Giró a la derecha. Y a la izquierda. No caminó mucho antes de volver a rotar noventa grados en sentido contrario a las agujas del reloj y seguir avanzando. Las dudas lo azotaban mientras lo hacía. Caminando siempre dudaba. Todos nos hacemos preguntas.
¿Para qué? Tampoco es que sea importante. ¿Quién las plantea? Alguien. ¿Cuándo sucede esto? No tengo ni idea. ¿Qué hizo al pararse quien sea que antes caminase? Que yo sepa no ha parado. Ahora ya estamos dando demasiadas cosas por ciertas cuando no son más que suposiciones.
Y es que eso de dar algo por hecho cuando no es más que una duda que asoma nos puede salir muy caro. Bueno, o no. Es discutible, pero unas cuantas personas estarían de acuerdo en que, dadas ciertas circunstancias, las suposiciones pueden salirnos caras.
Porque, claro, hay que ver como están los precios hoy en día. Que si oferta y demanda, impuestos, devaluaciones, pérdidas y ganancias, créditos a cuatro por ciento y caramelos en los cestitos que yacen sobre algunos escritorios en las oficinas bancarias. Aunque ahora son pocos, y ya no te dejan coger tantos caramelos como antes, ni son tan buenos. Antes esas cosas eran mejores.
Es así, el pasado siempre fue mejor. Todo aquello que ya no estamos viviendo se nos antoja mejor que lo que ocupa nuestro tiempo ahora mismo. "La época dorada" siempre es alguna que recordamos, no una que prevenimos. Y es que es lo que tiene el pasado; que lo que pasado es, pasado está y pasado parece, siempre copulativo. O no. Aunque bueno, si el pasado es pasado es porque llegó a su fin. Porque todo tiene un fin.
Fin.
Wednesday, 29 October 2014
Tuesday, 28 October 2014
Mi yo de chiquito estaría contento.
Decidí volver a escribir un poco por acá por la sencilla razón de que tenía ganas de plasmar un poco mis pensamientos pero me faltaba la inspiración para seguir con el proyecto en el que estaba trabajando. Así que vuelvo con algunas boludeces que voy pensando cada tanto que no viene mal soltar aunque no vengan a cuento. Y la última tontería que se me metió en la cabeza fue ésa; mi yo de chiquito estaría muy contento pensando en lo que me convertí (si es que cambié algo).
Lo primero es Pokémon. Ya de chiquito era un fanático de esas cosas. A mis diez años yo tenía la certeza de que iba a jugar a videojuegos toda mi vida. En especial a Pokémon; era algo que me encantaba y me tenía enganchado. Aún así, es innegable que hubo una pausa. Entre los dieciséis y los dieciocho esa chispa perdió algo; les tenía cariño a mis bichitos, pero perdieron parte del peso que tenían.
A esa laguna temporal le debo mi handicap a la hora de jugar competitivo hoy en día; tengo un hueco donde me faltan los tipos de muchos, o no me espero según que ataques de aquellos a los que yo consideraba conocidos. Pero con algo de tiempo uno se recupera.
¿Y por qué, a mis veinte años, sigo jugando con esos bichitos? Creo que es gracias a mi mamá. No puedo olvidar el día en que ella me dijo, ya cuando la boludez seguía a mis quince usando la DS pirateada de mi hermana para ir pasándome los últimos juegos que iban saliendo (si no era posible, emuladores), y me soltó un "A ver si dejan ya esos jueguitos, vas a ver como en cinco años ya ni te acordás.".
Esa fue la última vez que me dijeron algo por el estilo, como diciendo "No hay opción." o "No podés seguir.". La primera destacable fue a mis trece, cuando mi profesora de matemáticas me dijo que no tenía nivel para ganar la olimpiada (matemática) de la comunidad autónoma. Yo nunca fui muy competitivo, pero que una boluda me trate como si yo fuese su igual me quema. No gané por ganar yo; gané para que se dejase de estupideces. Desde entonces decirme basta con decirme que no puedo para hacer algo bien. Así es como mi madre me condenó a jugar a Pokémon hasta llegar a la tumba. Y se lo agradezco.
