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Thursday, 12 January 2017

Orígenes: Skarlp

Skarlp odiaba despertarse. Ya hacía décadas que se aseguraba en dormir siempre en lugares sin espejos, aunque ya ni siquiera recordaba cuál era la cara que no quería ver. "Ninguna." pensaba para sus adentros cada mañana. Más de un siglo le llevó a Skarlp superar el ver como moría mientras dormía; ¿por qué no había sido más cuidadoso? La respuesta era obvia; porque era joven e inexperto.

Skarlp, o al menos la persona que originalmente había sido Skarlp, había muerto en una tienda de campaña de piel de feldro blanco hace ya mucho tiempo. Ese crío había estado urdiendo un plan para deshacerse de aquellos que le provocaban tanta rabia, y aunque algunos dirían que le salió bien, en retrospectiva Skarlpno estaba tan seguro.

El antiguo Skarlp sentía celos de aquellos que le rodeaban; todos había sido abandonados en el bosque con la esperanza de no volver a ser vistos, todos eran parias. Pero con el tiempo, esa comunidad de rechazados se había convertido en un hogar para la mayoría; reían, comían, bebían, a veces bailaban y cuando las ventiscas lo permitían se tomaban la libertad de organizar fiestas que poco tenían que envidiar a las de los cuentos de fuera. Skarlp no compartía tal placer, y ya nadie estaba por la labor de arreglarlo; se había convertido en un marginado entre los marginados.

Poco a poco, Skarlp fue urdiendo un plan, probando sus poderes en animales primero y en humanos después. Los que habían salido con él de caza nunca se preocupaban por cómo acababa con las presas; solo les importaba que la comida llegara a casa. Quizás la curiosidad podría haberlos salvado. Pero, por suerte o desgracia para Skarlp, no fue el caso.

Una noche de ventisca, después de que acabase una larga fiesta que se había organizado en honor a un matrimonio de miembros de dos clanes de parias del bosque, Skarlp inició la ejecución de su plan. Aprovechó la visita programada del cuidador para tomar posesión de él. "Buenas noches." se dijo a sí mismo desde el cuerpo de otra persona antes de abandonar la tienda de campaña dónde yacía inconsciente el cuerpo de Skarlp. Caminó por entre las tiendas y cogió con las manos parte de los restos del fuego. Sentía el dolor como si fuera suyo, pero no le molestaba; era algo a lo que se había acostumbrado. Al cazar, como animal, había muerto docenas de veces, siempre mediante métodos diferentes; esas quemaduras solo eran una mera molestia en comparación.

Repartió los restos del fuego y los reavivó junto a algunas tiendas de campaña de ambos clanes, provocando leves incendios; la falta de guardia, en parte debida a que la tormenta les ocultaba y en parte debido a la fiesta, era de agradecer. Esperó a que los adultos salieran de las casas de al lado, y al poco encendió un par de fuegos más antes de reunirse en dónde estaba el tumulto de gente.

-¡Podrías estar ayudando a sacar a los niños como Ajtor i Pjossa! -le gritaban al único guardia designado que había.

-¡Podrías haber salvado a mi hija!- gritó una madre desesperada que tenía un bulto en brazos.

-Yo... yo no... -balbuceaba el guardia.

Sin pensárselo dos veces, Skarlp, que aún ocupaba el cuerpo del cuidador, se lanzó a por el guardia. En cuanto éste fijó su mirada en los ojos del cuidador, Skarlp tomó posesión del cuerpo y degolló al cuidador.

-¡Mírenle las manos! -gritó Skarlp.

Algunos se giraron a mirar, pero el hermano del cuidador, que era conocido por lo que le gustaban las peleas, se lanzó encima de Skarlp sin aviso previo. Este pidió ayuda, lo que consiguió que muchos hombres de ambos bandos se echaran encima para salvar a quien ellos creían que era el guardia. Pero Skarlp no les dio tiempo; centró su mirada en los ojos enfurecidos de su atacante y ocupó su cuerpo para, ágilmente, coger el cuchillo que llevaba el guardia en el cuerpo y clavárselo repetidas veces en el pecho.

Cuando los hombres del clan lo quitaron de encima del muerto, Skarlp fingió enloquecer e intentó atacar a todas las personas que le rodeaban. En cuánto la furia se disparó, los miembros de ambos clanes se peleaban entre ellos, matándose por orgullo y honor sin siquiera pensar en lo que perdían por el camino.

Mientras, Skarlp saltaba de cuerpo en cuerpo, avivando la llama del odio que yacía en aquellos que no se habían dejado llevar por la brutalidad del asunto o matándolos para agilizar las cosas. No tardaron en empezar a incendiar carpas y tiendas de campaña. Perdió la cuenta de los saltos que había dado, y una vez visto que el caos era el necesario para que no fuese fácilmente olvidado, Skarlp decidió abandonar el cuerpo y volver al suyo.

Pero no pudo. Por un momento pensó que necesitaba tener a su propio cuerpo a la vista y con los ojos abiertos, pero la experiencia le decía que no. Tenía que ser la distancia; durante sus experimentos nunca se había alejado tanto de su cuerpo. Recorrió la distancia que le separaba de su pequeña y fría tiendo de campaña a la carrera, sin fijarse en a quién mataba o qué cuerpos ocupaba por el camino, pero la verdad que recibió a Skarlp al llegar al límite del campamento de su clan le desconcertó; su tienda, normalmente fría y alejada del resto, no era más que un manojo de telas en llamas que estaba siendo usado para quemar carpas lindares. Donde antes habían estado él y su cama yacían restos que aún quemaban, y decidió que prefería no fijarse demasiado. Sin pensarlo dos veces, se internó en el bosque corriendo, deseando perderse. 

Al cabo de un par de días, cuando la ventisca ya hubo pasado, fue al arroyo más cercano a la cueva donde se cobijaba para lavarse la cara y beber agua limpia. No notó hasta al cabo de un rato que la cara que se reflejaba en el agua era la de el hombre que, la noche del ataque que había llevado acabo, se acababa de casar con una joven que, si seguía viva, ahora podía considerarse viuda.

Sunday, 16 October 2016

El poder de un instante

El poder de cada foto es el removernos por dentro. No importa su antigüedad; cuando vemos una captura, sabemos que será irrepetible. Describe un recuerdo, un antes, un pasado, y lo hace de una manera eterna y efímera a la vez. Captura un instante que se eterniza, un instante que queda grabado para ser revisitado una y otra vez, siendo recordado y editado visita tras visita.

El poder de una foto va más allá de la imagen, de lo sucedido; evoca unos recuerdos que se saben únicos, que no volverán jamás. Cada foto es un antiguo trozo de realidad capturado que ya no es, un pequeño atisbo de efímera existencia que se mantiene vivo parcialmente y que se deforma con cada visita. La nostalgia endulza esos momentos, convirtiéndolos en algo añorado sin importar lo que estemos viviendo ahora.

El poder de la fotografía yace en su falta de poder, en el ser incapaz de mantener algo entero, puro e inalterable. Es así como cada foto que hacemos, que vivimos, cada cámara a la que sonreímos, tiene el potencial de convertirse en algo histórico. Ese momento, vivido y disfrutado, explotado al máximo, se convertirá en una memoria, en un "¿fue así?" y un "recuerdas que justo después...", y será alterado una y otra vez.

Llegará un día, años después de su nacimiento, en que la fotografía habrá perdido gran parte de su identidad; podemos olvidar la fecha, el chiste que se contó, la "patata" o el "whisky" de turno... pero no importa. Porque el poder de la foto yace en haber hecho eterna la sensación de disfrute, en haber plasmado en la historia un pequeño recuerdo.

Recordemos que la historia la escriben los vencedores; de nosotros depende qué fotografías, qué memorias y qué recuerdos sean los victoriosos. Y no solo hay que tener en cuenta la memoria en sí, sino también la manera en que recordamos aquel momento; el filtro de nostalgia por el que pasamos a la captura antes de digerirla vía nuestros ojos es casi tan importante como la fotografía en sí.

Tuesday, 30 August 2016

¿Matute dice?

Hacía meses que las calles se habían vaciado. Los medios nunca habían querido escucharlos, por obvio que fuera; es lo que tiene vivir en un lugar tan pequeño como Matute. Aunque a los locales les importaba lo sucedido, aquellos de fuera ni siquiera percibían su existencia. Y, claro, si ni siquiera sabían que el lugar existía, ¿cómo iba a preocuparles lo sucedido?

Todo empezó el último verano, hace ya un año. Muchas familias abandonaron el pueblo perdido en la montaña en busca del sol y el agua que las regiones costeras les ofrecían. Era normal que algunos se fuesen todo el verano; a nadie extrañaba que el maestro Ciruela aprovechase las vacaciones escolares, y la familia del pastelero Tartonni había pasado todos los veranos fuera desde que la madre de éste enviudó, para hacerle compañía a la pobre. Pero muchas otras familias no tenían explicación alguna.

Los Machuco solían irse de vacaciones una sola semana, a veces incluso menos, usando los pésimos resultados académicos de su hijo Sereno para excusar lo efímero de sus estadías en el extranjero. Pero esa vez había sido diferente. "Parece que aquí trabaja mejor el pequeño Sereno." le dijo la señora Machuco a Marcos cuando éste llamó al no encontrar al señor Machuco en la oficina por tercer día consecutivo una vez acabado su periodo vacacional. "¿Y cuándo cree usted que volverán a Matute?" preguntó entonces Marcos, molesto a la vez que sorprendido por la falta de compromiso de su compañero en la Oficina Inmobiliaria Márquez y Machuco. "¿Volver a dónde dice usted? Aún no lo sabemos, ya se verá. Quizás nos quedemos a vivir aquí, en especial viendo lo bien que trabaja el pequeño Sereno." le respondió la señora Machuco con un tono de voz alegre e inalterado, a lo que siguió con un jovial "¡Que pase usted un buen día don Márquez!".

Era extraño que el señor Machuco no le hubiese dicho nada, pero supuso que sería algo repentino e inesperado que querrían mantener entre familia. Quizás el señor había contraído una enfermedad que le obligaba a quedarse en el extranjero recibiendo tratamiento, o también era posible que le hubiesen revelado la existencia de un hijo que la señora Machuco había tenido con un matrimonio anterior y no quisieran volver hasta haber arreglado la situación. Por aquel entonces, la ausencia del señor Machuco iba acompañada de la falta de clientes, así que Marcos decidió dejar estar la situación un tiempo.

Pero llegado Noviembre, los Machuco no habían vuelto. El horno del pastelero Tartonni no daba señal alguna de estar por reabrir pronto, y el maestro Ciruela se ausentó por completo del colegio. Al intentar contactarlos uno no conseguía nada. El pastelero defendía que se quedaría con su madre hasta que ésta estuviese mejor, los Machuco habían decidido quedarse en el extranjero, donde el pequeño Sereno era de los mejores alumnos de clase, y del maestro Ciruela se decía que había dejado todo atrás para dedicarse a una vida ermitaña en una isla mar adentro.

