pasó desapercibida; cuando el juego y las apuestas les dejaron en la ruina lo supo ella antes, aún incluso siendo él quién hubiese jugado; tras años de intentar tener hijos y que no funcionase, Mathieu fue también incapaz de disimular que se había hecho un examen que no acarreaba buenas noticias. Fue por eso que hace días que esperaba que su esposo se derrumbase ante ella, le pidiese perdón y ayuda al mismo tiempo, mientras lloraba desconsolado al mismo tiempo en que explotaba en carcajadas riéndose de lo ridículo que era él mismo. No esperaba que aguantase tanto. Esta vez es algo aún más serio. Y lo que es peor; ahora no sé lo que causa su desasosiego.
Pero poco podía hacer Charlotte por su marido. Excusando sus excesivas horas de trabajo con el festival de Saint Germain, el poco tiempo que pasaba Mathieu en casa lo invertía en desayunar y dormir, por lo tanto ella no era capaz de encontrar momento alguno en el que rebuscar en su interior algo que echase algo de luz sobre el asunto.
Aunque fuerte, dura e inteligente, como todo el mundo Charlotte necesitaba tener a alguien que la necesitase. Y cuando ese pilar sucumbía, toda la estructura lo hacía con él. Empezó a desconfiar de todo, cosa que antes nunca había hecho. ¿Quién necesita desconfiar cuando es capaz de entender toda situación y prever todo acto? Pero ahora Mathieu ocupaba más su mente. Ni tan siquiera el amor adolescente había llegado a ser una obsesión tan enfermiza; no era capaz de pensar en nada más, necesitaba dedicarse a algo ya que en cuanto se quedaba sin nada que hacer, sin nada que distrajese su mente, ésta se dirigía automáticamente a su marido, a su silencio sepulcral, a su falta de humanidad y a la desaparición de su chispa.
Eso era lo que más atormentaba a Charlotte; sabía que Mathieu jamás volvería a ser el mismo. Sabía que Mathieu estaba acabado. Sabía que Mathieu ya no era su marido, sino un ente desentendido de toda otra persona que no fuese él. Ya nunca podría volver a disfrutar ni sufrir su compañía, y aquello era lo que la tenía más preocupada. ¿Qué sería de Charlotte sin Mathieu?
Aquella noche había sido la última en la que había llorado. Suponiendo que como tantas otras veces lo único que necesitaba su marido era su cariño, su apoyo y su consentimiento, no hizo más que abrazarlo, besarlo tiernamente e intentar, de toda manera posible, que se alegrase. Pero nada funcionó.
Cuando despertó a la mañana siguiente, el ya no estaba. Cuando llegó, mucho más tarde de lo normal, se excusó, como ya hemos dicho, con los preparativos de la fiesta. Nadie diría que tan sombrío hombre era uno de los encargados de tan alegre fecha. Es el encargado de seguridad. No era el momento para un ascenso. Mathieu se lo merecía, pero no tenían que hacerlo ahora, no en estas fechas. Aunque Charlotte pensaba mucho sobre el tema, poco era lo que escapaba la prisión de sus labios; ante su marido no era más que una cálida y confortable estufa, ya no se sentía con fuerzas como para dirigirle la palabra. Le había perdido, eso lo sabía; lo que era incapaz de entender era el por qué.
¿Qué le había arrebatado a su marido? Llevaba meses patrullando las calles sin problema, ¿por qué aquella última guardia previa a su ascenso había sido tal punto de inflexión en su forma de ser? Había sido lejos, y Charlotte sabía que no debía acercarse a la zona en la que Mathieu había trabajado aquella noche; la curiosidad la consumía por dentro tal fuego abrasando la poca leña restante en la chimenea. Estaba que echaba humo, furiosa consigo misma, odiándose por su incapacidad.

Siendo inteligente y manipuladora había podido asegurarse de que la única puerta que la contactaba con la guardia, su marido, estuviese siempre abierta de par en par. Pero nunca había supuesto que en vez de cerrar las puertas con llave por timidez esas puertas pudiesen verse cubiertas por los restos de una avalancha, de un suceso mucho mayor que el vigía mismo de tal entrada, y por lo tanto impidiendo que ella las cruzase. Ya no había vuelta atrás.