Otra cosa a destacar es la música. Tengo grabaciones de voz de mi cantando con menos de tres años, Me veía la película del Rey León dos o tres veces al día y el sing-along es algo que los estudios Disney deben de haber inventado cansados de que cantase mal alguna letra. Mi papá y su guitarra desde que tengo uso de memoria siempre me tuvieron enamorados (no hay manera de coordinar las manos para tocar tres acordes seguidos, así que queda en un amor platónico). Años de flauta travesera, un paseo por el piano... pero aunque me gustaba nunca conseguí engancharme lo suficiente. Hasta que llegó él con un bajo que le habían prestado, teniendo yo dieciséis años por aquél entonces. "Perfecto." pensé. "Solo hay que tocar una cuerda a la vez. Y suena grave. Con esto sí que voy a hacer ruido." fueron las primeras cosas que se me vinieron a la cabeza. Además, ya había demasiados guitarristas en casa, y lo del overbooking es algo grave. Así que tiré del bajo.
Ese grandioso instrumento fue la primera cosa en mi vida que me hizo pensar "No hago esto lo suficientemente bien, voy a mejorar.". Hasta entonces todo habían sido o cosas fáciles que hacía sin esfuerzo o cosas para las que era un negado, que practicaba por pura diversión (siendo sincero, no siempre eran tan divertidas) a sabiendas de que era una desventaja para mi equipo. Y gracias a eso aprendí a mejorar en muchos aspectos, me ayudó a criticarme a mí mismo.
Mis avances con el bajo me parecían a pasos agigantados; aún recuerdo cuando conseguí tocar el solo de bajo de Knights of Cydonia; desde entonces no volví a tocarlo, pero fue la prueba que me hacía falta para ver que, con esfuerzo, podía conseguir lo que quería. Fue la primera vez que tuve la sensación de haber trabajado en pos de un objetivo. Y lo importante fue que salió bien.
Ahora estoy esperando el segundo concierto en el que voy a ser yo el que esté en el escenario junto a otras personas disfrutando de lo que hacemos, superarnos ensayo tras ensayo; algo con lo que mi yo de dieciséis años solo soñaba. De hecho, he de reconocer que a mí mismo, hoy en día, me sigue sorprendiendo.
Ahora lo que me falta es hacer algo para tener contento a mi yo del futuro. Como, por ejemplo, irme a estudiar en vez de escribir estas boludeces.
P.D.: Dejo el enlace al evento en Facebook del concierto y de la página de nuestro grupo Dreams of Agony.
Lo primero es Pokémon. Ya de chiquito era un fanático de esas cosas. A mis diez años yo tenía la certeza de que iba a jugar a videojuegos toda mi vida. En especial a Pokémon; era algo que me encantaba y me tenía enganchado. Aún así, es innegable que hubo una pausa. Entre los dieciséis y los dieciocho esa chispa perdió algo; les tenía cariño a mis bichitos, pero perdieron parte del peso que tenían.
A esa laguna temporal le debo mi handicap a la hora de jugar competitivo hoy en día; tengo un hueco donde me faltan los tipos de muchos, o no me espero según que ataques de aquellos a los que yo consideraba conocidos. Pero con algo de tiempo uno se recupera.
¿Y por qué, a mis veinte años, sigo jugando con esos bichitos? Creo que es gracias a mi mamá. No puedo olvidar el día en que ella me dijo, ya cuando la boludez seguía a mis quince usando la DS pirateada de mi hermana para ir pasándome los últimos juegos que iban saliendo (si no era posible, emuladores), y me soltó un "A ver si dejan ya esos jueguitos, vas a ver como en cinco años ya ni te acordás.".
Esa fue la última vez que me dijeron algo por el estilo, como diciendo "No hay opción." o "No podés seguir.". La primera destacable fue a mis trece, cuando mi profesora de matemáticas me dijo que no tenía nivel para ganar la olimpiada (matemática) de la comunidad autónoma. Yo nunca fui muy competitivo, pero que una boluda me trate como si yo fuese su igual me quema. No gané por ganar yo; gané para que se dejase de estupideces. Desde entonces decirme basta con decirme que no puedo para hacer algo bien. Así es como mi madre me condenó a jugar a Pokémon hasta llegar a la tumba. Y se lo agradezco.