Además, preocupando ahora a Marcos Márquez, la desaparición del señor Machuco seguía acompañada de la falta de clientes. No había nadie que se interesase por una casa o piso en Matute, ya fuese un nuevo vecino o alguien de ahí; el silencio que notaba mientras esperaba una llamada en su oficina le hacía sospechar que no era su oficina la olvidada sino el lugar. Dejó que la duda lo royese hasta que al llegar Diciembre seguía sin aparecer ni un alma en su oficina.

Se habría planteado alquilar su oficina mientras buscaba otro trabajo, pero sabía que nadie estaría interesado en ella, así que se ahorró tal pérdida de tiempo. Dando vueltas por Matute encontró mucha gente que estaba dispuesta a darle trabajo. En la central eléctrica estaban muy escasos de personal. "Las vacaciones de verano diezmaron la plantilla, y las de invierno lo han vuelto a hacer. Ya ni siquiera te pido que sepas lo que haces, con que me aguantes unos cables estás contratado." le dijo el gerente. Pero eso no duró mucho, ya que al cabo de unos meses había tan poca gente capacitada para hacer funcionar la central que ésta cerró, dejando a la gente dependiendo de los generadores que tuviese en casa.

En la central telefónica no le dejaron ni entrar, ya que al parecer ni las llamadas telefónicas pasaban por Matute últimamente. Se ofreció al ayuntamiento para limpiar las calles, pero le dijeron que vista la falta de tráfico tanto de vehículos como de peatones, un puesto así ya no era necesario. En el supermercado le dijeron que con el chico que tenían trabajando en la caja a tiempo parcial les bastaba de sobras, ya que ni había gente que fuese allí a comprar ni había proveedores que decidiesen traer sus productos a Matute. "Cosa de hace poco, ya ni responden casi, y cuando lo hacen y les digo la dirección creen que me río de ellos." le contaba el dueño del local algo exasperado. "Es como si no existiéramos." le gritó éste desde dentro del supermercado cuando Marcos se alejaba del lugar.

No fue hasta que llamó a su antiguo compañero el señor Machuco que Marcos confirmó sus sospechas respecto a lo que pasaba. "¿Quién llama?" preguntó la voz de su amigo al otro lado de la línea telefónica. "Soy yo, Marcos Márquez, de Matute, ¿no me reconoces?" replicó Marcos algo molesto. "Ni le conozco a usted ni sé de qué lugar me habla, haga el favor de no molestar señor." dijo su antiguo compañero antes de cortar, dejando a Marcos atónito. Solo eso le hizo ver lo obvio; tenía que abandonar Matute antes de caer junto a él en el olvido. Sin pensárselo dos veces, se acercó al concesionario más cercano y robó el coche más caro que encontró; nadie se creería que lo había robado en Matute, y pronto ni él lo recordaría, así que llenó el tanque con gasolina que no pagó y se dio a la fuga.

Monday, 6 June 2016

Anaïs

El pitido que hizo la maquinita esa del bus al rechazar su billete la despertó de su rutina; al parecer la T-jove ya había caducado. Por suerte, a sabiendas de que a la fiel tarjeta de transporte metropolitano ya no le quedaba mucho por vivir, Anaïs había guardado una T-10 virgen e inmaculada tras la funda de su móvil. Solo entonces el pitido fue el esperado, y pudo volver a dejarse llevar por el ininterrumpible ritmo de su día a día. Y cuando decimos ininterrumpible no nos reducimos solo a eso; la inmutabilidad de su cíclico proceso de transporte la llevaba a soportar siempre a los mismos insólitos personajes durante el trayecto a casa. Justo detrás de ella subieron al autobús un grupo de niños uniformados que, utilizando una contemporánea variante de la lengua anglosajona, empezaban ya su típico manifiesto de inconformidad ante los procesos de puntuación de los profesores. Porque claro, eran las 17:12; hasta las 17:19 no hablarían de otra cosa que no fueran las injustas notas que sacaban después de más de diez minutos de estudio. A estas mozalbetas y estos mozalfas los incluiremos en el género Indignatus de la especie Adolescentumalcriadescus. Al cabo de dos paradas subió al autocar la afamada jugadora local de Candy Crush Saga; conocida ya por todos los que frecuentaban la linea BaixBus-8, la dulce y empalagosa anciana ignoraba por completo la existencia de los auriculares, y su sordera (supuestamente parcial) la obligaba a subir el volumen de su teléfono móvil tanto como fuera posible. Su entrada fue ovacionada con un decepcionante "Ooooohhh..." de algunos de los pasajeros algunos de los cuales, en secreto, apostaban si nuestra querida Dulcinea sería capaz de superar el nivel en el que se atascó durante el último trayecto. A trompicones, debido a que en una mano llevaba el teléfono, nuestra aclamada jugadora tomó su lugar en el asiento que había justo detrás de Anaïs; cuando Dulcinea pasó al lado de nuestra estimada protagonista, ésta notó que el teléfono de la anciana mostraba ya la pantalla de carga de aquél dichoso juego. Sonó la melodía inicial y, al cabo de poco, se escuchó un gruñido de inconformismo por debajo del tono del teléfono; alguien había perdido una apuesta. A cualquier viajero no usual le habría parecido demasiado la situación actual del autobús; a las 17:22 Dulcinea ya había hecho que todo pasajero hubiese disfrutado del tono de derrota unas cuatro veces, y los Adolescentumalcriadescus Indignatus habían pasado ya a su segundo gran tema; los culpables de sus malas notas, que obviamente eran aquellos tiránicos profesores forjados en lo más hondo de Isengard junto a los Uruk-Hai del ejército de Saruman el Blanco. Pero aún no se había presentado el mítico Bailarín Sentado. La leyenda del Bailarín Sentado siempre ha inundado las mentes de aquellos que viven usando el transporte público entre travesía y travesía, pero solo los afortunados (o desdichados) usuarios de la linea BaixBus-8 han podido presenciarla en persona. Solo hizo falta una parada más para que tan endémico personaje tomase el único asiento que quedaba libre en ese autobús; el que se encontraba al lado de nuestra preciada Anaïs. El calentamiento duró un minuto entero, tiempo durante el cual nuestro Bailarín Sentado se limitó a tararear para sí mismo y hacer alguna mueca como si ante sí tuviese un micrófono de los caros y un público milenario. Después de esto empezó su baile que por momentos podía confundirse con una seria de extraños espasmos; la pobre Anaïs tuvo que desviar la atención de su ebook para centrarse en esquivar los golpes involuntarios que empezaron a amenazar su integridad una vez que el Bailarín Sentado se sintió con plena confianza. Por suerte para Anaïs, eso solo le duró dos paradas más; aunque lloviese y ella fuese sin paraguas agradeció poder bajarse del autobús, y caminó hacia casa pensando en la de brownies que le debía al ladrón de formularios.

Sunday, 5 June 2016

Sigfrido

Al abrirse las puertas, Sigfrido se metió en el vagón y sin pensárselo dos veces tomó el asiento libre más cercano; estaba agotado, y le quedaba un largo trayecto por delante así que no podía permitirse el lujo de perder el tiempo vagando por el metro buscando un buen lugar dónde sentarse.

En cuanto lo hizo apagó los auriculares, pues no tenía sentido intentar escuchar música en el metro; el ensordecedor estruendo de la máquina al ponerse ésta en acción ahogaba toda melodía, sofocándola con una metálica cacofonía que no dejaba indiferente ni al más pintado.

En las primeras paradas no hubo mucho movimiento; pitidos, puertas que se abrían y cerraban, saludos y despedidas, algún grito en la lejanía... Nada que se escapase de lo normal. Pero fue en la cuarta parada cuando la paz a la que se había acostumbrado se fue al garete.

El primer factor que se encargó de quebrar tan frágil calma fue un grupo de unos siete jóvenes, de entre 14 y 17 años que, con el tronar de sus voces (y algún que otro agudo gallo que se les escapaba) se encargó de hacerse oír a lo largo y ancho de la estación. Hablaban de cualquier cosa; banalidades que no pasan a serlo hasta que se tiene la perspectiva, imposibles que simplemente no han sido tenidos en cuenta desde el punto de vista adecuado o de la borrachera del sábado pasado. Pero éstos (a quienes a partir de ahora nos referiremos como la "Tempestad") no estaban solos en su misión.

Al poco de notar la entrada en escena de la susodicha Tempestad, el efecto de su sonora presencia se vió mitigado por la toma de plaza de una cariñosa pareja a la que le gustaba ocupar las dos plazas correspondientes como una y dos medias. La mano que le pasó sobre la espalda el caballero a la dama se sobreextendió hasta el punto de invadir lo que era la existencia de Sigfrido; además, los nerviosos e impredecibles giros de cabeza de la señora (a quien bautizamos como Lady EsSoloUnaParada) le ponían de los nervios, ya que su cabello le azotaba de tanto en tanto. "Es solo una parada" le decía Lady EsSoloUnaParada a su compañero (al que llamaremos Lord YaYaLoSé de ahora en adelante) una y otra vez. Sigfrido estaba bastante seguro de que en el transcurso de los primeros treinta y siete segundos de estadía la mujer había hecho el comentario unas siete veces, y a todas Lord YaYaLoSe respondió con un altivo "Ya, ya lo sé" que acababa con una coqueta sonrisa dirigida a Lady EsSoloUnaParada. 

Después de esos treinta y siete segundos se cerraron las puertas, y con mucho esfuerzo Sigfrido consiguió aislarse del estruendo de la Tempestad y, con mucha fuerza de voluntad, logró no reaccionar ante el irritante, peludo y constante (aunque involuntario, a su parecer) ataque de Lady EsSoloUnaParada. Pero eso no era más que el principio.

La siguiente parada transcurrió bajo la normalidad adoptada en la parada anterior, si dejamos de lado el efusivo besuqueo de Lady EsSoloUnaParada y Lord YaYaloSé. Se cerraron las puertas después de pitidos, saludos y despedidas y con la parsimonia típica del transporte público el metro emprendió de nuevo su marcha.

No se sorprendió nuestro desafortunado Sigfrido al ser golpeado por el bolso de Lady EraSoloUnaParada (ya pueden suponer cuál era la frase que le gritaba repetidamente a su compañero ahora). El salto que ésta dio del asiento al notar que tanto ella como Lord YaYaCreíaQueMeDaríaCuenta habían fallado en su cometido era solo comparable a el sky diving más temerario. La discusión se alargó hasta el punto en que la temperatura del vagón parecía haber alcanzado la de austenización, y solo al cabo de otras tres paradas se dieron cuenta los personajes de que les convenía dejar de lado el circo que estaban montando y bajar del metro.

Por suerte para Sigfrido, el resto del trayecto transcurrió con relativa normalidad. Bueno, si dejamos de lado el concierto de DJ KalienteMami, el llanto de un pobre bebé que durante la friolera de diecisiete paradas parecía estar descendiendo a los infiernos de Dante y el parón de ocho minutos y veintitrés segundos dos paradas antes de que nuestro desdichado amigo tuviese que bajar.

Friday, 27 May 2016

Porvenires

Atrévete,
Dile lo que piensas al Destino,
De sus hilos de oro.