Otra cosa a destacar es la música. Tengo grabaciones de voz de mi cantando con menos de tres años, Me veía la película del Rey León dos o tres veces al día y el sing-along es algo que los estudios Disney deben de haber inventado cansados de que cantase mal alguna letra. Mi papá y su guitarra desde que tengo uso de memoria siempre me tuvieron enamorados (no hay manera de coordinar las manos para tocar tres acordes seguidos, así que queda en un amor platónico). Años de flauta travesera, un paseo por el piano... pero aunque me gustaba nunca conseguí engancharme lo suficiente. Hasta que llegó él con un bajo que le habían prestado, teniendo yo dieciséis años por aquél entonces. "Perfecto." pensé. "Solo hay que tocar una cuerda a la vez. Y suena grave. Con esto sí que voy a hacer ruido." fueron las primeras cosas que se me vinieron a la cabeza. Además, ya había demasiados guitarristas en casa, y lo del overbooking es algo grave. Así que tiré del bajo.
Ese grandioso instrumento fue la primera cosa en mi vida que me hizo pensar "No hago esto lo suficientemente bien, voy a mejorar.". Hasta entonces todo habían sido o cosas fáciles que hacía sin esfuerzo o cosas para las que era un negado, que practicaba por pura diversión (siendo sincero, no siempre eran tan divertidas) a sabiendas de que era una desventaja para mi equipo. Y gracias a eso aprendí a mejorar en muchos aspectos, me ayudó a criticarme a mí mismo.
Mis avances con el bajo me parecían a pasos agigantados; aún recuerdo cuando conseguí tocar el solo de bajo de Knights of Cydonia; desde entonces no volví a tocarlo, pero fue la prueba que me hacía falta para ver que, con esfuerzo, podía conseguir lo que quería. Fue la primera vez que tuve la sensación de haber trabajado en pos de un objetivo. Y lo importante fue que salió bien.
Ahora estoy esperando el segundo concierto en el que voy a ser yo el que esté en el escenario junto a otras personas disfrutando de lo que hacemos, superarnos ensayo tras ensayo; algo con lo que mi yo de dieciséis años solo soñaba. De hecho, he de reconocer que a mí mismo, hoy en día, me sigue sorprendiendo.
Ahora lo que me falta es hacer algo para tener contento a mi yo del futuro. Como, por ejemplo, irme a estudiar en vez de escribir estas boludeces.
P.D.: Dejo el enlace al evento en Facebook del concierto y de la página de nuestro grupo Dreams of Agony.
Wednesday, 5 March 2014
Otra basura de las mías.
Hay cosas que nunca están
al alcance de uno; cegados por nuestro propio orgullo, o a veces por
una vana e inútil esperanza, nos engañamos. Luchamos por algo que
no es posible conseguir. Luchamos contra cosas que nos superan, que
siempre nos han superado. Intentamos soportar cosas para las que no
estamos hechos. Vivir de formas que no nos favorecen, que no nos
agradan, que nos condenan a un constante sinvivir, a un eterno “por
qué no cambia”, a una duda sin fin.
Uno lucha por algunas
personas que nunca se dan cuenta del esfuerzo que uno hace por ellas.
Trabajo duro por cosas que nunca les serán agradecidas. ¿Para qué?
¿Por qué? ¿Hay alguien que nos obligue a actuar así? ¿Hay algo
que de verdad nos invite a meternos en tal maraña de sucesos?
Pero no nos importa;
seguimos a contracorriente. Así es el ser humano; terco, estúpido,
autodestructivo. Haciendo las estupideces más grandes jamás
pensadas por los estúpidos a los que les tienen un cariño aún
mayor. Sabiendo que nunca les serán agradecidas. Y ojalá fuese
porque esa persona es desagradecida, o porque simplemente no saben
quién les ha ayudado. No; el problema no es ese. El problema es que
creen que nunca se les ha ayudado. Que lo han conseguido todo solos.
Te tratan como si fueses un estorbo, alguien que les molesta, que
impide que lleven a cabo la vida que ansían. ¿Y qué debe hacer
uno? ¿Echarse a un lado? ¿Dejarlos que se hundan? ¿Y si no hay
marcha atrás?