Córtalos,
Usa esos dientes tuyos.
Tan blancos, tan puros.

En vano.

Ríete,
De la Fortuna jovial,
Mientras escribe el guión

Grítalo,
Aquello que anotó,
Todo en tu libreto quedó

Escrito, tallado.

Apedréalo,
Enséñale con dados al Azar,
Lo sentido al rendirte sin más.

Escúchalo,
Como dicta las caras,
Que al sol miran paradas.

Apuesta perdida.

Búrlate,
De la ansiosa Fatalidad,
De sus pautas sin finalidad

Y sigue,
Paso a paso el camino,
Que ella dicta mientras escribo.

Te embaucas.

Búscala,
En lo más hondo a tu Ventura,
Y desarráigala, de ella deshazte

Camina,
Nótala al primer paso aferrada,
A tu suela siempre apegada.

Acéptala por tuya.

Despídete,
Dile adiós al Sino,
Abrazo y beso sin propina

Recíbelo,
En el ocaso en tu puerta,
A aquella cada día se arrima.

Invítalo a pasar.




Tuesday, 17 May 2016

Imposible

¿Hasta qué punto hay que luchar por un imposible? ¿Se ha marcado en algún momento la línea dónde dice "Aquí ya puede rendirse, usted lo ha intentado."? ¿O si lo dejamos quedaremos siempre con la marca de la vergüenza, la de habernos rendido, la de habernos dejado vencer?

Hay cosas que no pueden pasar. Por mucho que lo intentemos, nunca conseguiremos girar según que rumbos; hay navíos cuyo destino ya está escrito, la única duda es si naufragaremos con ellos o decidiremos dejarlos a tiempo. 

Los imposibles que seguimos siempre nacen de un objetivo que desde el principio ya era complicado. Conquistar un corazón, completar una canción, cuadrar un verso, resolver un problema, ayudar a alguien... A veces tardamos mucho en darnos cuenta de que un imposible es tal; otras nos es obvio al poco de apuntar a la meta.

Aún así, la mayoría de veces ignoramos lo obvio y decidimos seguir trabajando, seguir luchando, como si ese algo fuese posible. Cerramos los ojos, nos tapamos los oídos y si hace falta nos hermetizamos contra toda evidencia, solo con tal de que nuestro trabajo no sea en vano. Pero otras veces no es así. Hay veces, aunque pocas, en que reconocemos al imposible. En que lo miramos a la cara y lo aceptamos como tal; situaciones en las que asimilamos que nunca lo conseguiremos.

Y no está mal aceptarlo. Eso no nos hace débiles, no nos tiene que avergonzar. No ser capaz de hacer algo es normal, todos tenemos nuestros límites. Pero eso no significa que debamos dejar de lado aquello por lo que hemos trabajado.

A veces la gracia de un imposible está en el camino. Aunque triste, a veces es emocionante luchar por ese algo. Acercarse al centro de la diana cada vez más, recortar la distancia y descubrir poco a poco lo terrenal que es ese imposible, sin olvidar que será irrealizable. Y ahí esta la belleza del imposible, en el camino seguido, en las piedras pateadas y en los cielos que uno ha sido capaz de arrastrar hasta el suelo para hacerlos un poquito más posibles.

Friday, 29 April 2016

Leo entre goles obvios \ Loans entangle grizzly omens

Así que así era como se sentía uno al ser padre.

El dolor le retorcía el alma. Si hubiera ido con más cuidado, nada de esto hubiese pasado. Si le hubiese enseñado a hacer las cosas como era debido, se habría evitado un momento tan agónico. Pero no lo había hecho.

Percival había fallado como padre y ahora lo pagaba caro. Mañana tras mañana se despertaba y al poco de tomarse el café ¡ZAS! ese agudo dolor le atravesaba el cuerpo, casi tumbándolo. ¿Qué era lo que había hecho mal? ¿Por qué merecía él algo así?

Al final encontró la solución; desde que le escondía los Lego a su hijo Martín ya no se los encontraba esparcidos por el suelo cada mañana que iba a despertarlo, y, al no estar estos por ahí, Percival ya no los pisaba.


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So that was how being a father felt like.

The pain was gnawing his soul. If he had been more careful, none of this would have happened. If he had taught him how to correctly do things, he could have avoided such an agonizing experience. But he had not done it that way.

Percival had failed as a father and now he was paying the price. Every single morning of his life started the very same way; he woke up, started drinking coffee and then BANG! that sharp pain went through his whole body, nearly bringing him down. What had he done wrong? Did he really deserve such a pitiful existence?

But one day he casually found the solution; hiding his son's Lego bricks. Now Martin didn't know where they were, and since he couldn't find them he wouldn't play with them before going to bed. That meant that, when Percival went to his room to wake his son up, there were no Lego bricks for him to step upon.

Monday, 18 April 2016

Una mañana apurada.

Abrió apurado el cajón y sacó el dado que había estado buscando; seis caras con los números del 2 al 7, puntas bien definidas y esa pequeña fractura en uno de los bordes de cuando se le cayó escaleras abajo. Rápidamente, como si lo escondiese de alguien, se lo guardó en el bolsillo.

Entonces empezó a revolver el armario, buscando aquella camisa que había usado el 24 de junio de 2002 para ir a buscar a Marie al aeropuerto y después acompañarla al Café Luna para tomar dos cortados y un croissant recién hecho. Aunque no paraba de revolver el armario no era capaz de encontrarla; su camisa de cuadros, verde y rosa, no estaba en ningún lado.

Entonces se acordó que la había puesto a lavar hace el día anterior, fue a buscarla a la terraza, donde la ropa estaba tendida, y allí la encontró. En el mismo sitio se la puso y, sin los pantalones, fue corriendo hacia la cocina a prepararse un café.

Solo tres gotas cayeron de la máquina a la taza una vez que estaba ya preparado lo que sería su desayuno; solo permitía que cayeran tres gotas, siempre. Una vez habían caído cuatro y había tenido que tirar el café por el fregadero. No le gustaba lo de tirar comida, pero no podía beberse un café en el que habían caído cuatro gotas.

Volvió a la habitación y se puedo ágilmente los primeros pantalones que encontró, unos algo raídos que estaban sobre la silla (una que había heredado de la tía Clotilde hace 4 años y 7 meses), se calzó tan rápidamente como pudo y volvió a la cocina; solo había tardado 53 segundos, así que todavía estaba a tiempo de ver como el café llegaba a su punto.

Y se quedó observándolo.

Ocho...

Siete...

Seis...

Cinco...

Cuatro...

Tres...

Dos...

Uno...

Y entonces cogió el café y se lo bebió casi de un solo trago. Volvió a su habitación, cogió el maletín beige que había reposando al costado de su cama y salió disparado hacia la puerta. Miró por la mirilla dos veces antes de sacar la llave que tenía, desde hace ya algún tiempo, guardada en el bolsillo de aquel pantalón. Entonces metió la llave, la giró dos veces en sentido contrario a las agujas del reloj, una a favor, miró por la mirilla una vez más y después acabó de abrir la puerta.

Saturday, 10 October 2015

Marcos

Loco. Sin un tornillo. Demente. Mentalmente inestable. Ido. Me han llamado de muchas maneras desde que llegué aquí, nunca por mi nombre. Hace tanto que no lo oigo que tampoco soy capaz de recordarlo; mi existencia se ve ahora reducida a paseos, ayudar a María a cocinar, a cargar la compra con Antón, a ser llamado Marcos, a ordenar la casa y a dormir. Al principio, cuando no podía dormir (cosa que pasaba muy a menudo) leía. Leía con ansias, deseando encontrar una historia con la que sentirme identificado. Pero con el paso del tiempo me he rendido. Viendo que nadie contaba mi historia, he decidido escribirla aquí.

Para empezar, déjenme decirles que no soy de este lugar. Tampoco recuerdo exactamente de dónde vine, pero sé que éste no es mi lugar. Yo tuve una madre que, aunque murió, no es la madre que María dice que compartimos hasta el dos mil tres. También tuve una hermana, pero no era María; aunque no recuerde ni su cara, estoy seguro de que ella no es la hermana que vagamente recuerdo. Recuerdo también a un padre bondadoso; María describe un monstruo que no se parece en nada a aquello que sé que he vivido. Pero sí que se parece a cosas que he visto en sueños.

Siempre tuve problemas para dormir; hasta los ocho años me la pasé invadiendo la habitación de mis padres casi todas las mañanas. Llorando, yo les contaba mis sueños; aquellos donde yo era un niño cuya única protección ante la bestia que azotaba a su familia era su hermana mayor. Por aquél entonces María era la luz que hacía que mis pesadillas fuesen más llevaderas. Por cada golpe que recibía de la bestia podía contar un abrazo de María. Por cada grito, una sonrisa. Aún así, yo temía a las pesadillas, y cuando entraba en el cuarto de mis padres lo hacía llorando. Entre berridos y mocos les contaba lo que soñaba y, con una sonrisa, ellos me abrazaban. Su calor corporal y sus palabras me consolaban; cuando, al cabo de unas horas, mi hermana traía el desayuno a la cama me sentía estupendamente. Estábamos todos juntos, estábamos todos bien.

Pero ahora ya no es así. Para empezar, el sueño ha tomado el control de mi vida. Lo peor es que ahora no hay bestia, y María no me salva de nada. Siento que soy una carga; noto como todos me miran raro, como no les gusta que mi pensamiento se ausente ni que mi mirada vague hasta el infinito. Cuando paseo con María y su marido Antón noto que casi nunca vienen los niños. Además, si nos cruzamos con alguien que sé que ellos conocen no se saludan como de costumbre; se reprimen, y lo hacen por mí. Se avergüenzan, y lo hacen de mí.

Esos momentos, esas situaciones tan crudas y difíciles de tragar, son las que por momentos me hacen creer que no he dejado de soñar. Que la bestia ha tomado el control de todos los personajes de mi sueño. Hasta que empecé a escribir esto, pasaba los días buscando la manera de despertarme. Pero como ya he dicho, nadie contaba una historia como la mía. Nadie había pasado por mi situación, y si alguien lo había hecho se me ocultaba. Es por eso que tampoco le he contado a nadie que estoy escribiendo. Si María o Antón se enterasen se lo dirían a los psiquiatras, y ellos volverían a hacerme preguntas a las que no sé responder.

Y es que el cambio empecé a tenerlo cuando los psiquiatras se inmiscuyeron en mis sueños. Mi edad rondaba la veintena cuando mis pesadillas recuperaron su fuerza; en ellas ya no había bestia alguna que me azotase. En vez de eso, los psicólogos se la pasaban haciéndome preguntas, llamándome Marcos Gómez, preguntándome por lo sucedido con mi padre Enrique, instándome a explicarles qué sentí cuando murió mi madre Eugenia, intentando averiguar por qué fuera del trabajo solo me relacionaba con mi hermana María. Obviamente, yo no lo entendía. Los psicólogos de mis sueños me preguntaban cosas que yo no conocía realmente; recordaba el nombre de María como parte de mis pesadillas del pasado, y tanto Enrique como Eugenia habían formado parte de esos horribles sueños. Pero, como ya he dicho, los recuerdo como eso; eran los restos de mis pesadillas, huellas de una realidad que nunca aceptaría como la mía.

El paso de los años no me ayudaba a dejar atrás aquellos demonios de mi pasado; los psicólogos de mis pesadillas se convertían en psiquiatras, las conversaciones en tratamientos experimentales. Llegó un momento en el que dormía más de lo que vivía, y debido al funcionamiento de la mente durante los procesos oníricos acababa soñando más de lo que dormía.

Llegado cierto punto empecé a ser incapaz de discernir una realidad de otra; llamaba María a mi hermana, en el trabajo me asustaban las preguntas que se me hacían, empecé a temer a todo mucho más... mi vida entera fue cuesta abajo. Acabé recluido en mi cuarto, y lo único que recuerdo de mi anterior vida es que me fui a dormir. Aquella noche empezó como cualquier otra; soñando. El de aquella noche empezó con un psiquiatra diciéndome que estaba curado. "Ya no hay nada que temer, Marcos." decía el Dr. Gil. "Todo estará bien ahora, en unas horas vendrá tu hermana María a buscarte." dijo con una sonrisa mientras se iba. Y aún sigo aquí.

Salí del instituto mental y me instalé junto a mi hermana María y su marido Antón en su casa. Les ayudo con las tareas del hogar y cada tanto paseo con ellos. No me dejan quedarme solo con los niños, pero si ellos están cerca me dejan hablar con ellos e incluso a veces jugar. Cuando llega la hora de dormir les oigo discutir; la mayoría de veces lo hacen sobre mí. Y el principal problema es que todo es muy real. Lo único que se me hace raro en este mundo son mis recuerdos; aquello que considero sueños del pasado tengo que llamarlo "mi vida", y lo que siempre habían sido mis vivencias y experiencias ahora no son más que sueños y sombras de un pasado oscuro.

¿Descubriré algún día cual es la realidad? Si alguien lee esto y se siente identificado, si alguien puede compartir conmigo una historia similar, por favor hágalo. Si no voy a poder escapar de este mundo, ayúdenme a formar parte de él. ¿Cómo lo han hecho? ¿Dónde están? ¿Por qué no se habla de nosotros? Solo busco respuestas.

Firmado,
G.

Monday, 27 July 2015

Sobre "Despertar"

Qué decir... Despertar fue algo que nació de un impulso y murió cuando este desapareció. No me arrepiento de haberlo escrito, pero transmite cosas que ya no siento, o que ya no me interesan tanto como antes.

Primero hay que dejar claro que es una lectura incompleta; faltan capítulos intermedios que nunca escribí y pensé, faltan finales que nunca ideé, carece de puentes que liguen cada momento, los personajes tiene una mente demasiado fragmentada que se diferencia demasiado según el momento, la linea temporal carece de lógica...

Además, es una lectura desagradable. Si alguien la encuentra interesante, como lo fue para mí mientras la escribía, me alegro de haber llamado su atención. Si realmente se sienten molestos por la existencia de una historia como ésta, no puedo evitar darles la razón.

Despertar fue una transición, tanto a nivel de escritor como a nivel personal. Escribir eso... o vomitarlo, mejor dicho, me ayudó a ver muchas cosas a las que me había cegado porque a mi yo más joven no le interesaba ver. El odio, el asco, los personajes repugnantes y las situaciones absurdamente impensables que plantea despertar son fruto de algo pensado de forma incorrecta y expresado horriblemente.

Sí, la intención al escribirlo era que causara rechazo; si así lo hace, entonces ha cumplido con su cometido. En lo que a mí respecta, ha llegado a causar tal rechazo que me he visto forzado a abandonarla. Tras más de dos años sin escribir sobre ello, dejo aquí lo que fueron los últimos capítulos que escribí.

Aunque no sea algo que disfrute, aunque no sea algo de lo que me enorgullezca, opino que es algo que tampoco debo ocultar; este blog ha tratado muchos temas, y dejar a "Despertar" de lado habría sido incorrecto por muy repugnante, inmaduro e intragable que sea ese esbozo de historia.

Gracias por su tiempo,

Nacho

Despertar: (14) Realidad

Capítulo 14: Realidad

¿Qué esperas que haga cuando la única persona que para mí estaba segura de sí misma me hace ver que en realidad no es más que un montón de piezas arregladas en cinco minutos por toneladas de cinta aislante? No es que cayeses delante mío, sino que te tiraste. Te derrumbaste, sin previo aviso. Veía que tus cimientos habían cambiado, pero no esperaba algo así.

“Ésto empieza a parecer ya un cuento de hadas, poco más que niñerías, tío. Estos comportamientos son completamente ilógicos.” dijo Julius altivo. Suspirando, su tío ignoró sus palabras, de las cuales empezaba ya a cansarse. A veces me olvido de que es hijo de sus padres, con todo lo que ello conlleva. La interrogante y curiosa mirada de Julius le impacientaba, tanto que llegó un punto en el que no pudo más, y explotó. “Dime entonces, qué diferencia tanto a tus cuentos de hadas de la historia. Por qué crees más en aquellos libros que te han inculcado en la escuela y demás en lugar de reconocer el valor de aquellas aventuras que siempre te habían parecido fantásticas e imposibles, que ahora presencias y quizás en un futuro vivas.”.
Ésto lo dijo tan rápida y violentamente que su sobrino se vio incapacitado para responder, ya fuese por el terror que tenía a algunas de las reacciones de Glenn o por el simple hecho de no saber qué contestar ante tal palabrería. Viendo que el joven no iba a agregar nada al respecto, el tío siguió con su discurso...
“No puedes decírmelo. Y, ¿sabes por qué? Porque no hay diferencia alguna, al menos no para ti. Suponiendo que mis abuelos viviesen alguna guerra, solo para ellos se podría distinguir la ficción de la realidad. Pero no más de lo que distingues lo que pasa en un lugar o en otro. Tú no has vivido ninguna situación parecida, aquellas conspiraciones sobre las que tanto leíste, aquellos entramados políticos que los personajes de aquellas novelas de posible fantasía protagonizaban a base de desconfiar los unos de los otros, aquellos intentos de tomar un trono que no es propio, el deseo de gobernar por encima de todos... y tampoco has vivido ninguna guerra que quizás pueda ser considerada real. A ambas las conoces solo como datos. Me atrevería incluso a decir que para ti son más reales aquella extraídas de la ficción: de éstas al menos conoces toda la verdad, porque, de cierto modo, las viste, sucedieron delante tuyo, y supiste que pensaban todos y cada uno de los personajes en todo momento. Pero, en cambio, de la historia que podríamos llamar “verdadera” solo nos quedan datos sueltos. Notas, alguna que otra prueba física. Pero nunca veremos nada que aquellos que “ganaron” no quisiesen, en su momento, que sepamos. La diferencia entre tus conflictos de ficción y los históricos, es que al menos conoces toda la verdad sobre los primeros. Respecto a los segundos, montones de datos, nombres y vidas perdidas se han disuelto ya sea por el paso del tiempo o del fuego. Porque ten algo claro: la historia siempre la escribe el que gana. Y nadie más.”
Tras unos minutos de silencio, Julius se derrumbó sobre el sillón más cercano. Se pasó un largo rato sin hablar, posiblemente horas. Una vez que consiguió aclararse, se levantó lentamente y empezó a hablar. Otra vez lo hará con esa molesta vocecita marimandona. A ver que dice ahora “su majestad”.



En el fondo todo errores que hay que evitar, no podemos saber si son verdaderos o falsos porque no son eso, más que rastros dejados en un libro, en una pared, o en lo que fuese - se podría valorar a la fantasía al mismo nivel que a la historia

Despertar: (13) Soledad

Capítulo 13: Soledad

Cuando llegó, todo había acabado ya. No quedaba nadie a quién rescatar. Todos estaban muertos.

“Cuando llegué la encontré así,” le dijo Jordi, el amigo de Caroline que había contactado con él para hacerle llegar la noticia, “aferrada fuertemente al picaporte. Al abrir la puerta, su cuerpo se arrastraba con ella, sujetando su mano siempre aquél pomo de plata.” Ésto es una locura. Julius todavía no era capaz de creerlo. Caroline no podía haber muerto, no tenía sentido. Ella era, para él, la mismísima definición de supervivencia.
“No quiero ni imaginarme qué puede haber pasado. Para mí, está claro que huía de algo, pero ella nunca me habló de nada que no fuese su día a día o ese tal Ignacio, el cual llegué a pensar que no existía.” Tras decir ésto, hizo una pausa, que Julius aprovechó para tomar un vaso de agua mientras pensaba en lo increíble y a la vez lógico de aquella historia. Ella no podía morir así. Ella tenía que caer luchando, no sufriendo consigo misma. O con quien quiera que fuese. Tras ver que Julius volvía a mirarle interrogante, Jordi siguió hablando. “Ahora veo que no era cosa mía: ella siempre quiso presentármelo, pero casualmente siempre salía una u otra excusa que impedía nuestra reunión. Ahora entiendo por qué: ella era él. Ignacio vivía en su interior. No es que no existiese, sino que se encontraba en su mente, y le hablaba como lo haría cualquier otra persona.” Al decir esta última frase, la voz de Jordi tembló, como si no se creyese sus propias palabras. Como si lo que decía no pudiese ser real. Dubitativo, siguió con su discurso. “Ella siempre destacaba lo poco que usaba el móvil, diciendo que no hablaba con nadie que no fuésemos aquel ente o yo. Al encontrarla, tras acomodar su cuerpo en el sofá, noté que su otra mano tenía el móvil aferrado con fuerza. Si liberar el picaporte requirió más trabajo físico del que pensaba que era capaz de realizar, abrirle la mano para coger el teléfono estiró las fronteras de mi fuerza hasta límites que yo mismo desconocía. El teléfono emitía la típica luz roja que titilaba anunciando llamadas perdidas.” Hizo una corta pausa, respiró profundamente, cogió el teléfono que tenía a su lado, y se lo mostró. “Eran catorce. Catorce llamadas perdidas. Catorce malditas llamadas perdidas, hechas desde su propio número, todas durante el período de tiempo en el que había estado conduciendo y caminando alrededor de la manzana.” Al decir ésto, se para repentinamente, cayendo en que había cosas que aún no había explicado.
“Cada vez que pienso en ésto, más increíble me parece, una locura.” Jordi suspiró, nervioso, antes de continuar. “Estuvo dando vueltas a la manzana. Más de veinticinco minutos en coche, y otros diez caminando. Los vecinos que la vieron dicen que parecía apurada, como si llegase tarde a casa de alguien.” Hizo una pausa antes de seguir, para evitar sucumbir al peso de las lágrimas que se secó con la manga de su polo intentando disimular. Demasiado débil. ¿Qué hacía Caroline con alguien así? Julius iba a decir algo, pero el barcelonés le interrumpió, para proseguir con su historia. “Volvió a casa. Llegó a casa. Fue a casa. Da igual como quieras decirlo o como lo pensase ella. La cuestión es que volvió a cruzar la misma puerta que acababa de abrir para salir en dirección contraria. Pero no se dio cuenta. Para ella, era la puerta de Ignacio. Estaba en el bloque de pisos de Ignacio. Acababa de cruzar su portal tras casi una hora de trayecto, y era incapaz de reconocerlo. Creía que era el de Ignacio.” Tras éstas últimas palabras, no pudo evitar romper a llorar, y Julius vio como se quebraba la figura de aquél individuo del cual no podía evitar compadecerse.
“Si te preguntase por Caroline, ¿qué es lo primero que se te viene a la cabeza?” le dijo altivo al hombre roto que sollozaba delante suyo. No repitió la pregunta a pesar de la tardanza, ya que sabía que no era el momento ideal. Pero tenía que comprobar algo. El cristal seguía siendo azotado por el granizo invernal. Lo que me faltaba. Juraría que yo solo había pedido que amainase un poco la lluvia. Y encima ahora acompañan a las ácidas gotas las lágrimas de un ignorante.
Sin dejar de llorar, el joven empezó a hablar. “Definitivamente, aquellos enigmáticos ojos, siempre ocultos tras unas gafas de sol oscuras como el más tenebroso de los ocasos. No me he visto con el coraje necesario para quitárselas.” Pobre iluso. La frialdad y arrogancia que ahora caracterizaba a Julius no eran algo de siempre. Su inocencia había derivado de forma natural hacia un mal genio destacable, y la influencia de su tío había hecho el resto. El catalán siguió hablando. “Pero esos ojos no eran para mí. No. Los había usado para describir a Ignacio a la perfección. Ella amaba a otro. Y ese otro ni siquiera existía.” Eso sí que es amor propio, Caroline. Veo que te querías lo suficiente como para no necesitarme.
“No tienes ni idea de lo que dices.” le dijo a Jordi, quedando éste paralizado tras oír las duras palabras. En un instante, el joven catalán se abalanzó sobre él, intentando golpearlo. Para cosas así me sirvió entrenar con el tío Glenn. Con un simple y ágil movimiento, el amigo de lo que había sido Caroline acabó en el suelo, sufriendo un golpe que le provocó una repentina apnea involuntaria. No se lo esperaba. Hasta cierto punto, le daba pena tener que hacer algo así con aquél hombre. Pero nadie tenía permiso para tocarle. Menos aún un desconocido como aquél. Le dio una patada en la espinilla y otra en la cara, rompiéndole la nariz, que comenzó a sangrar a borbotones.
-¡No vuelva a intentar tocarme hijo de puta!-le dijo Julius violentamente.