A veces, un abrazo, un
gracias, un “no sé qué haría sin ti”, una simple sonrisa, un
simple gesto, estaría bien. Pero no, eso se lo guardan para otras
personas. Los que nos sacrificamos en la sombra no merecemos tal
reconocimiento. Sin importar la cantidad de bombillas que usemos para
hacernos ver, sin importar los centenares de carteles luminosos
señalando nuestra presencia, la influencia de nuestros actos en
alguno de esos sucesos que posiblemente ni siquiera recuerdan...
Pero bueno. Tampoco es
tan grave. Uno guarda la esperanza de que todos tengamos a alguien
así; alguien que constantemente lucha por nosotros, que nos quiere,
que a cierta manera nos idolatra, pero al mismo tiempo se duele de no
ser correspondido. Y ahora que ya me he desahogado (mentira, sigo con
el nudo, pero si sigo escribiendo no sé dónde acabaré), saludos.
Habrá tiempos mejores, para todos. Incluso para los que no nos los
merecemos. ¿No?
Friday, 31 January 2014
Joke y Kalen
Kalen
estaba tan radiante como siempre. Su sonrisa destacaba entre las
demás, acompañando a sus perfectos rizos. No había forma de
competir con tal belleza natural, y no solo por el hecho de que Kalen
no tuviese rival aguna; para competir hacían falta dos, y la
perfección de la que hacía gala ella era algo tan natural que nunca
podía ser considerado un acto semejante. Podía notar sus mejillas
sonrojarse con cada copa que tomaba, dándole un toque aún más
alegre a su cara. ¿Cómo no iba yo a estar enamorado de tal ser?
¿Era posible resistirse a sus encantos?
Lo
dudaba.
De
hecho, mucha gente le había confesado ya su amor a Kalen, no era un
secreto. Y no es que alguien se encargase de hacerlo público, pero
se notaba en las caras de los afectados. Imperturbable salía siempre
Kalen de toda conversación, siempre alegre, siempre bella, siempre
fresca. Pero no se podía decir lo mismo de aquellos que habían
compartido con ella tales minutos. Abatidos, deshechos, despedazados.
Nada de ellos quedaba. Muchos se iban de viaje para recuperarse del
golpe, o al menos así había hecho Rory. Joke le echaba de menos,
pero la verdad era que desde que ambos se habían confesado lo que
sentían por Kalen su relación no había vuelto a ser la misma. No
creía que su amistad con ella fuese compatible con el corazón
deshilachado de su antiguo amigo.
Porque
eso era lo que compartían. Una amistad; algo de lo que ambos se
beneficiaban, algo que ambos disfrutaban, algo que siempre les dejaba
con la miel en los labios. Algo que hacía que siempre, al
despedirse, Joke sintiese que lo hubiesen dejado a medias. Pero eso
era mejor que caer presa del desasosiego. ¿No?
Fue
entonces cuando empezó a sonar la canción. “La marcha del Gallo
purpúreo” era una canción que había nacido como un juego de
niños, pero el paso del tiempo la había convertida en la canción
por excelencia de las fiestas, ya fuese en tabernas o durante las
festividades de los pueblos. Fue entonces cuando, inesperadamente,
nuestro querido Joke se encontró con una invitación que llevaba
esperando toda la noche.
- “¿Me concede
usted un baile, señor?”-le dijo Kalen a Joke con una jovialidad
solo posible en ella.
No
hizo falta respuesta alguna. Con una sonrisa, nuestro protagonista se
puso a bailar con ella. Abandonándola en cuanto se cruzó con la
hermana pequeña de Rory, se pusieron a lanzarse miradas mientras
bailaban. Una vez acabada la canción, hubo una pequeña pausa.
- “Me pregunto si
sería capaz de seguirme el ritmo con un poco de música más...
seria, milady.”-retó Joke a la dama con la que acababa de
compartir el final del baile.
- “No lo dude usted
ni un momento caballero. De hecho, le pido encarecidamente que no se
pierda entre mis pasos. No sería el primero.”-le dijo Kalen con
atrevimiento.
Fue
entonces cuando empezó la música de verdad. Pocos niños quedaban
alrededor de los intépretes; la mayoría se habían ido ya hacia sus
casas, a dormir. Era el turno de los adultos y de aquellos que
jugaban a serlo. Los pocos niños que quedaban eran puestos en
cuarentena por sus padres, en algun banco cercano o incluso con algún
conocido que supiesen que no fuese a bailar.