Contrólate. Pero ya era demasiado tarde. Sin dudarlo ni un momento, Julius fue hacia donde yacía inerte el cuerpo de Caroline, cogió el cadáver, y lo tiró encima de aquél indecoroso llorón. “¡¿Sigues tan enamorado de sus ojos ahora cabrón?! ¡Míralos! ¡Míralos y disfruta una vista única!” Violentamente, Julius cogió el cuerpo de su amada por los pelos y puso aquella desanimada cara a la altura de la suya. Segundos después, las gafas de Caroline estaban en el suelo, rotas, y sus cuencas oculares, vacías, observaban ciegamente al catalán, que rompió en un llanto desesperado y agonizante. “¡¿Ves ahora por qué te llamo ignorante niñato?!¡Espero que hayas tenido suficiente!”. No tenía que hacerlo. Pero sabía que quería, y quedarse con ganas de algo no le convenía. Julius sacó repentinamente una pequeña Colt plateada del 96 y, fugaz, disparó una bala que fue a parar justo entre ceja y ceja del que había sido su compañero de agonías durante la última hora. Al menos así se callará un poco. Podría haberme ahorrado todo este alboroto si no fueses tan estúpido. Sigo sin entender que vio Caroline en ti.

Despertar: (12) Creación/Destrucción

Capítulo 12: Creación/Destrucción

No había sido intencionalmente, pero se pasó la noche pensando en ello. Y, justo antes de caer presa del cansancio que le abrazaba, encontró la solución.

“No me entiendes, Caroline. le dije lo más tranquilamente que podía. Estás a mi merced, podría hacer lo que quisiese contigo. Yo te creé, y yo podría destruirte, ¿pero cómo puedo hacer para decírtelo sin tan fatal final?
Ella no podía aceptarlo, pensar en que aquella persona en la que había confiado, su modelo de seguridad, podía caer. Y era normal que no pudiese; el modelo no caía, simplemente intentaba comunicarle que no era tan firme como creía. Que había fallado. Que la muerte no era algo que pudiese controlar, que escapaba a mi alcance. Que no podía controlar absolutamente todo. Pero yo sabía que en algún momento ella se daría cuenta. Y, para ser sinceros, yo prefería que muriese a que viviese una mentira que se me iba de las manos. Una mentira que ya no podía moldear.
-¿Cómo esperas que entienda algo que ni siquiera me has explicado?” -preguntó ella, nerviosa. - “¿Estás seguro de que estás en tus cabales?”
Claro que estaba en mis cabales. Por primera vez en mucho tiempo era verdaderamente consciente de lo que me envolvía, de lo que me influía y de aquello que podía cambiar. Después de lo que me parecía una eternidad, volvía a ver las cosas como en realidad eran. Acababa de aprender a distinguir la realidad que ansiaba y la que, voluntariamente o no, había creado. Y ello hacía que sacase conclusiones que hubiese preferido desconocer.
Pude observar que se mordía las uñas, igual que había hecho durante su infancia hasta antes de ser abandonada. Desde que nos habíamos reencontrado en Barcelona, era la primera vez que la veía hacerlo. Siempre había pensado que habría perdido la costumbre, pero, como ya he dicho, no podemos controlarlo todo.
-Yo moldeé tu destino a mi gusto, Caroline. Yo escribí, una a una, las delicadas líneas que trazaban el guión de tu vida.”- le dije, algo inseguro.
No sabía muy bien como explicárselo, ¿cómo hace uno para explicarle a alguien a quien ama que nunca ha sido capaz de elegir, que nunca ha sido la dirigente de su vida, que todo lo que le ha pasado era premeditado, tanto para bien como para mal? Me armé de valor, y se lo dije, no sin dudar de mis propias palabras. Pero ella nunca sabría de mi inseguridad; que sabía mentir mejor que nadie seguía siendo una realidad.
-“Ya me conoces de sobra, no solo por esos años que compartimos durante nuestra infancia, sino también por los últimos meses que hemos pasado juntos.”-respiré hondamente antes de seguir- “Mi influencia llega hasta rincones de los cuales yo mismo tengo miedo, y me aterroriza pensar en lo que podría pasar si algún día uno de los pilares que me sujetan se volviese contra mí. Aquél día, cuando te marchaste, fue exactamente lo que hiciste. Derrumbarme. Me dejaste a merced de los cuervos. ¿Y qué hice yo? Enviar a las águilas. Al principio me propuse arruinarte la vida, y vaya si lo conseguí. Pero tras ver hasta dónde había llegado mi desaforada reacción, decidí intentar arreglarlo: envié a Julius, un pequeñajo tan necesitado de tu compañía y protección como tú, más tarde a Ricardo, del cual me vi obligado a deshacerme por tu bien, y su amigo, el cual te trajo aquí para acabar de pagar su deuda, donde nos hemos reencontrado. Absolutamente todo hecho, dirigido y planeado por mí.”
Asustada, Caroline se dirigió de forma atolondrada hacia la puerta y tomó el pomo con una fuerza inhumana. Pude notar como se atrancaba, pero al parecer ella no.
  • “Déjame ir,”-me dijo ella mientras la desesperación desbordaba de sus lacrimosos ojos- “te lo ruego. Es lo último que te pediré. Por favor. Te ruego que me dejes ir, por pena, o por el color de tus ojos. Por lo que sea, pero déjame ir. Por favor.”
Esas fueron las últimas palabras que pronunció Caroline. Fueron las últimas palabras que volví a saber que hubiese dicho. Nunca más supe qué fue de ella; solo noté que, repentinamente, mientras ella se aferraba al pomo, mi existencia desaparecía junto a lo cada vez más distanciados temporalmente y arrítmicos latidos de su corazón. Quizás yo no era más que una imagen sacada de un rincón de su mente que ansiaba un compañero. Mientras desaparecía, caí en una cosa; mis ojos eran lo último que había visto ella, y también lo único en los últimos años.

...

Caroline no sabía por qué le había llamado Ignacio, pero fue sin dudarlo. Nunca le había escuchado temblando tanto a la hora de hablar, hundido en aquella inseguridad, así que estaba segura de que algo malo estaba pasando.
Este tipo de situaciones la ponían de los nervios, más aún cuando surgían tan de repente. Y, para colmo, tenía que tomar el autobús bajo la tormentosa lluvia que bañaba a la ciudad aquellos días, que no podía considerarse precisamente relajante. ¿Quién diría que hace menos de cinco minutos ella estaba cómoda, sentada en el sillón, escuchando uno de los primeros discos de Muse a todo volumen mientras disfrutaba de una buena cerveza? Durante el trayecto se envolvió en las melodías de la banda de hard rock Guns'n'Roses para disfrutar al menos de la compañía de la música y apagar el teléfono, con la intención de evitar desesperados intentos de contacto. El señorito se ponía muy impaciente cuando se le hacía esperar normalmente, así que seguramente no tardaría ni otros cinco minutos en volver a llamarla. Tan solitario, frío y aislado para unas cosas y tan temperamental e inseguro para otras.


Vio como aquella chica ciega volvía a buscar torpemente la cerradura para meter la llave, y salió rápido a abrirle la puerta. “¡Buenos días Caroline! ¿Otra vez por aquí?” saludó simpáticamente. La joven, sin parar de caminar, le dedicó un ademán acompañado de una sonrisa algo forzada, mientras iba con cuidado de no tropezar con los escalones. Corriendo por las escaleras. Éstos jóvenes han perdido el respeto a la calma y la tranquilidad, creen que le ganan tiempo a la vida por ir más rápido. No se dan cuenta que la meta es la misma para todos, sin importar si llegamos antes o después. Aquí no hay premios para el primero. Calmada, como siempre, volvió hacia su casa, a atender a su inválido marido, que yacía paciente en el sofá pidiendo un té caliente. Mientras caminaba podía oír el golpe de los zapatos de la chica perderse en la infinitud de la escalera. Dejando prisas y calmas de lado, hay que estar mal de la cabeza para comprar un octavo piso sin ascensor...


No, no bastaba con el ruido de la tormenta. La señorita necesitaba pasearse con sus zapatitos de lado a lado del edificio. Ella solo intentaba dormir. No era mucho pedir que la señorita dejase de pasearse arriba y abajo. Por momentos llegó a pensar que la pobre era tonta, pero tras un tiempo aparcó la idea para dar por hecho que simplemente tenía muy poca memoria. La mayoría de veces que le decía algo, la joven la miraba como si no la conociese. En cambio, había momentos en que se mostraba de lo más simpática. Quizás tenga alguna enfermedad mental que hace que no reconozca a las personas. Bah, tampoco es algo que me incumba.


Estuvo un muy buen rato tocando la puerta de forma desesperada, pero al final entró, y allí estaba él.
-“Querida...” -saludó él cariñoso, acercándose a ella para abrazarla.
Pero Caroline le rechazó. ¿Por qué lo he hecho? Algo entristecido, se acercó.
-“Algo malo va a pasar cariño... te juro que no es mi intención, pero por primera vez en mucho tiempo algo escapa a mi control.”

¿Qué le pasaba ahora a éste? ¿Qué había hecho? ¿Qué iba a hacer? Caroline no entendía lo que decía Ignacio. No tenía ni pies ni cabeza. Al menos podría haberme recibido con algo para tomar, o acercarme a un asiento. Aunque en su piso me sintiese como en casa, que la ayudasen a sentarse era algo que nuestra invidente compañera agradecía, y más aún si el gesto iba acompañado de los preciosos ojos marrones de su acompañante fijos en los suyos.

Despertar: (11) Desesperación

Capítulo 11: Desesperación

Abrió la puerta apresurada, como alma que lleva el diablo. Eso haría sonar la alarma. Se darían cuenta de que estaba allí. Pero nada cambió. Aquella gente ignoraba el molesto pitido, y ella seguía sola, solo que ahora se encontraba habiendo cruzado una puerta que la llevaba a un lugar que no conocía. Llorando, se dejó devorar por aquellos hambrientos cuervos. Alguien giró la mirada en el momento en que soltó su agónico grito. Para ella, era atención suficiente. Más que aquella ansiada pero nunca recibida.

Despertó sudorosa, angustiada y con el corazón acelerado en exceso. Había vuelto a tener otra de sus horribles pesadillas sin sentido. A pesar de que siempre eran diferentes, no dejaban de compartir entre todas algo en común: ella estaba sola, huía de algo y nadie le hacía caso. Pero había algo más perturbador: sin importar los años que habían pasado, en sus sueños Caroline veía las cosas nítidas, mucho mejor de lo que las recordaba haber visto cuando era joven, antes de perder sus ojos y, con ellos, su vista. Veía calles coloridas, veía edificios llenos de decorados que transmitían una calidez de la cual prácticamente no recordaba haber disfrutado. Y veía a gente.
No eran vagabundos, abusadores o guardias, tampoco eran mercaderes ahogados en joyas o engordados a base de caviar. Eran gente normal, vestidos de forma normal, comportándose de forma normal. Y éso era lo que los hacía extraños. Ella nunca había visto a gente que pudiese ser considerada normal, ya que su vida había sido de dos formas realmente distintas y completamente desligadas, sin puntos medios. Había pasado de vivir en el mundo de los negocios a corretear tal rata por unas calles que con el paso del tiempo y los callos de sus pies había acabado por conocer. Había vivido envuelta de comodidades, sin conocer las calles, siendo los anchos pasillos de su casa lo más parecido a una calle, sin conocer el mundo exterior, todo había ido siempre hacia ella; las amigas con las que jugar, aquellas interminables pilas de libros por leer, manjares que devorar, gente en la que confiar... todo. No es que estuviese especialmente orgullosa de su apellido, aquél que hace tiempo olvidó debido a su inutilidad, pero sabía que su familia había sido una de las que lideraban el comercio europeo durante su auge. Lo que pasó después, con la guerra, fue lo que le hizo cambiar aquella persona que una vez fue para convertirse en Caroline, la dura aunque a veces inocente chica que había sido hasta hace poco.
La vida de Caroline no podía compararse con la de aquella niña caprichosa que se había paseado llorando por los pasillos debido a la pérdida de uno de tantos peluches con los que se encaprichaba. En vez de tender todo a acercarse hacia ella, para Caroline la vida era una constante lucha, una búsqueda sin fin, una misión que parecía sacada de un videojuego en el cual no podías salvar la partida, viéndote obligado mantenerte despierto en todo momento para evitar cualquier fallo, sin derecho a descansos. Desvivirse por conseguir la comida necesaria para aguantar un día, una hora, o un minuto más. Ignorar dolores que superaban todo umbral establecido y por establecer, saber con quién se podía bromear, de qué había que huir, cuando se ganaba algo llorando lágrimas de cocodrilo... y cuando no.
Aún echaba un poco de menos a aquel niño que la acompañó aquella noche. Se había separado de su familia y estaba esperando a que acabase el toque de queda para poder intentar volver a casa. Pero nunca llegó a reencontrarse con su familia. Aún lamentaba no haberlo visto venir. Los había oído, pero no esperaba que esos cuentos fuesen ciertos. La gente no podía ser tan inhumana. “Algunos son humanos aunque no te lo parezcan. Humanos, demasiado humanos.” le había dicho aquel sabio sifilítico alemán con el que compartió callejón dos noches. Por miedo, el ser humano se volvía capaz de todo. Yo me volví capaz de dejar pasar la obviedad, de hacer como si aquello que ya sabía no fuese cierto. Y aquél guardia fue capaz de ahogar al niño antes de llevarlo al montón de cadáveres que ya tenían acumulado.
Fue entonces cuando me di cuenta de que no podía volver a cometer un error. Cuando me di cuenta que tenía que deshacerme de mi humanidad: tenía que perder toda esperanza en mi raza, tenía que perder todo sueño que me hiciese creer que las cosas podían salir mejor de lo que ya sabía que resultaría de ellas.
Aún podía recordar aquella noche. Desde entonces, todo había sido muy diferente. Había conocido a Julius, habían compartido un par de semanas en las que no había vuelto a sentirse sola, se separaron después al encontrarse con Ricardo y su compañero, y tuvieron la suerte de reunirse gracias a la ayuda de esos dos. Lo que aconteció después fue algo que mientras vivía le costó creer. No le parecía real.
Había conseguido alcanzar una estabilidad. Ricardo la guió hasta Barcelona después de dejar a Julius con su tío Glenn. Durante el camino, éste le contó la historia de Ricardo y su familia. Mientras le narraba los acontecimientos, podía distinguir cierta admiración y, al mismo tiempo, un ligero toque de resentimiento, siempre manchados con la pena de haber perdido a un compañero.
Justo entonces, cuando me señaló la puerta y me dijo que a partir de aquél momento me tocaría vivir ahí, me sorprendió aún más de lo que ya lo había hecho con las múltiples conversaciones que habíamos disfrutado durante el trayecto: me abrió la puerta, entró conmigo, y nunca más me abandonó. O al menos eso era lo que pensaba hasta hoy.
Me ayudó a tener una vida normal; volví al colegio, recibí una educación adecuada a mi estatus social, conseguí la nota suficiente para cumplir con los mínimos que exigía la beca que necesitaba para estudiar aquello que siempre había querido y me mantuvo hasta que acabé la carrera.
Soportó mis berrinches, tanto de adolescente pre-púber insoportable como los de mujercita crecida pre-universitaria. Me cuidó, me protegió de todo aquello que era una amenaza para mí. Me devolvió la esperanza, me devolvió la humanidad. Me ayudó a volver a llorar, a volver a reír, a volver a sentir. Hizo que volviese a vivir. Pero hoy, cuando llegué a casa, le encontré muerto.
No soy capaz de decir si se suicidó o si fue una muerte natural. Por su cara, diría que murió feliz. Murió liberado. No fue hasta después de muchos años que me lo confesó; se sentía en deuda conmigo por lo que me había hecho, y se sentía en deuda consigo mismo por no dejar un legado en la historia. Y el hecho de saber que había contribuido a mi educación, a mi crecimiento y a que mi vida fuese mejor le hizo sentirse pleno, hizo que recuperase aquél amor propio que perdió en París.
Pero eso no negaba la dura verdad; feliz o no, había muerto. Me había dejado. Sabía que aquél día llegaría, pero no lo esperaba. Gracias a él ahora era capaz de vivir sola en un piso que no había visto nunca, aunque eso no evitaba que lo conociese como a la palma de mi mano. Le peiné como tantas otra veces había hecho cuando él aún vivía, y mientras lo hacía recordaba sus risas cuando mi falta de visión hacía que acabase metiéndole el peine en el ojo o cuando se miraba al espejo y se daba cuenta del desastre que yo había hecho con su cabellera. Le cerré los ojos, lo maquillé mínimamente y lo apoyé sobre su cama en una posición que dejase claro que se trataba de una gran persona. Entonces me dirigí hacia la puerta para salir. Tenía que ir a declarar su defunción y solicitar que se llevasen su cuerpo al crematorio común. No quería, pero tenía que hacerlo. Dejé de pensar y me dirigí hacia allí.
Pero a medio camino no pude más. Rompí a llorar mientras cruzaba la plaza de Sants, incapaz de soportar el dolor. Sí, había hecho amigos estudiando, pero nadie, a parte de Julius, me había comprendido nunca como lo había hecho él. Y yo ni siquiera sabía su nombre, nunca me lo dijo.
Cuando llegué, noté que un hombre, joven, de mi edad o posiblemente un pelín mayor, me miraba asiduamente. Obviamente, no le veía, pero notaba su mirada en la nuca, la energía que transmitía. Como si nada pasase, me puse en la cola y esperé mi turno. Pero yo seguía sintiendo su mirada en mi nuca, seguía notando su respiración. Cuando llegó mi turno, me preguntaron fríamente la muerte de quien venía a declarar. “Marc Ripoll” dije insegura. Y entonces, aquel hombre que me había estado mirando empezó a moverse hacia mí. Escuché sus pasos, uno a uno, como si fuesen a cámara lenta. Se pararon y noté su respiración a mi lado, noté como se interpuso entre mi cara y la ventanilla, le susurró algo al encargado y me cogió la mano. Me llevó fuera y, tras caminar un buen trecho, empezó a hablarme. “Siento mucho lo de P.J. Era un gran amigo.”

Fui incapaz de responder. No sabía de qué conocía aquél hombre a mi padre adoptivo, y mucho menos sabía por qué lo llamaba P.J. Al parecer entendió mi silencio y retomó sus palabras. “Phill fue siempre un gran amigo, alguien en quien podías confiar para lo que fuese. No sabes lo que siento su pérdida. Me habló muchísimo de ti, siempre y cuando no me equivoque. Eres Caroline, ¿no? Soy Ignacio.”

Wednesday, 22 April 2015

2. El Brujo Motroco y el Cola Cao

Hoy he tenido que recurrir a mis sortilegios y artimañas en pos de una grave enfermedad.

Mi cliente me pidió cita preocupado; él creía que un hechizo había hecho enfermar a su hijo. Según me contó por teléfono, al mozo lo había llevado ya a urgencias de tres hospitales diferentes, dos psicólogos, un psiquiatra y un argentino; ninguno había sido capaz de tratar el mal que hacía enfermar a su hijo, y solo unos pocos lo habían reconocido como el siniestro mal que era.

Le dije que lo ideal sería encontrarnos en el Mercadona que hay a doce minutos de mi casa; así se sentiría menos intimidado y a la vez yo podría hacer la compra. He de reconocer que al principio se sorprendió por el lugar de reunión, pero la desesperación le pudo y acabó accediendo tanto a mi desorbitado precio como a mis para él extrañas exigencias geográficas.