El
primer baile era, como de costumbre, la canción del padre de Kalen.
Era obvio que ella sabía que sería así, pero no por ello me sentí
intimidado. Llevaba años practicando para este momento, nada saldría
mal. Absolutamente nada.
Friday, 20 September 2013
Por pasar el tiempo.
Escribir por escribir, por el mero hecho de que me sobran una hora y veinte minutos aproximadamente, no es algo que suela hacer. Pero, ¿Por qué no hacerlo ahora? Total, no tengo nada mejor que hacer. Además, al fin y al cabo, supongo que a base de teclear y teclear el tiempo acabará pasando. O al menos se me hará más llevadero. No hay otra cosa que se me ocurra para hacer ahora mismo. Esto de tener los horarios entremezclados y tener horas sueltas entre clase y clase no es para nada beneficioso cuando no se tiene mucho trabajo o, en su defecto, el trabajo que se tenía ya fue realizado con anterioridad. Pero qué le vamos a hacer, tampoco hay muchas salidas.
La verdad es que no se muy bien cuando dar por finalizado un parágrafo, ya que no hay una idea clara que me ayude a distinguirlos, el final de un diálogo, eventualidades a organizar cronológicamente o algo que me ayude a distinguir un grupo de palabras de otras. Solamente lo separo para no acumularlo todo, para que no quede todo tan junto. Porque ahora mismo carezco de ideas que pueda usar para ayudarles a ustedes, posibles lectores, a guiarse por este texto carente de significado, carente de mensaje alguno.
Porque eso es algo que no deben olvidar; así como normalmente escribo porque algo me impulsa a hacerlo, ya sea una idea, un sentimiento o simplemente las ganas de contar una historia que se me ha ocurrido, ahora mismo lo único que me impulsa a hacerlo es escapar de las garras del aburrimiento, de este tedio que me acecha, que me impide hacer algo de verdadera utilidad.
Además, tengo la mala suerte de que el Adobe Flash no está actualizado en el PC que he cogido; si no no habría tenido que recurrir a este método para pasar el tiempo. Pero bueno, ya que estamos intentaremos hacer algo de provecho. Al ritmo de Pinkly Smooth (desde GrooveShark de móvil, porque la web normal tampoco la puedo cargar debido a la falta de actualizaciones) me pongo a escribir estas palabras vacías. Solo llevo veinte minutos escribiendo, aún debo superar otra aburrida hora aquí sentado, con nada más que este teclado y la música. ¿Podría hacer algo más?
Podría haberme ido a dar una vuelta, pero no tengo el tiempo suficiente como para asegurarme de que puedo dar la vuelta tranquilo y después volver a clase a tiempo. Relajarme en el parque que hay aquí al lado, salir y llamar a alguien con quien no hable hace tiempo o simplemente sentarme por ahí a leer.
Ya he encontrado la solución. Me voy a ver a Odiseo, dejo esto aquí escrito para la posteridad, de como me aburrí y estos veinte minutos los sobreviví a base de escribir tonterías que espero que valoréis como toca; ignorándola. Quizás ni siquiera lo publique. O quizás lo haga, pero más tarde. Ahora, me voy a leer. Buenos días a los que aún duermen.
Tuesday, 30 July 2013
Caperuza granate.
Tras ponerse su caperuza roja, nuestra estimada joven salió de casa de su abuela, no sin despedirse. "¡Volveré pronto!" le dijo. Su abuela no podía ni imaginar lo que nuestra inocente protagonista planeaba.
Volvió por el camino más corto; aquél cuyos árboles eran hogar de hermosos pajarillos que, alegres, cantaban a un sol que brillaba radiante y lleno de felicidad. El camino, rodeado de florecillas de todo color imaginable, era realmente bello; los animales, confiados, se acercaban a uno con la calidez de una madre. Fue así como Caperucita Roja pudo atrapar a un conejo que, tras desollarlo, supo que era el principio de aquel plan que durante tanto tiempo había urdido. Lo guardó en una neverita que había traído para la ocasión y prosiguió. Un poco más adelante en el camino, decidió empezar a preparar las trampas. El conejo serviría de cebo, así que no tenía que sacarlo hasta más tarde.