Nos encontramos en la sección de yogures; me intentó interrumpir. sin éxito, mientras me decidía entre el pack de dieciséis yogures (uso los de coco para un preparado contra el mal de ojo) o los YogoMix que tienen esas bolitas de chocolate que quedan tan bien con el yogur que las acompaña.

Cuando noté que empezaba a alejarse decidí hacerle caso y le saludé con una ligera reverencia.

-¿Es usted el...? -empezó a decir dubitativo el caballero.

-Calle, calle caballero, que yo ya sé todo lo que ha usted de decirme. -le interrumpí.- Sí, soy Motroco, el brujo que usted contrató.

-Oh, perdone, le confundí con aquel futbolista del Barça, ¡tenga un buen día! -dijo mientras se marchaba algo avergonzado.

Quizás mi chándal le había confundido; decidí que, para evitar más confusiones, lo mejor sería enviarle un WhatsApp a mi cliente para avisarle que le esperaba en la sección de bebidas donde estaban la Coca-Cola y la Pepsi. La posición de los astros hizo que mis dedos se deslizasen, y junto al mensaje de negocios se envió uno de esos emoticonos que son una caquita sonriente; no había nada que hacer al respecto, el destino era el que era.

Mi cliente contestó al cabo de pocos minutos con un claro y conciso "Ok, estoy llegando.". Esperé en la sección de bebidas hasta que llegase, mirando a los ojos a todas las personas que se paraban delante mío hasta que me pedía por favor que me moviese; yo y mis dos metros con diez centímetros, delante de la sección de Coca-Cola, les impedíamos hacerse con su ansiada bebida. Tras muchas quejas de personas y extrañas miradas, mi cliente llegó.

-¿Señor Motroco? -preguntó un hombre bajito, que debía de medir un metro sesenta- Hablé con usted por teléfono. Soy el señor Pérez.

-Eso ya lo sabía caballero. -le respondí.- Dejémonos de nimiedades y vayamos al tema importante; ¿para qué me ha usted contratado con tanto secretismo?

La cara del señor Pérez enrojeció, para segundos después convertirse esta en lo más parecido a un tomate que había visto desde que dejé de la sección de verduras en busca del yogur ideal. Al cabo de unos minutos durante los que pensé que mi cliente había tenido un ataque o algo, éste rompió a llorar desconsoladamente.

La imagen a la que dio lugar tal situación era bastante extraña, o al menos eso me hacían notar las miradas de otros clientes de tan afamado supermercado; un hombre de metro sesenta lloraba a moco tendido apoyando su cabeza sobre un gigante de más de dos metros que se arrodillaba para consolarlo. Al cabo de unos minutos vinieron trabajadores del supermercado a ofrecernos ayuda, y al cabo de una hora los de seguridad se encargaron de sacarnos.

-¡No!¡No me saquen que si no compro las coles mi mujer me mata! -rogaba el señor Pérez. -¡Si se le mete una dieta en la cabeza no hay quien se la saque!¡No me hagan esto!

Sus palabras sirvieron de poco, y con mucho esfuerzo conseguí que no llamaran a la policía. Para intentar calmarlo reviviendo su niñez, me puse a cantar la antigua canción del Cola-Cao; esto no hizo más que agravar la situación, y tuve que recurrir al servés-abíer para calmarlo. Me alegré de haber elegido el Mercadona de esta zona, porque sinó no habría sido tan sencillo.

Tras acabarnos la cerveza barata volví a intentar hacerlo hablar. Al preguntarle por el problema estuvo a punto de volver a romper a llorar, así que decidí tomar una vía alternativa.

-Calle, calle, que ya le entiendo señor Pérez. -dije sonando convencido. -Alí babá sinbad, besiktas gorbachev. -me puse a repetir, cada vez hablando más alto. -¡Alí babá sinbad, besiktas gorbachev!¡ALÍ BABÁ SINBAD, BESIKTAS GORBACHEV!

-¡Dios le bendiga Motroco! -exclamó Pérez emocionado.- ¡Ahora entiende usted el dolor de un padre!

-Claramente señor Pérez. -respondí altivo.- Son cosas que pasan, pero no se han de dejar estar impunemente. -dije, para sonar algo más inteligente. En realidad seguía sin tener ni idea del problema.

-Pero es que tal cambio es demasiado bruto, ¡mi hijo no puede hacerme algo así!

-Lo entiendo a la perfección, sé por lo que está pasando. -dije, esperando que me contase más detalles. Quizás su hijo se había vuelto perico, pero no quería equivocarme y quedar mal ante el cliente.

-¡Es que no lo entiendo!¡Lo educamos para que fuese por el buen camino! -dijo atragantándose al acabar con un eructo a medias.

-Seguramente deba recurrir a mi hechizo más poderoso... -dije intentando parecer dubitativo. ¿Quizás se había vuelto fan de los gemeliers esos su hijo?

-¡Y quizás ni siquiera eso sea suficiente para hacer que deje el Cola-Cao y vuelva a tomar Nesquik!

Al instante me callé. Le miré seriamente, a lo que él respondió con una mirada triste y preocupada. Me puse a mover las orejas (la derecha primero, la izquierda después, seguido de tres veces ambas a la vez) para intentar alegrarlo, pero no funcionó. El señor Pérez se había dado cuenta; para un problema de tal magnitud no había solución, solo podía esperar que la suerte estuviese de su lado.

El del señor Pérez fue el primer caso que fui incapaz de resolver; hay cosas con las que uno no espera encontrarse en la vida, y ese tipo de conversiones son una de ellas. Por suerte, ya me han llegado las nuevas tarjetas de contacto, en las que especifica que no trato problemas lácteos.

Tuesday, 24 March 2015

1. El Brujo Motroco

No me conoces porque los brujos nos mantenemos en las sombras de la magia negra. Algunos dicen que la magia negra no tiene sombras; pamplinas, lo que pasa que como la magia es negra no se nota que hay sombra.

Supongo que te preguntarás por qué sé tanto sobre magia. Bueno, no me gusta mucho decirlo abiertamente porque la iglesia nos ha perseguido siempre a los de mi tipo, pero soy brujo. Pero brujo de los que son brujos en serio, brujo de verdad de la buena.

Puedes llamarme Motroco, aunque prefiero mantenerme en el anonimato. Como autónomo centrado en el mercado de la brujería, yo soy tu último recurso en las situaciones desesperadas. El Brujo Motroco; trabajo serio y garantizado, te recibo las veinticuatro horas del día de lunes a viernes de 8.00 a 13.00 y de 16.00 a 20.00, y de 9.00 a 21.00 los fines de semana (Cerrado durante festivos).

Como brujo, yo soluciono todos los problemas de tu vida. Mi magia hace que no se me escape nada; problemas de amor o una calentura, puedo conseguir que recupere a su pareja de inmediato. Vidente y Gran Médium con experiencia y muy mucho poder natural, el Brujo Motroco puede hacerse cargo de todos tus problemas. No le importa lo difíciles que sean, una de cada cinco veces encuentra la solución el 100% de las veces, casi siempre tardando menos de una semana y tres miércoles.

¿Crees que no tienes problemas? Seguro que sí, solo que te haces el borrico para que no te cobre; no te preocupes que el servicio del Brujo Motroco a la larga sale barato porque seras feliz, rico y tendrás trabajo para rato. El Brujo Motroco le ayuda en la resolución de problemas de todo tipo; desde trabajo hasta atraer personas queridas, recuperar a su pareja, sacar a flote su negocio y salvar (o deshacer) su matrimonio a voluntad.

Pero el gran Brujo Motroco no se limita a cosas tan mundanas; capaz de quitar todo tipo de hechizos (¡Otros payasos de la competencia podrían haberte embrujado!), deshacerme de tu mal de ojo (el Brujo Motroco tiene una sonrisa muy bonita), conocer los secretos de protección (creo, aunque tampoco puedo asegurarlo porque no sé bien qué significa), enfermedades crónicas (como el hipo o el hambre), problemas judiciales (mi primo es abogado y no es de los que se llevan ahí colgados) o la suerte en la vida.

Todo esto es posible porque el Brujo Motroco tiene a los espíritus más rápidos que existen del otro barrio. Estos espíritus, expertos en el amor y las matemáticas, solucionarán casi todos sus problemas (no llevan muy bien lo de las raíces cuadradas, pero van tirando).

El Brujo Motroco también prepara unas hamburguesas muy ricas y limpia casas a domicilio.

Monday, 23 March 2015

Despertar: (10) Improvisación

Capítulo 10: Improvisación


Si mantuve nuestra relación fue por puro protocolo y conveniencia, nada más. No me agradezcas haber sido bueno contigo, no lo merezco.

La verdad, me lo inventé sobre la marcha. A pesar de que nunca había tenido ganas de ir, decidí que mi deber era avisar de que tenía tiempo y así organizar el viaje. Todavía no entiendo por qué lo hice. Supongo que, aunque en le momento no tuviese ganas, sabía que una vez allí disfrutaría del momento. O al menos eso creía. Nadie sabía que me iba a presentar allí, dejando de lado a unos pocos elegidos encargados de allanarme el terreno y facilitarme algún que otro encuentro. Iba a ir de incógnito, y los carnavales eran algo que facilitaba en demasía esa incursión. Un trajecito, una máscara, y todo arreglado, nadie sabría quién era. La duda era, ¿a quién atacaría primero?
Posibles víctimas. Aunque lo ideal habría sido barrerlas a todas de un golpe, no era algo fácil, ni tampoco algo del todo posible Además, ni siquiera estaba seguro de si era eso lo que quería. Entre todas posiblemente cubrirían una superficie superior a la hectárea, y recorrerla ágilmente no era algo que mi torpe cuerpo pudiese permitirse. Además, aunque todas necesitasen de ese golpe justiciero, había algunos sujetos que lo requerían con mayor urgencia.
Había intentado ocultar mi rencor hacia su persona, pero en el fondo tenía esa pequeña llama carcomiéndome el alma, haciéndome dudar de mi propia sinceridad. No le había mentido a él al decirle que no le culpaba. Primero me había mentido a mí, me había hecho creer hasta el más mínimo detalle de aquel falso perdón, de aquella falta de ira, de aquella ausencia de desasosiego y violencia desatada. Y una vez que mi ingenuidad me lo había permitido, le hice llegar a él un mensaje que, para mí, era verdadero. Pero en realidad no era más que una mentira. Una muy trabajada, la mentira perfecta. Me había encargado de asimilarla yo mucho antes de poder llevarla a práctica. Y, al final, como si de una sublime obra de arte fruto de la inspiración se tratase, escribí la misiva cargada con el pecaminoso fruto de mi auto-engaño.


Había llegado la noche. No era un trabajo difícil: solo tenía que acercarse a él, matarle, y huir. No sería la primera vez que hiciese algo parecido, aunque sí la primera en la que no daría la cara antes de acabar con alguien. Eso le apenaba. Que su víctima no supiese que era él quien lo mataba. Pero no quedaba otra forma de actuar, el sigilo y el secretismo no eran una opción de la cual podía prescindir.
Había deshechado la idea de encargarse de alguien más, ya que disminuiría sus posibilidades de fuga. Además, a una persona se la podía matar sin que nadie se diese cuenta en una fiesta. Deshacerse de más ya lo convertiría en una carnicería pública. Tenía que hacerlo rápida y disimuladamente. No había marcha atrás: había demostrado que ya no podría aprovecharse más de aquella relación, y tenía que cortar con ella antes de que se convirtiese en parasitaria. Aún así, seguía doliéndole tener que hacerlo.




Bajo la luz de la luna, sus ojos brillaban todavía más, y él era capaz de ver dentro de ellos la razón por la que se había enamorado de esa mujer. No le había costado nada dejarlo todo atrás, e incluso podría haberlo hecho mucho más drásticamente si ella se lo hubiese pedido. Era junto a aquella sonrisa que siempre se había encontrado su hogar, dónde ardía la llama que noche tras noche le abrigaba, protegiéndole de los miedos que siempre lo habían envuelto, que siempre habían estado ahí para recordarle lo débil que era. Había sido. Ya no era débil, no con esa cálida y eterna sonrisa pendiente de él.
Sin dejar de bailar, bajó la mirada hasta encontrarse otra vez con esos ojos que lo llamaban, que hacían de cebo para retenerlo cautivo de una mirada que lo vaciaba, provocando a la vez una inmensurable paz interna y una desmedida revolución sentimental. Esa mirada era todo lo que necesitaba para vivir. Esos ojos, la sonrisa que los acompañaba, aquella pequeña y respingona nariz, y esos rizos que caían, alborotados, como si de un caos dentro del orden se tratase, por los lados tapando aquellas preciosas orejas adornadas con unos simples pero bellos pendientes de plata. En su cabeza no cabía la idea de que esa situación acabase en algún momento. “Nada es para siempre.” le susurró una voz familiar.
Todo empezó a volverse oscuro, la sonrisa y el cantar de su amada, cuya belleza había desaparecido para dar paso a la abominación en la que convierte a una persona el miedo y el terror a perder a alguien, se convirtieron en agónicos chillidos, mientras sus ojos, como esquirlas de un cristal recién roto, se clavaban en su yo interior invadiendo su alma, llenándola de desesperación y dolor como nunca antes lo había hecho ninguna otra persona. Aquella cálida hoguera que segundos atrás había abrigado a su alma del frío nocturno ahora se apagaba repentinamente. Porque solo habían pasado unos segundos, ¿no? ¿o eran ya horas? El tiempo se le hacía eterno, cada minuto duraba lo que una vida en esa agonía. Por suerte, llegó a encontrar cierta comodidad en el frío que le inundaba, así que decidió cerrar los ojos, y esperar a volver a despertarse en su lecho junto a su querida.


Nadie se había dado cuenta de lo que sucedía, ni siquiera la víctima. Todos estaban demasiado absortos en el festejo como para pensar que algo podía salir mal aquella noche. Carnavales. Ni que se tratase de Venecia. Aquella constante esperanza humana de que toda iba a seguir siendo igual, a pesar de que la vida siempre demostraba que era en el cambio constante dónde se encontraba el equilibrio, era lo que otra vez le había facilitado el trabajo. Tendría que volver a agradecer que la pasividad de la vida humana había hecho que perdiese aquella constante atención que le pone todo ser vivo a mantener su existencia.
Pero él no era uno de esos casos. Las circunstancias de la vida habían obligado a Ricardo a mantenerse al tanto de lo que le rodeaba, y él se había encargado de llevar sus capacidades de supervivencia hasta cotas inimaginables para alguien de su condición: de alta cuna, se suponía que tenía la vida arreglada para siempre. Pero como tercer hijo siempre supo que tenía las de perder, no solo en la herencia de bienes materiales, sino como imagen dada y portador de títulos en sí. De poco servía ser el tercero en el orden de herencia al trono español. Aunque, si lo pensamos bien, ser el mismísimo heredero del trono tampoco aseguraba nada.
Al final la caída de su familia no le había venido tan mal. Posiblemente estaría viviendo mejor. Al ser el tercer hijo, era el único preparado para enfrentarse al mundo exterior. El resto se habían dejado estar, dando por hecho que uno sería rey y el otro su mano derecha. Siempre dejándome de lado. Solo dudaste al final, Martín. Aún recordaba cómo su hermano había intentado pedirle ayuda. Tras años dejándole de lado “por no entrar en los planes reales” aquél bocazas había acabado por necesitarle. La familia es la familia, decía. Era muy fácil pedir ayuda cuando nunca te habías preocupado en saber si te la darían, porque ya presuponías que harían lo que pidieses por servir. Pero entre pedir y obtener hay un largo trecho a recorrer.


Están detrás de mí hermano.” le dijo preocupantemente aterrorizado. “Creo que lo sucedido con Juan Carlos no fue un accidente. Y yo seré el siguiente.” Por dentro, Ricardo se reía. Era él el que estaba acabando con su propia familia poco a poco, uno a uno, miembro a miembro, corona por corona. Y al mismo tiempo asegurándose un lugar en el mundo que se les iba a venir encima. Lo encontraba realmente divertido. Él, siempre dejado de lado, mirado con desdén como si sobrase, era ahora el que movía los hilos, el que mandaba. Y aquel tal Glenny le había dado la oportunidad. Nunca diré que el dinero da la felicidad... pero la compra. Nadie esperaba que pasase nada, pero aún así se tomó las precauciones necesarias para una situación de extrema vigilancia. Y la jugada le había salido bien. Los medios estaban seguros de que todo había sido un accidente, o al menos eso le hacían creer a la gente de a pie. Iba siendo hora de que alguien reconociese su trabajo, aunque no se lo atribuyesen a él. Le había salido realmente caro, mucho más de lo que le habría costado un sicario para la situación. Pero valió la pena. Pocas veces había disfrutado tanto como en el momento en el que vio a su hermano ahogarse. La gente había creído que cuando el yate de su hermano se hundió él intentó ayudarlo aunque no hubiese nada que hacer. Nada más lejos de la realidad. Invitó a su hermano a su pequeño navío y, disfrutando de una caipirinha observando la infinitud del ancho mar solo manchada por la presencia del Jinete de Gibraltar de su hermano. De repente, Ricardo chasqueó los dedos, y la risueña expresión de su hermano se tranformó completamente. Desesperación, desprecio, ira... solo por haber sido testigo de su falta de autoridad. No era necesario hacerle sufrir más, así que cuando cayó presa del somnífero que había puesto en su bebido lo metió en una bolsa y, cuidadosamente, se encargó de envolver el cuerpo en cadenas y facilitarle el acceso al fondo del mar. Pero antes de lanzarlo, se encargó de despertarlo. Entonces supo quién había mandado siempre. “Buenas noches hermano, decido convertirte en el heredero de Poseidón, te toca reinar los mares. Aunque en silencio, por favor.” le dijo, antes de tirarlo personalmente. La expresión facial de su hermano había sido un goce. Nunca había disfrutado tanto haciendo algo: ahora sabía que nada daba tanto placer como ser fuente de tal terror irracional.


Por ponerse a pensar en cosas sucedidas tiempo atrás se olvidó de la situación actual, y chocó con un desconocido. Casi caigo. Giró alternando como siempre hacía para dejar atrás a un perseguidor: cada dos calles una a la derecha, una recta, dos a la izquierda y repetir a la inversa; si a la cuarta no le había perdido, tres giros aleatorios y volver a empezar con el ciclo.
A pesar de los nervios provocados por la sorpresa que era el que lo hubiesen cogido desprevenido, no necesitó más que cumplir el recorrido planteado una única vez para perder. Quizás ni siquiera le perseguía, pero no era una riesgo que estuviese dispuesto a correr. Debería haber estado más atento. Pero no era algo que pudiese cambiar ahora. Posiblemente, aquella persona con la que había chocado iría lo suficientemente borracha como para ni siquiera ser capaz de recordarle al día siguiente.
Aunque retrasado por aquellos inútiles giros que había hecho para dejar de lado a aquél posible perseguidor, llegó a su escondite. En obras desde que sabía de su existencia, la casa llevaba tiempo abandonada, así que la había convertido en su madriguera. Éstos duros tiempos habrán ralentizado las reformas. Abrió el gran portón chirriante y entró disimuladamente, como si hubiese alguien pendiente de quién pudiese estar entrando y él no quisiese ser descubierto. A éstas horas todos duermen, o, incluso mejor, están disfrutando de la fiesta.
Una vez dentro se desvistió, dejando los restos del disfraz, algo rasgados por algún que otro contratiempo en la calle e inundados en el olor a humo y whisky tan característicos de la festividad, junto a aquél cúmulo de vestimentas ridículas que había encontrado en la casa. ¿Por qué guardar tanta basura? Y encima dedicarle toda una habitación... Pero él no era nadie para juzgar a alguien por su locura. Ella fue mi perdición, y acabará por volverlo a ser incluso después de haber desaparecido. Aunque le dolía reconocerlo, la echaba de menos constantemente. Para no sentirse débil, había preferido tapar ese amor con odio y resentimiento. Es más fácil cargar con tal peso si lo hago así.

Recorrió el amplio y vacío salón con una calma que no parecía propia. Hacía mucho que no se sentía tan realizado, que no disfrutaba de tal paz interior. Quizás yo no nací para amar. Quizás nací para segar vidas. Tampoco le parecía tan descabellada la idea. Si nos paramos a pensar, miles de millones de personas, prácticamente todas, estaban dotadas con el milagroso don de poder crear vida. Viendo que él no era uno de ellos, ¿no debía concedérsele algo a cambio? Si Dios me creó incapaz de crear vida, por algo sería. Quizás se cansó de tanto diluvio y apocalipsis, y decidió usarme a mí para limpiar ésto de pecadores. Se acercó a la nevera que había en aquella cocina a media y sacó la botella de vodka que había guardado justo antes de salir a trabajar. Mi jefe es un cabrón, y lo único que puedo hacer es brindar en su nombre. Cogió un vaso y abrió la botella. Pero no vertió nada. ¿Por qué usar el vaso? No lo necesitaba. Al igual que nunca había necesitado realmente a su hermano. Cogió el vaso y lo lanzó hacia aquél jardín trasero, dónde se estrelló contra la puerta del baño, haciéndose añicos. ¿A quién se le ocurre poner el baño fuera? Ni que estuviésemos en la edad media. Sin darse cuenta, había dejado la botella sobre aquella mesa en la cocina. La tomó bruscamente por el cuello, como si la ahorcase, imaginando que era ella. Entonces, cogió la botella, la chocó ligeramente contra la ventana, simulando un brindis, y gritó. “¡Brindo por ti Dios! ¡Eres un cabrón con suerte!”. A los pocos segundos, la botella estaba vacía. Y, una vez vacía, de poco servía, así que Ricardo se encargó de hacer que compartiese el destino de aquel pobre vaso.