Preparó con una cuerda (¡bendiga Dios las clases de nudos a las que su padre la había obligado a ir meses atrás!) un mecanismo que atrapase al lobo en el mismo instante en que pasase por ahí. La cuerda estiraría del maldito mamífero hasta alzarlo a la altura de las ramas en las que esperaban preparadas trampas para osos, que lo retendrían por si, en algún momento, el lobo era capaz de liberarse de la cuerda. Dejó el conejo cerca de la trampa y marchó hacia casa.
Al día siguiente llamó su abuela; aún estaba un poco enferma, así que Caperucita volvería a tener que ir a llevarle un poco de caldo y una porción de esa tarta tan rica. Nuestra joven protagonista sonrió macabramente y se preparó para partir.
Cuando se encontró con el lobo, como de costumbre, aceptó ir ella por el falso atajo que éste le ofrecía, mientras él se iba por el camino verdaderamente corto. Pero no lo hizo; en cuanto el lobo avanzó un poco, Caperucita le siguió. El olor del conejo desollado atraía tanto al lobo que no se daba cuenta de que nuestra joven protagonista le seguía. En menos de lo que se tarda en decir escuálido, el lobo acabó colgado de una rama, enganchado a múltiples trampas para osos y sangrando a borbotones por las heridas provocadas. Caperucita rió un poco, le acercó el conejo a la boca y se fue caminando hacia lo de su abuelita. Con la caperuza manchada del granate de la sangre del anteriormente orgulloso mamífero, ahora moribundo, se dirigió a la casa de su abuelita, a la que saludó con normalidad.
Era la primera vez que caperucita no se comía la tarta por el camino, así que ese día la abuelita pudo disfrutar de tan delicioso dulce.
Monday, 15 July 2013
Sobre Charlotte, Mathieu y la verdad.
Charlotte no sabía qué hacer con Mathieu; él, junto a su mundo, se venía abajo irremediablemente. Escapaba a todo entendimiento qué había sido la causa de tal situación; el desasosiego de la joven contrastaba con la mortuoria calma del guarda quien, inmutable e inalterable, se paseaba por casa cual fantasma.
Pocas veces comía, y el dormir no era un lujo que nuestro joven fuese a permitirse; el quitarle la vida a aquél hombre tan sencillamente le había dejado tocado, le había enseñado que posiblemente aquel mañana que tanto dábamos por sentado día a día podía dejar de existir en los pocos segundos que tarda en ser disparada un arma, en las milésimas durante las cuales no funciona el freno de un vehículo, en el hecho de alargar solo un poquito aquella pequeña broma de "ahogos" en el lago.
Pero eso no lo sabía Charlotte; montones de ideas pasaban por su cabeza, desde las drogas hasta la posesión fantasmal, pasando por los engaños amorosos o una dura enfermedad. Ignoraba que lo único que había hecho su marido era abrir los ojos. Pero no siempre es bueno hacerlo, y buena prueba es nuestro querido Mathieu; hay gente que debe vivir, debido a su incapacidad para aceptar las cosas como son, a su fiel idolatración del eterno sueño de la vida perfecta e inacabable, siempre predecible, con los ojos cerrados para así evitar conocer verdades que, de otra forma, a uno lo arruinan.
Una vez que uno cae víctima de la verdad y es incapaz de aceptarla, ya nada se puede hacer, y ahí entra el papel de nuestra estimada Charlotte; ve como su marido se derrumba sin motivo aparente, poco a poco, sin saber que en realidad lo único que hace es alzarse. Es incapaz de hacer nada para evitar que siga subiendo, que siga descubriendo, porque una vez vista una verdad la curiosidad y el hambre nunca pueden ser saciadas. Y todo lo que sube, acaba bajando. Es la caída de los que no saben cargar con los privilegios de la verdad.
Una vez que uno cae víctima de la verdad y es incapaz de aceptarla, ya nada se puede hacer, y ahí entra el papel de nuestra estimada Charlotte; ve como su marido se derrumba sin motivo aparente, poco a poco, sin saber que en realidad lo único que hace es alzarse. Es incapaz de hacer nada para evitar que siga subiendo, que siga descubriendo, porque una vez vista una verdad la curiosidad y el hambre nunca pueden ser saciadas. Y todo lo que sube, acaba bajando. Es la caída de los que no saben cargar con los privilegios de la verdad.
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